Acantilados de Moher

Los acantilados de Moher son uno de los grandes hitos de cualquier viaje a Irlanda. Uno de los grandes objetivos de todos los que salen de Dublín, y no es para menos!!

Confieso que nuestra llegada empezó con un punto de decepción…

Circulábamos por la carretera en dirección a Doolin, cerca de la costa pero sin poder verla, cuando pasamos delante de un parking que quedaba a la derecha de la vía. Había una especie de entrada a la izquierda, y ahí estaba el acceso a los acantilados. Un poco anodino y casi sin señalización. Seguimos adelante sin haber decidido todavía si hacer la visita obligada esa misma tarde, pendientes de encontrar un par de noches o tres en algún Bed&Breakfast. En cuanto vimos las primeras casas y letreros anunciando estos alojamientos, paramos.

Dónde alojarse cerca de los acantilados de Moher

Dimos con una casita –“The Rambler’s guest”- regentada por una entrañable mujer, ya bastante entrada en años, que nos mostró las habitaciones.

bed and breakfast en acantilados de moher

Más tarde nos contaría que en la casa de al lado vive su hija. Ella enviudó hace unos años pero allí vivía bien, tranquila. Siempre esperando la oportunidad de algún viajero que quisiera alojarse en su humilde morada.

El lugar era efectivamente muy tranquilo, con campos alrededor y algunas otras casas. El mar enfrente. El precio de 50€ con desayuno por la habitación doble nos convenció, así que decidimos quedarnos por tres noches para explorar la zona, que se anunciaba muy interesante.
atardecer en doolin con casita a contraluz acantilados de moher

La visita a los acantilados de Moher

Después de charlar un poquito con la buena mujer, decidimos ir a ver los acantilados. Quedaban unas horas de luz y no podíamos aguantar las ganas.

Entramos al parking y nos clavaron 6 € por persona, que es el precio de la entrada. Sí, una maravilla natural como ésta tiene un precio. En el folleto turístico te informan de que todo revierte en la conservación del lugar, y que los edificios respetan el medio ambiente al máximo.

acantilados de moher

Los acantilados de Moher reciben turismo desde el s. XVIII.

Cruzamos la carretera y accedimos a lo que parecía un “complejo turístico” en toda regla. Tiendas, cafeterías, un centro de interpretación y unas escalinatas para acceder a la torre de O’Brien, construida en el s. XIX. Esta queda en un extremo de las grandes paredes verticales que caen al mar. Una torre a la que, si queréis subir, tendréis que volver a desembolsar 2 ó 3 €, no recuerdo bien porque dimos marcha atrás, nos estábamos enfadando.

Desde allí arriba, al pie de la torre, se extienden las grandes paredes verticales a izquierda y derecha, siempre al otro lado de unos muretes de un metro y medio de altura que hacen que algunos tengamos casi que ponernos de puntillas para poder verlo cómodamente.

acantilados de moher

Todo sea para evitar caídas accidentales, o no tan accidentales. Por ahí se pueden ver los carteles de una organización llamada “los samaritanos” que indican un número de teléfono para que no recurras a ése salto, si es que vas allí con el ánimo un poco bajo.

Los acantilados de Moher tienen un camino oficial y uno extraoficial. Para disfrutarlos de verdad, hay que aventurarse un poco

La cosa va así: un camino ancho, de cemento, permite hacer el pequeño recorrido oficial en el que además se suelen situar algunos músicos con sus arpas y flautas. Cuando dicho camino termina, una parte de los visitantes traspasa el límite para seguir andando por un estrecho sendero de tierra y hierba apisonada que bordea los acantilados sin ninguna barrera artificial.

Aquí es cuando me reconcilié con el lugar y empecé a disfrutarlo de verdad. De repente habíamos salido de la “civilización” y me vi rodeada de florecillas silvestres, mar, horizonte y roca. 

acantilados de moher
Siempre con cuidado, decidimos andar hasta el final. O por lo menos hasta que nos cansáramos. La distancia es mayor de lo que aparenta, siendo 8 km. en total.  Tuvimos suerte (de nuevo), porque ése día no hacía viento, no llovía, ni había niebla. Me imagino que este camino en esas condiciones es muy poco recomendable.

Si tenéis algo de vértigo… pues aquí os lo curáis, o lo contrario! 

vista de islas desde acantilados de moher

Deteniéndonos en los detalles de los acantilados de Moher

El juego de perspectivas es increíble. En más de una ocasión temí por la vida de alguno de los que se asomaban al precipicio, pero es cierto que lo que a distancia parece una gran temeridad, en realidad no lo es tanto. Así, es probable que ellos también “temían por mi vida” cuando me asomaba un poquito al borde. O cuando pasaba por algún tramo del camino muuyyy pegado al abismo. Lugares en los que, desde mi ángulo, no sentía que estuviera en peligro.

Paredes de más de 200 m. de altura caen “cortadas a pico” y se estrellan contra el mar. La erosión es muy visible, y la roca caliza se parte en formas geométricas fascinantes y de vivos colores: ocres, rojos oscuros, grises…

Las gaviotas (Kittiwakes o Gaviotas tridáctilas), cormoranes y otras aves entre las que dicen que se encuentran los frailecillos, viven aquí. En total más de 20 especies de aves anidan en los cliffs, siendo ésta la mayor colonia de aves marinas de Irlanda. Especialmente las gaviotas no dejan de “corretear” o más bien “voletear” arriba y abajo.

Observamos también cómo unos barquitos recorrían un buen tramo de acantilados, acercándose mucho a los mismos. Pensamos que no era mala idea ver esta maravilla desde ésa perspectiva, así que nos lo apuntamos mentalmente.

Viendo que aún nos quedaban unos buenos 2 km hasta el Hag’s Head, la torre que se alza en el otro extremo de los acantilados, decidimos volver sobre nuestros pasos. De esta torre os puedo contar que por lo visto es lo que queda de un fuerte demolido en las guerras napoleónicas.

Fue volviendo cuando me empecé a fijar en un detalle que más tarde confirmaría en los carteles explicativos de la zona de visita oficial. Buena parte de las rocas que pisamos, o que están dispuestas a modo de “murete”, tienen fósiles.  Rastros de las olas en la arena de antiguas playas, y huellas de gusanos u organismos similares están ahí grabadas, para siempre.

fósiles que son como un gusano en acantilados de moher

En los siguientes días descubriría que estas rocas se emplean incluso para hacer el suelo de las casas. De hecho, la casa donde nos alojábamos tenía así construido el piso de la entrada y el salón. Alucinante!!

La piedra se llama “Liscannor” y efectivamente se utiliza en edificios y caminos. Se extrae de una cantera local, aunque si os fijáis bien en muchas de las rocas que coronan los acantilados se pueden ver esos mismos fósiles.

Los acantilados de Moher en barco

Al día siguiente, nos acercamos a Doolin y nos informamos de los barcos o “cruceros” que te llevan a la base de los Cliffs of Moher. No nos lo pensamos dos veces. Se trata de 1 hora de excursión, en la que con un pequeño barco recorreréis buena parte de los acantilados. Te acercan a la gran roca que se alza solitaria y que está llena de cormoranes y otras aves que allí anidan, comen o descansan.

La excursión nos costó 15 € (verano 2012) comprando allí directamente los tickets, pero creo que se pueden encontrar ofertas online. Realmente merece la pena, si el tiempo acompaña!!

rocas en la costa de doolin acantilados de moher

Ojo, el concepto de tiempo allí es distinto, como no podía ser de otra forma (estamos en un medio rural). Nos hicieron esperar aproximadamente una hora en el puerto sobre lo que nos habían dicho. Es decir, no vayáis con la hora pegada o con planes para después.

Una sorpresa inesperada: ¡delfines!

En el puerto había varios grupitos familiares de irlandeses que se bañaban en el mar, equipados con trajes de neopreno, y saltando una y otra vez desde el muelle. Nunca he entendido esa afición a bañarse en aguas tan sucias, pero nos entretuvimos viendo sus saltos, risas y chanzas. Había un hombre de mediana edad que era el típico “papi enrollado”, todo el rato haciendo bromas y divirtiéndose con los chiquillos como uno más.
De repente, estando en el agua, pegó un grito. Su mujer le preguntó qué  pasaba y él dijo que “algo” había pasado rozándole las piernas. Y entonces apareció: un delfín!!
Ya estábamos todos pendientes, los bañistas y los que esperábamos a los barcos. Era el acontecimiento de la tarde y efectivamente, estuvo un buen rato yendo y viniendo. Sobre todo se acercaba cuando el hombre le llamaba dando palmaditas en el agua 🙂

delfín en bahía de doolin acantilados de moher

El paseo en barco

Por fin llegó nuestro barco y pusimos rumbo a los acantilados. Fue fantástico verlos “desde abajo”. Cobras quizá más conciencia de sus dimensiones y señorío, y creo que aquí lo mejor no es tanto que yo os lo cuente, como que veáis algunas de las tomas que hice:

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