emociones que experimentas cuando viajas galapagos

Viajar es una actividad que te aporta muchas cosas, pero sobre todo, creo yo, es como un estado a través del cual pasas por un montón de sentimientos. Un carrusel de emociones, vaya. Sea el viaje largo, o corto. El problema es que luego esas emociones, muchas veces, no las recuperas. Como que se pasan rápido. Cada viaje tiene un montón de capas, y en cada una hay un montón de emociones. Por eso me apetecía escribir sobre ello, para registrarlas. Por eso hoy vamos a pasar por algunas, muchas y seguramente no todas, las emociones que experimentas cuando viajas. ¡Vamos! 

Para hablar de las emociones que experimentas cuando viajas, voy a organizarme por momentos…

Y antes de eso, una advertencia: aquí hablo de viajes de vacaciones, con o sin billete de vuelta, más o menos largos. Pero no viajes de trabajo, mudanza a otro lugar, migración. Los viajes obligados son harina de otro costal.

La salida: cuando te pones en marcha (por fin)

Del antes de salir de viaje ya te hablé hace un tiempo, así que no voy a incluirlo aquí, no vaya a ser que me repita más que el ajo, je, je. Pongámonos en marcha, pues.

Vas camino del aeropuerto, estación de tren o de autobús. ¿Cómo estás? Pues según lo que hayas deseado ese viaje. Que sí, que es por placer, buscado, pero no todos los viajes hacen la misma ilusión. Al menos a mi no me pasa. Para mi no es lo mismo saber que voy a reencontrarme con un destino ya conocido, que a descubrir uno nuevo. Ni es lo mismo ir a uno que suena a aventura sólo con decirlo en voz alta, o a literatura de viajes “de la buena”, que uno más familiar. No, no es igual decirme a mí misma “¡me voy a Sudán!”, que decir “¡me voy a Lisboa!”. Aunque pensándolo bien, puede que ambos me hagan la misma ilusión porque…

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El momento en el que estás también va a marcar la diferencia. Y si vas en compañía o solo. Si conoces a esa compañía o no. Y si lo llevas planeando mucho tiempo, o compraste el billete hace dos días.

Pero es probable que, a pesar de todos estos “dependes”, estés nervioso, alegre, quizá algo preocupado. Repasando mentalmente que no te olvidas de nada. Palpando tus bolsillos en busca de la documentación y del billete. También con un poco de pereza por las horas de transporte que tengas por delante.

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Una montañita de sentimientos contradictorios que olvidarás a medida que superes “las siete pruebas de Asterix”, especialmente si has de pasar por un aeropuerto (facturación, controles de equipaje, identidad, etc.).

Se diluirán en cuanto llegues a tu asiento, para dar paso a otros.

Por cierto, este es uno de los momentos más críticos si vas en compañía (amigos, conocidos, pareja, familia). Es muy probable que surja alguna chispa. Un conato de bronca. Carreras si vas con el tiempo justo, despistes. Cuidadín. Todos estáis igual y los nervios hacen que choquéis. Paciencia y a sonreír ¡que te vas de viaje!

Durante “el viaje”

Aquí me refiero al tránsito hasta el destino. Las horas en el avión, bus, tren. La estancia en esa burbuja que te lleva. Es como una máquina del tiempo, o del espacio. A veces literal, si te vas a un lugar remoto.

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Sientes que ya has empezado las vacaciones. Has superado el miedo a que cualquier imprevisto dé al traste con la partida. Te relajas, te dejas llevar (ya, esto no vale para el caso de que tengas que conducir, ji, ji).

Y en ese durante ¿no pasas de la mirada ensoñadora al aburrimiento cada dos por tres? ¿o de la concentración en la lectura o entretenimiento que hayas elegido, a las ganas de que acabe ese “trámite” para verte allí? ¿Intentas dormir para que pase el tiempo más rápido? ¿Puede ser que la conversación con tus compañeros de viaje también suba y baje?

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Por supuesto esto será más o menos ligero si estás dos horas, que si son doce. Y de nuevo es muy probable que lo borres de tu mente enseguida. A toro pasado, no te acuerdas. Hasta el próximo viaje. Toca enfrentarse a las siguientes emociones.

La llegada: nada más poner un pie en el destino

Llegas cansado, pero también con un punto de excitación, de nervios por el arranque, ahora sí, del viaje. Tienes ganas de comerte el destino y no quieres perder el tiempo.

Si tienes que pasar por los típicos trámites de entrada (chequeo del pasaporte, hacer el visado, recoger el equipaje)… como que te impacientas. Quieres salir ya de ese mundo de tránsito.

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Mi primera foto de Tanzania

Es posible que también te asalte un poco de miedo escénico. ¿Ha sido buena idea venir a Burkina Faso? ¿a Budapest? ¿a la India? Madre mía ¿y si es más complicado de lo que yo pensaba? ¿Y si no me gusta? ¿me pondré enferma? Incertidumbres tontas, también pasajeras, pero que pueden impedirte dormir bien la primera noche o tomarte las cosas con un poco de calma el primer día de estancia.

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Cuando llevas unos días de viaje

Las cosas han cambiado. Tu mirada ya no es la misma.

En positivo

Sientes familiaridad. De la expectación inicial has pasado a una curiosidad más relajada. Te mueves con más soltura porque te sientes así. Más suelt@.

Pero el día a día viajando suele estar lleno de muchos detalles.

Puede que seas inmensamente feliz ante un bonito atardecer, una conversación inesperada con alguna persona del lugar, o una ducha de agua caliente.

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Sonreirás ante alguna escena u objeto, situaciones divertidas. Ante confusiones simples pero eficaces como los buenos chistes.

Sentirás placer probando las delicatessen locales, tanto como un buen trago de agua fresca cuando estés soportando unos buenos 40ºC.

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Te sentirás agradecid@ al comprobar la hospitalidad, la acogida de los lisboetas, griegos, burkinabeses, sudaneses, omaníes, ecuatorianos, irlandeses, ladakhíes, camboyanos, malienses, italianos, islandeses, peruanos. Y agradecerás la sombra de un jardín, la calefacción de un restaurante.

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Te sentirás poderos@. Porque has llegado a uno de los confines del mundo (tu mundo) y “quién te hubiera dicho a ti que ibas a estar frente a…”. O has desbloqueado un miedo, vértigo, una de esas cosas que siempre decías “yo no puedo”. Lo hiciste. Fue en Galápagos, en Perú, en las montañas de Kirguizstan, o en la costa gallega.

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En general, deberías tener la sensación de Libertad en al menos un momento de tu viaje. Sólo te pido uno, para que veas que no soy exigente.

En negativo

Puede que te enfades si las cosas no salen como quieres. Que te sientas frustrado. Cuando estás cansado, tienes frío, te ha caído la del pulpo porque es época de monzones. Si te roban, o te engañan.

Quizá algo te ponga al borde de las lágrimas. Rabia, impotencia. Hay realidades que duelen, aunque sea necesario cobrar conciencia de ellas para que no se nos olvide ser empáticos con los demás, y con lo demás.

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Tendrás conatos de egoísmo. Por no poder hacer la foto que quieres, por llegar a un lugar y esperar que sea “auténtico” y no lo encuentres así, o volver después de unos años y encontrarte con que ha cambiado. De eso hablaron los chicos de Algo que recordar más largo y tendido, por cierto. Egoísta por comparar con otros sitios, otros viajes, y juzgar desde ahí. Las comparaciones son el principio del análisis que necesitas hacer para entender las cosas, no lo critico y yo lo hago. Otra cosa es juzgar.

También tendrás momentos en los que sientas soledad. De la buscada y de la que no. Reparadora o desgarradora. Y momentos de plenitud porque alguien te dice una frase de esas que no se olvidan, de las que encierran una sabiduría fantástica.

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Cuando pasas el ecuador del viaje

Ay, ay, ay. Sobre todo pasa cuando viajas con un tiempo limitado. Siempre hay un día en que te das cuenta de que te queda menos de la mitad de los días o semanas. Te das cuenta de que el tiempo corre en tu contra. A partir de ahí, sientes que todo va más rápido que antes, entiendes la fugacidad del viaje, que es como decir la de la vida.

Es absurdo, el tiempo es el mismo, pero esa sensación en tan real como tu nombre.

No te da pena todavía, pero te empiezas a preparar mentalmente para ello. Y sí, cada día experimentas un poco más de lástima o nostalgia de lo que aún no ha terminado.

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De nuevo quieres comerte el destino, atraparlo todo, no olvidar nada. Al mismo tiempo un cansancio extraño te va invadiendo según se descuentan los días del calendario. Es una fatiga más mental que física, y estoy convencida de que tiene que ver con la vuelta.

El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: “no hay nada más que ver”, sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia […]. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino.

Viaje a Portugal, Saramago.

Cuando vas camino del aeropuerto o estación para volver y hacer el último viaje dentro del viaje

¡Qué diferente de la ida!

Momento de pereza infinita. Por hacer el equipaje, ya sin tanto cuidado. Por tener que afrontar no sé cuántas horas. Ahora sí que estás cansad@.

Puede que seas de los que se ponen de malhumor. O muy triste, si el viaje fue muy bien, muy bonito, muy enriquecedor, si conectaste con el destino, o te enamoraste. Porque sabes que vuelves a la rutina, las caras conocidas, las esquinas conocidas, el idioma y la comida de siempre.

En esos momentos, cuando toca emprender la vuelta a tu lugar de origen, sientes algo de vacío, de pérdida, de nostalgia. Incluso puedes desorientarte un poco mientras vuelven los nervios por los trámites de salida, si es el caso.

El aeropuerto o la estación ya no es ese lugar de promesas. Es más bien una puerta que no quieres cruzar. Si tienes que hacer escalas o transbordos, no los acoges con paciencia, quieres que todo termine pronto.

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Al mismo tiempo, en el tránsito, ya piensas en las fotos y vídeos que has hecho. O las revisas en la cámara. Y en lo que has escrito, si haces diario de viajes. Con esas ayudas tratas de prolongar el viaje. Te ríes, sonríes, frunces el ceño, te sorprendes porque te encuentras con algo que ya habías olvidado (¡es tan traicionera la memoria!).

Últimamente, por cierto, me siento incapaz de escribir las últimas páginas del diario. Una negación de la vuelta, supongo.

Y cuando llegas a casa… Ya te lo he contado, no quiero repetirme 😉😉

Pero ojo, puede que no sea así

A lo mejor estás volviendo con alegría. Si tu viaje fue mal, si te quedaste tirado unos días más por overbooking, tuviste algún accidente (¡recuerda viajar con seguro de viajes, en este link tienes un descuento!), o alguna cuestión que te sometió a un elevado estrés.

En estos casos nada te importa, porque estás “saliendo de allí” y era lo que querías hacer, volver… Es casi como una ida.

Postdata

Trata de ser consciente de las emociones que experimentas cuando viajas, y busca el equilibrio.

Me refiero a que si te domina el egoísmo, háztelo mirar. Lo mismo te digo si es el cansancio, la pereza o el hastío. Por no hablar del malhumor. A lo mejor tienes que separarte de la gente con la que viajas, si es posible hacerlo. No sé, toma decisiones en cuanto detectes que “está pasando” algo así.

Por otra parte, y aunque estés siempre de buen humor, no te olvides nunca de cuidar tu curiosidad. No te centres en cosas que no son parte del viaje. Deja de hablar con tu amiga de las amistades y lugares que te llevan muy lejos de donde estás, y de mirar las redes sociales en tu móvil. Fíjate en lo que tienes alrededor y coméntalo. Siempre hay tiempo para lo otro (antes de dormir, en uno de esos sitios tontos que hay en todo viaje…).

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Tampoco vayas de “ya está visto, a por lo siguiente”, cual coleccionista de sellos. Para eso, te quedas en casa y te vas al centro comercial más cercano si quieres algo de emoción. Vamos, digo yo…

Por último, pero no menos importante, trata de recordar las emociones que experimentas cuando viajas, a tu vuelta. No las más significativas, sino todas. O sea, que si te acuerdas de aquél templo tan bonito, rememora cómo te sentiste cuando estabas allí. Digo templo pero podría decir mercado, playa, montaña, atardecer o amanecer. Los buenos y malos momentos. Te lo agradecerás a ti mism@ más de lo que crees ahora 🙂


 

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