nepal baktapur

En el año 2000 comencé mi etapa de viajera empedernida. Viajé con mis padres como ya sabrás si has leído mi relato autobiográfico . Desde muy pequeña recorrí España, los países vecinos Portugal y Francia, y después unos cuantos mediterráneos incluyendo Túnez, Yugoslavia, Turquía, Grecia. Pero llegó un momento en que mis padres dijeron: hasta aquí. Es hora de que vueles sola, o te quedes en casa. Pasaron años en los que no me moví de mi país, pero inexorablemente las ganas de moverme a lugares desconocidos volvieron. Y por fin llegó el día en que junto a unos amigos puse rumbo a Nepal, para continuar por India. Estos son los recuerdos de aquellos primeros días en un país magnífico.

En Nepal recomencé mis viajes lejanos, por eso es el país que asocio con mis «inicios viajeros»

panorámica de katmandu entre campos verdes nepal

En el verano del mítico año 2000 cogimos las mochilas y nos plantamos en Nepal.

Tres de nosotros empezamos aquí por un problema con los vuelos que a poco nos deja en tierra dos semanas antes de salir (¡¡!!). El cónsul de Nepal, aquí en España, nos consiguió billetes nuevos con Royal Jordanian. Era Agosto y el precio escandaloso (unos 850 € ida y vuelta, entonces en pesetas). Además gracias a esta compañía y prácticas como la de éste señor, tuve que quedarme 4 días en Delhi tirada por overbooking. ¡Pero ésa es otra historia!
Queríamos ir, no podíamos quedarnos en casa después de todo lo preparado. Las vacunas, los visados y la ilusión, sobre todo la ilusión. Pagamos y nos lanzamos decididos a apretarnos el cinturón durante el viaje.

Hoy recuerdo aquél primer salto a Asia de una manera muy entrañable.

plaza de katmandú con puestos de frutas montados en bici formando una fila nepal
Las calles de Katmandu siempre son un hervidero de gente

Nepal nos encandiló desde el primer momento. Apenas estuvimos en el Valle de Katmandú unos seis días, aunque iban a ser tres, porque el objetivo principal era el Norte de la India. Pero fueron suficientes para que me enamorara perdidamente. Me encantaría volver a Nepal y estar más tiempo.

vistas de plaza de Patan llena de templos desde terraza nepal

Aquellos fueron días intensos en los que por primera vez…

Montamos en rickshaw, una experiencia inolvidable. Yo no podía parar de reír. Me sigue resultando divertido siempre que monto en uno de ésos.

Sentimos, padecimos y vivimos un monzón. Con sus cortinas de agua que no te permiten dar un paso. Lluvia extraña porque no es fría.

Nos encontramos con pastelerías que vendían sus bizcochos y viandas dulces y saladas al 50% por las tardes, para liquidar las existencias del día. Un buen recurso para la cena o el desayuno del día siguiente. En aquel entonces nos pareció -me lo sigue pareciendo- una gran idea comercial.

Nuestra tolerancia a la falta de higiene -en general, tanto en los alojamientos como en la calle-, subió hasta niveles insospechados.

Acabamos regateando por todo y por céntimos. 

Aprendimos que las apariencias engañan, como por ejemplo la de aquella anciana que mientras salía encorvada de un templo lleno de gente delante de mi, se dio la vuelta y ágilmente abrió la cremallera de mi mochila metiendo la mano. Afortunadamente me di cuenta y no se llevó nada del par de cosillas sin importancia que llevaba.

festival de shiva con mujeres vestidas de rojo en baktapur

Días en los que Rajan, un nepalí emprendedor, amigo de un vasco que ni siquiera conocíamos personalmente pero era un amigo de un amigo, nos hizo de cicerone. Nos mostró su pequeñísima empresa y nos ayudó cuando le pedimos que, en secreto, nos dijera dónde comprar una tarta de cumpleaños para Jose. Llevó en moto a mi amiga cruzando medio Katmandú, y yo entreteniendo al homenajeado con excusas acerca de dónde estaba ella. Los de la Guesthouse estaban también «compinchados» y como niños pequeños nos miraban con sonrisas de oreja a oreja y levantando las cejas. Fue difícil mantener el secreto 😅

Rajan también nos mostró su humilde morada, compartida por otros dos o tres chicos de su edad (25-27 años). Todos llegados de aldeas nepalíes, dispuestos a abrirse camino con empresas propias. Exportación de ropa de montaña, mini agencias de viaje…

patio con balcones de madera labrada y artesanos de marionetas trabajando nepal

En el té que nos invitó en su casa me encontré con los restos de… ¿estropajo, pelos? Educadamente dejé la taza -casi terminada- y me aguanté la sorpresa y el repelús. Ante todo, agradecimiento a la hospitalidad y generosidad del que tiene muy poco. En situaciones como ésta es cuando hay que ponerlo en práctica.

Katmandú. Sólo su nombre evoca grandes viajes

Deambulamos por la capital todos los días.

La magnífica Durbar Square seguía siendo el centro neurálgico de la vida cotidiana. Llena de templos, mercadillos, vacas, santones, niños, guías espontáneos. Entonces no era de pago, ahora  los extranjeros tienen que pagar una entrada para acceder a ella.

durbar square de katmandu con vaca tumbada palomas volando sadhus sentados nepal
estatua de dios en plaza de baktapur con niña con paraguas al lado nepal

Los dioses están por todas partes, los que dan miedo y los que dan ternura. Los que son de barro o de piedra, con comida y flores a sus pies, y polvos de colores.

El barrio de Thamel lo recuerdo lleno de guesthouses baratísimas, tiendas de ropa de montaña, artesanías y baratijas mil. Restaurantes para occidentales, mochileros circulando arriba y abajo.

Le cogimos cariño a aquéllas calles, a los encuentros, a los tenderos que te reconocían al pasar ya al segundo día y te saludaban con familiaridad.

Recuerdo el Alice’s Restaurant, en el primer piso de uno de los edificios de Thamel. El té y su magnífica tarta de chocolate, además de una baraja de cartas, nos consoló un par de tardes frente a la lluvia monzónica. La guesthouse era un tanto mugrienta así que aquí se estaba mucho mejor.

Katmandu era entonces una ciudad llena de gente yendo y viniendo, soltando escupitajos sin parar. Escupitajos que parecían sacar de los pies según el ruido que hacían antes de expulsarlos. Ése solía ser el primer sonido de la mañana, que llegaba hasta nosotros por las ventanas de la guesthouse. Hasta a eso me acostumbré. Y a sonarme la nariz y que el pañuelo quedara negro por la cantidad de contaminación que estábamos respirando. Mi primera capital asiática… 🙂

Baktapur y Patan, dos joyas del Valle de Katmandú

En esos días fuimos a Baktapur y Patan, las antiguas capitales del Valle de Katmandú que hoy son magníficas muestras de arquitectura antigua incluso a pesar de los terremotos del año 2012. Patrimonio de la Humanidad, ya entonces cobraban una entrada a los extranjeros.

Son dos ciudades absolutamente preciosas, en especial Baktapur, uno de los lugares en los que siempre pienso.

templo con estatuas de madera antiguas de diosas danzando nepal

Pasuhpatinah, donde los hindúes queman a sus muertos ante la mirada de Shiva

En Pasuhpatinah los santones ermitaños se empeñaban en que les hiciéramos fotos a cambio de unas rupias. También en la Durbar Square de Katmandú. No cedimos.

Aquí observamos cómo es un rito de cremación hindú, mucho más de cerca y con total calma frente a lo que después encontramos en Benarés.
Mientras los difuntos se quemaban en la pira funeraria, a medio metro los chavales se tiraban a la fuerte corriente del afluente del Ganges una y otra vez, entre risas y gestos de victoria. Vida y muerte absolutamente mezcladas.

cremación de un difunto en pasupatinah nepal

Subimos a la colina y encontramos un escenario de película, o de videojuego, con templos antiguos y temibles monos. Qué miedo y asco me dan esos monos, lo reconozco!

dos turistas bajando por escaleras anchas cubiertas de verdín cerca de katmandu nepal


Y en el horizonte el magnífico templo de tejados dorados cuyo nombre no logro recordar… y cuya entrada está vedada a los no creyentes.

tejados dorados del templo de shiva y monos en primer plano uno mirando a la cámara nepal

Estupa de Swayanbunat

Cruzamos la ciudad por algunos de los barrios más pobres para admirar este pequeño conjunto de templos budistas, incluido un pequeño templo tibetano

escaleras hacia templo budista en katmandu nepal

Allí oímos las gompas, esas enormes trompetas que emiten un sonido profundo y misterioso.

Entramos. Una fila de monjes budistas estaban rezando mientras pasaban las hojas de sus libros. Los pelos se me pusieron de punta, era una imagen con la que siempre sueño en mi deseo de ir a Tibet.

estupa budista en katmandú nepal

Atesoro las poquitas imágenes que hice con la cámara analógica y compacta que llevaba en aquél entonces. Era casi de juguete. He salvado lo que he podido digitalizando los negativos, y con ellas ilustro este post. Para mi son imágenes muy especiales, pero son muchas más las que quedaron en mi cabeza y que nunca, nunca olvidaré.

Nepal es un destino maravilloso, mítico y creo que injustamente olvidado frente a la grande y vistosa India.

Muy muy barato. Una vez llegas, claro, aunque los vuelos a/desde India también lo son. También se puede ir en bus, por ejemplo desde Varanasi, pero no lo aconsejo en época de monzones. Te cuento…

Tratando de salir de Nepal en autobús

Cuando quisimos irnos a India porque habíamos quedado allí con dos amigos para seguir viaje, el autobús de línea en el que viajábamos se paró en plena montaña. Había derrumbamientos unos cientos de metros o kilómetros más adelante -no pudimos averiguarlo con precisión-.

Pasamos la noche parados en la carretera. Entre pedos, gargajos que salían disparados por la ventanilla, pestazo a gasóil y ocasionales cortinas de agua monzónicas.

Fue una de esas noches memorables que empezó cuando el dueño del bus encargó al asistente del conductor (tres puestos de trabajo por vehículo: jefe, asistente y conductor), que abriera un armarito que había en el sitio donde suele haber un aparato de vídeo. Efectivamente, dicho armarito, bien cerrado con un candado enorme, guardaba un televisor y vídeo VHS que empezó a funcionar enseguida.

Una peli india arrancó a todo volumen y en la negra noche empecé a distinguir pequeñas lucecitas. Eran las brasas de los cigarrillos bidi de los que se acercaban a mirar desde fuera. Camioneros y pasajeros de otros vehículos igualmente atrapados en la carretera.

Empezó a llover y la gente se empeñó en subir para no perderse un segundo de la película, pero el dueño del bus decidió restringir la entrada a todo el personal «ajeno a la obra». Apagó la tele y cerró el armarito con un gesto ofendido. Nos dio la risa. Seguro que más de uno y de dos se cagó en su madre… ¡¡pues no les gustan las pelis ni nada!!

También recuerdo que salimos a respirar un poco, de madrugada. Todo el mundo dormía y nos sentamos en el asfalto. A los pocos minutos algo se arrastró hacia nosotras. Un bulto que nunca sabré si era un animal o una persona. Nos levantamos disparadas y volvimos a subir al autobús. Sin querer posé mi mano en el pie desnudo del dueño del bus, que dormía junto a las escalerillas de subida… ag! qué sensación! Por lo menos el hombre no se meneó.

fila de autobuses con hombre sacando la cabeza por la ventanilla y otros mirando la cámara fijamente nepal

Al día siguiente nos dimos la vuelta. El dueño del bus nos devolvía la parte proporcional del billete hasta la frontera, y nos intentaba convencer de que podíamos coger las mochilas y cruzar el derrumbamiento. Pero los que venían de allí (nepalíes e indios) nos contaban que te hundías en el barro hasta medio muslo mientras nos enseñaban las marcas de barro que daban fe de ello.

Yo no lo veía nada claro, teniendo que llevar además la mochila encima. ¿Y si se nos caía otro trozo de montaña encima, o nos hundíamos hasta la cintura, o perdíamos las botas en el barro? porque llover, seguía lloviendo…

Volvimos a Katmandú y conseguimos un vuelo a Varanasi para dos días más tarde gracias a una tarjeta de crédito que yo llevaba para emergencias. La primera tarjeta de mi vida, y tuve que usarla. Y gracias a que costaban unos 30$. En la mini agencia donde nos los vendieron parecía que nunca habían visto ni utilizado una tarjeta, pero temíamos quedarnos sin efectivo durante las semanas que nos quedaban en India. Al final lo resolvieron 😊

En Thamel de nuevo, los que nos reconocían por la calle nos decían: Nepal no quiere que os vayáis. Y nos sonreían con cariño.

Espero que los años de turismo no se hayan cargado esa atmósfera especial, esa capacidad de acogida amable y delicada, emocionante en ocasiones, de sus gentes.

mujeres lavando ropa en katmandu

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