ouagadougou burkina faso

Burkina Faso es conocida como la tierra o el país de “los hombres íntegros”.
Para mi, una auténtica sorpresa. Este fue el primer lugar que pisé en el África Subsahariana. No sé por qué he tardado tanto en ponerme a escribir sobre Burkina, aunque últimamente he leído algunos posts por ahí y me han entrado ya ganas de contar mi experiencia. Poco a poco… 

Ouagadougou, Burkina Faso

Recuerdo perfectamente ése momento, el de la llegada a Ouagadougou. Era noche cerrada, veníamos en un vuelo desde París, y por la ventanilla no se veía absolutamente nada antes de llegar a las luces de la pista de aterrizaje. Nada, acaso alguna lucecilla, pero poco más. Se suponía que ahí debajo estaba Ouagadougou, la capital de este pequeño (no tan pequeño) país del oeste de África.

Primera lección: en África las cosas son muy diferentes. En África Subsahariana la precariedad es muy real, se palpa, se vive, estalla en la cara. Nada que ver con otros países de ésos que llaman “subdesarrollados” como India, Guatemala, incluso Birmania, por citar algunos de los que visité con anterioridad a éste. Y esto lo digo sólo desde mis experiencias, que son pocas. No he visitado todos los países del África subsahariana y por tanto esta afirmación (soy consciente) seguramente no sea del todo fiel y realista.

Salimos del avión y entramos en un edificio bastante cochambroso amueblado con un mostrador donde debíamos rellenar los papeles para nuestro visado. No os quiero contar el tema de los baños.
Aún aturdidos por el calor que nos recibía, ése calor saheliano que es difícil de describir, que hace que huelas y sientas el desierto cercano.
Por allí sólo había militares somnolientos y poco más. Nos informan de que el comisario encargado de sellar (y por tanto validar) nuestros pasaportes no está, está en su casa. ¡Y al día siguiente era festivo!!.

Quim arregló las cosas para que pudiéramos entrar en Burkina, sin visado. Quim era nuestro guía y desde este viaje amigo. Un hombre que ha vivido allí varios años. Que está unido a esta tierra de hombres íntegros por un cordón umbilical que seguramente ya no se rompa nunca. Hombre íntegro él también.

Nos llevó al hotel al filo de la medianoche y se fue con los pasaportes a ver al susodicho comisario a su casa. No sé si fue esa misma noche o al día siguiente cuando consiguió arreglarlo todo para que formalizáramos nuestra estancia en este país. Pero lo consiguió.

Burkina, uno de los países más pobres del continente negro, aunque con menos “fama” que otros

Aquí también hay hambrunas, se pasa hambre de verdad. Se suele depender de si llueve suficiente o no. Y aquí encontré las más bellas sonrisas, de gentes realmente bellas. 

En cuanto se hizo de día ya estaba yo ansiosa por salir y conocer Ouaga. No habíamos cenado pero casi no quería ni desayunar. Por fin lo hicimos, nos fuimos al centro a cambiar dinero y comprar reservas de agua y algunas cosas para los siguientes días en que nos internaríamos en el Sahel burkinabés, con primera parada en Gorom Gorom.

Nueva “bofetada” de realidad

Una capital sin calles asfaltadas (sólo una o dos arterias centrales). Una sucesión que no acaba nunca de lo que parecen chabolas construidas de mala manera, edificios viejos, chiringuitos de todo tipo (comida, ropa, etc.) al aire libre y poco más.

un carrito con dos bidones pintados de amarillo, motos, bicis... en ouagadogou

Excepto una zona entre el aeropuerto y el centro, donde se estaban levantando grandes hoteles de lujo. Previsiblemente para los magnates del petróleo y otra “fauna” como la de las grandes ONGs, que circulan por allí. Ya sea para ir a safaris (de caza) más baratos y cercanos que los del África austral, ya sea para otros menesteres.
Hablo del verano de 2008, así que supongo que todo esto habrá cambiando bastante. Aunque puede que no.

Los temores de un primer viaje a África subsahariana

Esa precariedad en cada esquina me hacía sentir extraña. Me hacía temer que quizá aquello no me iba a gustar.

Ese choque ante tantas cosas que no había visto antes, que no había imaginado o no correspondía a lo que había imaginado.

Tomé una determinación: relax. Prácticamente no hice fotos, por cierto. Síntoma del impacto que estaba viviendo.
Quizá por todo esto quiero tanto a este viaje. No son sensaciones fáciles de repetir, aunque  cada vez viajes a un sitio diferente.

calle de ouagadogou con gran cartel de La vaca que ríe

El cambio de moneda lo hicimos en la tienda de un libanés, algo bastante común por allí. Los libaneses que viven en Burkina son huidos de las guerras de los años 30. Se establecieron en estos países como comerciantes que han ido prosperando. Son los “judíos” de África.

Junto a la mezquita de Ouagadogou

Mientras esperábamos junto a la mezquita de Ouaga, un edificio algo feote y sobrevolado por grandes cuervos (seguramente no son cuervos, pero para haceros una idea), éramos cada dos por tres interpelados por hombres que buscan cualquier negociete.

Desde la venta de artesanía hasta la petición de ayuda para emigrar a Europa.

Esta historia me volvió a llenar de desazón. Un hombre de mediana edad se acercó a saludar. Un pretexto y una costumbre la del saludo, parte de la “humanidad” que destila África y que hace que sintamos que aquí hemos perdido muchas buenas cosas.

Empezó una conversación en inglés, lo cual agradecí porque aquí se habla francés y no estoy yo muy ducha en el idioma galo. Me contó que él había vivido en las Islas Canarias, que llegó allí desde el Sáhara Occidental. Entendí cuál había sido su travesía, de qué me estaba hablando. Hablar allí con ése hombre, cara a cara, hizo que ya no volviese a mirar las noticias de pateras arribando a las costas españolas de igual modo.

Cuando nos íbamos me pidió ayuda. Su objetivo era volver a intentarlo. No, no le di nada, aun con el corazón encogido. Por muchas razones.
Esta es una segunda o tercera lección: los buscavidas no paran de acercarse. Somos dinero andante, por supuesto y con razón. Ellos viven al día. Familias enteras viven al día, y sin un oficio o tarea concretos. ¿Os imagináis? cada día tienes que pensar cómo y dónde sacar el sustento, la comida, el agua.

Uf, me temo que estoy dando una imagen muy triste, y no es ésta mi intención!!!. Quiero dejar claro que esta situación, esta manera de vivir, esta pobreza endémica (y de la que somos parte causante, todos nosotros aunque sea indirectamente lo somos), la afrontan con una dignidad, una templanza, y una alegría, que ya quisiéramos nosotros. 

alminar de mezquita de ouagadogou

Bueno, un consejo: ante los buscavidas, mucha calma, sonrisas y amablemente decir que “no”. Se ofrecerán a traeros tabaco o cualquier cosa que deséeis, o de guías, de chóferes, etc, etc. A cambio de una comisión, claro. Evidentemente si alguien os cae bien y consideráis que se puede confiar en él, si os viene bien en ése momento, pues nada, adelante.

Al fin y al cabo no hay que olvidar lo que he dicho antes, viven al día y ése día puede ser bueno para ellos si nosotros decidimos “contratar sus servicios”. ¿Qué mal hay en ello, si ambos ganamos?

A menudo es fácil adoptar la posición de “no, yo no voy a alimentar la economía sumergida de ése país”. Vale, pero la economía oficial que permite que tanta gente esté así quizá sea aún peor. No sé, es una reflexión muy personal.

La catedral de la Inmaculada Concepción

¿Cómo os quedáis?

Este edificio fue construido entre 1934 y 1936 y es el centro de los cristianos de la ciudad. Sí, aquí hay cristianos, musulmanes, animistas. La verdad es que no estaba mal, y es un pequeño oasis de paz, fuera del bullicio de la calle.

catedral cristiana de ouagadogou

Los cambios de perspectiva después de unos días de viaje

Porque sí, aunque a veces parece un campo arrasado, Ouaga es bulliciosa, el tráfico una locura, cómo no. Y también es una ciudad alegre. No aprecié bien a Ouagadougou en ése primer día. Pero cuando volvimos, después de andar unos 20 días por Burkina y Mali, me pareció como “volver a casa”.

Aprecié su carácter de ciudad. Encontré pequeños lujos que aunque están escondidos, están. Aprecié más su vida callejera. Reconociendo calles y avenidas, desenvolviéndome infinitamente mejor que aquél primer día, no me pareció ni tan mal, ni tan desvencijada. Me gustó y me quedó en la memoria como un sitio al que me gustaría volver.

Todo depende del ojo con que miremos. Todo depende del umbral con que comparemos. Es lo bueno de viajar, es lo mejor de viajar. Que nunca lo perdáis…


 

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