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Hay veces en que sales de viaje y tu destino es una ciudad (o varias). Otras veces en que simplemente forman parte del itinerario, y posiblemente no sea lo más apetecible del mismo. El caso es que urbes hay muchas y con el tiempo te das cuenta de que se te acumulan las que amas, las que odias, y las que ni fu ni fa. A veces desde el primer minuto, otras veces después de un tiempo de estancia. Siempre con la sensación de que dan para más. Hoy quiero hablar de las ciudades del mundo…

Cuando visitas una nueva ciudad…

¿No se te hace harto difícil organizar qué ver, cómo moverte, dónde comer… en la distancia?

Las grandes ciudades apabullan e infunden respeto, si no las conoces de nada. Suele urgir eso de entender su lógica, el cómo orientarse y desplazarse, y si además tienes un tiempo limitado para dedicarles, cómo aprovecharlo lo mejor posible.

Hay gente a la que se le dan muy bien las ciudades “cuadriculadas”, o las que tienen un río como punto de partida para saber dónde estás. A mi ninguna de estas dos categorías me sirve. Los patrones repetitivos me desorientan…

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Lo bueno es que en poco tiempo, sobre todo si te vas a quedar principalmente en su centro o casco histórico, te haces con ellas. Y qué satisfactorio es coger el metro en El Cairo como si nada. No te cuento si además has encontrado una casa de comidas, mesón o puesto callejero en el que “te adoptan” (¿o tú a ellos?), por ejemplo para los desayunos o las cenas.

Aun así hay ciudades del mundo que desde el día uno hasta el último te agreden. Es lo que me pasa con Delhi. O son tan grandes las distancias que te cansan, mucho. Y si a ello sumas un transporte público muy caro, me cabrean, como Londres.

Están también las “no ciudades”, como Ougagadogou en Burkina Faso, que en el año 2008 parecía un arrabal de chabolas y poco más. Hoy, no sé cómo es. Me suena haber visto fotos en las que las obras de pavimentación de algunas avenidas, en el centro de la ciudad, habían terminado.

Románticas, bellas, despiadadas, ruidosas, tranquilas, provincianas, megamodernas. Ciudades del mundo hay muchas, y muchas son puertas al pasado y al futuro, parecidas a la tuya (si vives en una), o total y absolutamente distintas.

Cargadas de estímulos que no sabes a dónde mirar, con o sin cámara.

Tremendamente sexies, o truculentas. Divertidas, aburridas, ruidosas y silenciosas. Llenas de historias o de secretos.

Todas las ciudades del mundo se parecen entre sí en algo…

Como una gran tribu, todas comparten algunas cosas. El toque de anonimato, por ejemplo. Hay mucha gente desconocida entre sí. Ventaja y desventaja al mismo tiempo. No dejas de sorprenderte cuando en una ciudad como Katmandu se acuerdan de ti los tenderos de aquella esquina, después de pasar un par de días por su puerta.

Me atravería a decir que todas las ciudades del mundo tienen algún oasis de paz, llámese parques, templos, museos anormalmente tranquilos. Y algún lugar donde la actividad y el ruido se disparan: zocos o mercados, estación de tren o bus, centro comercial. Aparte está la temida hora punta.

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Todas tienen contaminación lumínica que impide ver las estrellas (en más y menos grado, pero la tienen). También tienen contaminación de la otra, de la que respiramos y nos mata lentamente. Algunas son tristemente famosas por ello, como Pekín, a quien de momento no tengo el gusto de conocer.

En la ciudad está la acción

Así es en la mayor parte de las ciudades de hoy en día. La gente emigra a la ciudad por necesidades económicas y también porque ahí está la acción. No lo digo yo, sino los antropólogos. Y creo que tienen razón.

En las ciudades se gestan los grandes cambios sociales y culturales. Es donde empieza a caminar la “tecnología punta”, los productos de consumo que vienen de otros lugares, o los de lujo. Aquí nacen, mueren y se reproducen la mayoría de las modas.

Las urbes son los espacios más protegidos y distantes de la naturaleza que pueda haber en el mundo. Las grandes infraestructuras están aquí. Universidades, hospitales, transporte público que conecta unos sitios con otros, los ingenios del ocio pasivo como cine, teatro, conciertos, bibliotecas.

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Las personas depositan muchos sueños en las ciudades.  Sueños de crecimiento y prosperidad, de oportunidades. Sueños de libertad, de independencia y de realización personal.

Y las frustraciones crecen al mismo ritmo que los barrios de la periferia, los cerros llenos de chabolas que recuerdo que en Perú llaman “invasiones”. Muchos salen adelante, y otros no lo aguantan.

Historias mínimas que se cruzan un día detrás de otro inconscientemente.

En el año 1900 el mundo sólo tenía 16 ciudades con más de un millón de habitantes.

En 2005 ya había 314 millones de ciudades con más de un millón de habitantes.

¿Hacia dónde vamos? nadie lo sabe…

Ciudades del mundo hay muchas, pero ¿cuáles te tocan el corazón?

Yo recordaba el Amman del año 2000 y no le asignaba grandes recuerdos (tampoco malos), pero cuando volví en 2014 me encontré con una ciudad llena de gente amable, sonriente, acogedora, con ganas de reír. Loca, pero no tanto como para que te agreda.

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Y en cambio todas las expectativas que tenía hacia Budapest se cumplieron a medias. Bonita en lo exterior, un tanto fría en lo demás. Muy parecido a lo que me ocurrió en Amsterdam, aunque quizá esa humedad que cala hasta los huesos fuera la culpable.

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Florencia me generó cierto síndrome de Stendhal y hoy por hoy no me invita mucho a volver… y en cambio volvería una y otra vez a Estambul y a Isfahan. Sin pestañear. Igual que a Muscat y a Katmandú. Tampoco echo nada de menos el ruido de Quito, la última gran ciudad que he visitado por primera vez antes de publicar este post.

Me reconcilié con Atenas hace muy poquito, y no lo conseguí del todo con Delhi

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Hay ciudades del mundo que no te gustan para nada en cuanto las pisas en el inicio de tu viaje. Pero si vuelves después de unos días o semanas, por ejemplo para coger el vuelo de vuelta o emprender otra ruta, puede ser que las encuentres entrañables. Que veas su lado bueno. Me pasó con Teherán, con Rangún o Yangón, y con muchas otras.

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Para que una ciudad te toque el corazón, por lo tanto, no es necesario que sea bonita. Ni espectacular, ni megamoderna.

Basta con que hayas tenido algún encuentro especial, que la visitases en un momento concreto de tu vida, o que hiciera mucho sol.

Basta con que crearas algún lazo emocional, hablando con el señor que se sentó junto a ti en el autobús. Descubriendo alguna de esas historias mínimas que habitan sus calles. O sencillamente que todo te fuera bien allí.

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Es vuestro turno: ¿cuáles son vuestras ciudades favoritas? ¿y las que habéis odiado? ¿y las que ni fu ni fa?


 

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