nepal baktapur

Hace la friolera de… 14 años!! comencé mi etapa de viajera empedernida.

Viajé con mis padres como ya sabréis los que habéis leído el relato autobiográfico que tenéis en este blog, desde muy pequeña, especialmente  por España, los países vecinos (Portugal y Francia), y después unos cuantos mediterráneos.

Pero claro, llegó un momento en que dijeron: “chicos (mis hermanos y yo), es hora de volar solos o de quedaros en casa, pero el dinero ya no da para viajar tanta gente junta, ni siquiera en coche y con la tienda de campaña”.
Y además, qué carajo! ellos también querían independencia! ;D
Por aquél entonces yo tenía… 17 años -ése verano me fui a Inglaterra un mes “a aprender inglés”-.

Años de estudiante y tontería juvenil hicieron que salvo algunas escapadas al norte de España, también de camping y con cuatro duros, mi vida transcurriera entre Madrid y el pueblo -en Guadalajara-.


Pero, inexorablemente, las ganas de volver a moverme por lugares desconocidos, de oír idioma o idiomas distintos a mi alrededor, de oler y comer otras cosas, y en definitiva de Viajar y todo lo que ello conlleva, volvieron… y ya no han parado. 


Nepal

Contemplando la plaza Durbar de Patan, mientras nos tomamos un refresco

 

En Nepal recomencé mis viajes, por eso es el país que asocio con mis “inicios viajeros”

Es cierto que en el año 1999 me fui con dos amigas a las islas griegas, un lugar maravilloso, y que no fue hasta el siguiente cuando di el salto a un nuevo continente… quizá por eso Nepal representa para mi los inicios viajeros de mi vida adulta.

Nepal

En el verano del mítico año 2000, una de esas amigas y tres colegas más, aparte de mí misma cogimos las mochilas y nos plantamos en Nepal para continuar después por el Norte de India. 

Nepal

Tres de nosotros empezamos en Nepal por un problema con los vuelos que a poco nos deja en tierra dos semanas antes de salir (¡¡!!). El cónsul de Nepal, aquí en España, nos consiguió billetes nuevos con Royal Jordanian y para Agosto, por un precio escandaloso (unos 850 € ida y vuelta, entonces en pesetas). Por cierto, que gracias a esta compañía y prácticas como la de éste señor, tuve que quedarme 4 días en Delhi tirada por overbooking… pero ésa es otra historia!
Queríamos ir, no podíamos quedarnos en casa después de todo lo preparado, las vacunas, los visados y la ilusión, y nos lanzamos a ello, decididos a apretarnos el cinturón durante el viaje.

Hoy recuerdo aquél primer salto a Asia de una manera muy entrañable.

Nepal

Las calles de Katmandú siempre son un hervidero de actividad y mercadeo 🙂

Nepal nos encandiló desde el primer momento, y eso que apenas estuvimos en el Valle de Katmandú unos 6 días -iban a ser 3-, porque el objetivo principal era el Norte de la India.
Me encantaría volver a Nepal y estar más tiempo, conocer más y disfrutar más de éste país de gentes amabilísimas, que se hacen querer desde el primer minuto.

Nepal

Baktapur, donde coincidimos con la fiesta de Shiva

A poder ser, me gustaría ir fuera del monzón, y ése es un problema de fechas a resolver… pero bueno, In-sha allah!
Seguro que ha cambiado mucho en muchas cosas, y espero que en otras no tanto. También yo he cambiado, lógicamente 🙂

En fin, no me enrollo más.

Aquellos fueron días intensos en los que por primera vez…

-montamos en rickshaw, una experiencia inolvidable. Yo no podía parar de reír, y me siguió resultando divertido siempre que he montado en uno de ésos, en éste y sucesivos viajes.

sentimos, padecimos y vivimos un monzón, con sus cortinas de agua que no te permiten ni dar un paso sin que por ello bajen las temperaturas,

-nos encontramos con populares pastelerías que vendían sus bizcochos y viandas dulces y saladas al 50% por la tarde, para liquidar las existencias del día (un buen recurso para la cena o el desayuno del día siguiente, y en aquel entonces nos pareció -me lo sigue pareciendo- una gran idea comercial),

nuestra tolerancia a la falta de higiene -en general, tanto en los alojamientos como en la calle-, subió hasta niveles insospechados…

-acabamos regateando por todo y por céntimos,

-aprendimos que las apariencias engañan, como por ejemplo la de aquella anciana que mientras salía encorvada de un templo lleno de gente, delante de mi, se dio la vuelta y ágilmente abrió la cremallera de mi mochila y metió la mano. Afortunadamente me di cuenta y no se llevó nada del par de cosillas sin importancia que llevaba, pero realmente no me lo hubiera esperado.

-días en los que Rajan, un nepalí emprendedor, amigo de un vasco que ni siquiera conocíamos personalmente pero era un amigo de un amigo, nos hizo de cicerone. Nos mostró su pequeñísima empresa y nos ayudó cuando le pedimos que, en secreto, nos dijera dónde comprar una tarta de cumpleaños para Jose: llevó en moto a mi amiga cruzando medio Katmandú, y yo entreteniendo al homenajeado con excusas acerca de dónde estaba ella… los de la Guesthouse estaban también “compinchados” y como niños pequeños me miraban con sonrisas de oreja a oreja y levantando las cejas, ja, ja, ja.
Rajan también nos mostró su humilde morada, compartida por otros 2 o 3 chicos de su edad (25-27 años), todos llegados de aldeas nepalíes y dispuestos a abrirse camino con empresas propias de exportación de ropa de montaña, mini agencias de viaje, etc.
En el té que nos invitó en su casa me encontré con los restos de… ¿estropajo, pelos? Educadamente dejé la taza -casi terminada- y me aguanté la sorpresa y el repelús. Ante todo, agradecimiento a la hospitalidad y generosidad del que tiene muy poco. En situaciones como ésta es cuando hay que ponerlo en práctica.

Y un largo etcétera de grandes anécdotas y aprendizajes.

Nepal

Deambulamos por la capital todos los días: Katmandu, ya sólo su nombre evoca grandes viajes. La magnífica Durbar Square seguía siendo el centro neurálgico de la vida cotidiana, llena de templos, mercadillos, vacas, santones, niños, guías espontáneos… Entonces no era de pago, ahora  hay que pagar una entrada para acceder a ella (los extranjeros)… Los barrios adyacentes, de ladrillo y llenos de templetes y dioses.

Dioses que dan miedo, o ternura… que son de barro o de piedra, con comida y flores a sus pies, y polvos de colores.

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El barrio de Thamel, lleno de guesthouses baratísimas, tiendas de ropa de montaña, artesanías y baratijas mil, restaurantes para occidentales, y los mochileros circulando arriba y abajo. Le cogimos cariño a aquéllas calles, a los encuentros, a los tenderos que te reconocían al pasar ya al segundo día y por tanto te saludaban con familiaridad…
Recuerdo el Alice’s Restaurant, en el primer piso de uno de los edificios de Thamel. El té y una magnífica tarta de chocolate, además de una baraja de cartas, nos consoló un par de tardes frente a la lluvia monzónica. La guesthouse era un tanto mugrienta así que aquí se estaba mucho mejor…

Ciudad llena de gente yendo y viniendo y soltando escupitajos sin parar. Escupitajos que parecían sacar de los pies según el ruido que hacían antes de expulsarlos. Ése solía ser el primer sonido de la mañana, que llegaba hasta nosotros por las ventanas de la guesthouse mugrienta en la que nos alojábamos. Hasta a eso me acostumbré… y a sonarme la nariz y que el pañuelo quedara negro, por la cantidad de contaminación que estábamos respirando. Mi primera capital asiática… 😀

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Baktapur

Fuimos a Baktapur y Patan, en sendos días. Antiguas capitales del Valle de Katmandú, hoy son magníficas muestras de arquitectura antigua. Patrimonio de la Humanidad, ya entonces cobraban una entrada a los extranjeros.

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Durbar Square de Baktapur

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Durbar Square de Patan

Fuimos a ver un centro de peregrinación sagrado donde los hindúes queman a sus muertos: Pasuhpatinah. Aquí los santones ermitaños se empeñaban en que les hiciéramos fotos a cambio de unas rupias, pero no cedimos (también en la Durbar Square de Katmandú).

Aquí observamos cómo es un rito de cremación hindú, mucho más de cerca y con total calma frente a lo que después encontramos en Benarés.
Mientras los difuntos se quemaban en la pira funeraria, a medio metro los chavales se tiraban a la fuerte corriente del afluente del Ganges una y otra vez, entre risas y gestos de victoria. Vida y muerte absolutamente mezcladas.

Subimos la colina y encontramos un escenario de película, o de videojuego, con templos antiguos y temibles monos. Qué miedo y asco me dan esos monos, lo reconozco!.
En el horizonte el magnífico templo de tejados dorados cuyo nombre no logro recordar… y cuya entrada está vedada a los no creyentes.

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Pasupatinah

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También subimos a la estupa de Swayanbunat cruzando la ciudad por algunos de los barrios más pobres, para admirar este pequeño conjunto de templos budistas, incluido un pequeño templo tibetano.

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Lavanderas en un barrio de Katmandú, de camino a Swayanbunat

Allí oímos las gompas, esas enormes trompetas que emiten un sonido profundo y casi misterioso, y entramos. Estaban rezando.

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Los pelos se me pusieron de punta y desde entonces siempre he querido ir a Tíbet. Mejor me callo.

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La estupa de Swayanbunath, que estaba cubierta en buena parte porque la estaban restaurando…

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Atesoro las poquitas imágenes que hice con la cámara analógica y compacta que llevaba en aquél entonces, casi de juguete. He salvado lo que he podido digitalizando los negativos, y con ellas ilustro este post. Para mi son imágenes muy especiales, pero son muchas más las que quedan en mi cabeza y que nunca, nunca olvidaré.

Nepal

Nepal es un destino maravilloso, mítico y creo que injustamente olvidado frente a la grande y vistosa India.
Muy muy barato. Una vez llegas, claro, aunque los vuelos a/desde India también lo son.
También se puede ir en bus, por ejemplo desde Varanasi, pero no lo aconsejo en época de monzones. Os cuento…

Nepal

Cuando quisimos irnos a India, porque habíamos quedado allí con dos amigos para seguir viaje, el autobús de línea en el que viajábamos, siendo los únicos occidentales, se paró en plena montaña.
Había derrumbamientos unos cientos de metros o kilómetros más adelante -no pudimos averiguarlo con precisión-.
Pasamos la noche parados en la carretera, entre pedos, gargajos que salían disparados por la ventanilla, pestazo a gasóil y ocasionales cortinas de agua monzónicas.
Fue una de esas noches memorables, que empezó cuando el dueño del bus encargó al asistente del conductor (sí, 3 puestos de trabajo por vehículo: jefe, asistente y conductor), que abriera un armarito que había en el sitio donde suele haber un aparato de vídeo… y efectivamente, dicho armarito bien cerrado con un candado enorme guardaba un televisor y vídeo VHS, que empezó a funcionar. Una peli india arrancó, a todo volumen, y en la negra noche empecé a distinguir pequeñas lucecitas… eran las brasas de los cigarrillos bidi de los que se acercaban a mirar desde fuera (camioneros igualmente atrapados en la carretera). Empezó a llover y la gente se empeñó en subir para no perderse un segundo de película, pero el dueño del bus decidió restringir la entrada a todo el personal “ajeno a la obra” así que apagó la tele y cerró el armarito, ji, ji. Seguro que más de uno y de dos se cagó en su madre… pues no les gustan las pelis ni nada!!
También recuerdo que salimos a respirar un poco, de madrugada, mi amiga y yo.  Todo el mundo dormía, y nos sentamos en el asfalto. A los pocos minutos algo se arrastró hacia nosotras, un bulto que nunca sabré si era un animal o una persona. Salimos disparadas y volvimos a subir al autobús. Por cierto que sin querer posé mi mano en el pie desnudo del dueño del bus, que dormía junto a las escalerillas de subida… ag! qué sensación! Por lo menos el hombre no se meneó.

Nepal

Al día siguiente, nos dimos la vuelta. El del bus nos devolvía la parte proporcional del billete hasta la frontera, y nos intentaba convencer de que podíamos coger las mochilas y cruzar el derrumbamiento, pero los que venían de allí (nepalíes e indios) nos contaban que te hundías en el barro hasta medio muslo (y nos enseñaban las marcas de barro que daban fe de ello). Yo no lo veía nada claro, teniendo que llevar además la mochila encima. ¿Y si nos caía otro trozo de montaña encima, o nos hundíamos hasta la cintura, o perdíamos las botas en el barro? porque llover, había seguido lloviendo…

Volvimos a Katmandú y conseguimos un vuelo a Varanasi para dos días más tarde, gracias a una tarjeta VISA que yo llevaba para emergencias, y a que costaban unos 30$ (comprando de un día para otro, ojo). En la mini agencia donde nos los vendieron parecía que nunca habían visto ni utilizado una tarjeta de crédito, pero temíamos quedarnos sin efectivo durante las semanas que nos quedaban en India. Al final lo resolvieron 🙂

En Thamel de nuevo, los que nos reconocían por la calle nos decían: Nepal no quiere que os vayáis.

Y nos sonreían con cariño (o eso parecía).

Espero que los años de turismo no se hayan cargado esa atmósfera especial, esa capacidad de acogida amable y delicada, emocionante en ocasiones, de sus gentes.

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