Inishbofin, Connemara, un lugar en el que desaparecer

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Por Alicia Ortego

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Inishbofin es una de esas islas irlandesas que conviene visitar, y seguramente merezca más tiempo del que le dediqué (un día), aunque sólo sea para no dejar de contemplar su belleza natural. O para saborear la tranquilidad de sus gentes, o para sentir una y otra vez esa sensación de estar en un lugar remoto. Si tú también quieres desconectar de verdad y sentir el latido de la Irlanda más pura, he preparado estos consejos para que organices tu escapada fácilmente.

Inishbofin, isla del condado de Connemara

Aunque todos los días, en pleno mes de Agosto, un puñadito de turistas y viajeros desembarca en la isla, la verdad es que ésta casi «se nos come». Es muy fácil quedarse solos en el páramo, o al borde de sus acantilados. 

Inishbofin están en el norte de Connemara, a unos 9 km frente a la costa, y se puede acceder a ella en barco, siempre y cuando el tiempo lo permita.

Consejos prácticos para visitar Inishbofin

  • Cómo llegar (el ferry desde Cleggan): La única forma de acceder a la isla es por mar. Los barcos salen de Cleggan, un pequeño y encantador puerto pesquero situado a unos 15 minutos en coche de Clifden. La travesía dura apenas 30 minutos. El trayecto suele ser precioso, pero si el Atlántico se pone revoltoso, te aconsejo llevar una pastilla para el mareo a mano. Puedes consultar los horarios actualizados y reservar tu billete en la web oficial de Inishbofin Ferry.
  • Olvídate del coche: En Inishbofin los coches de visitantes no están permitidos, lo cual es una auténtica bendición para el silencio y la desconexión. La mejor manera de explorar sus rincones es caminando o alquilando una bicicleta en el mismo puerto nada más bajar del ferry. Eso sí, para llegar a Cleggan sí debes ir con tu coche. Si aún no has alquilado uno, te recomiendo mucho que lo busques en Discover Cars, donde yo misma he encontrado los mejores precios. Además su seguro de Cobertura Total me encanta. En Cleggan muchos vecinos avispados habían habilitado los terrenitos que tienen junto a sus casas como parkings, cobrando unos euros por dejar el coche todo el día. Junto al muelle hay un parking oficial, pero tienes que llegar pronto para conseguir sitio.
  • Qué meter en la mochila: Aunque vayas en pleno verano, el clima atlántico aquí es impredecible. Lleva siempre ropa de abrigo por capas, un buen cortavientos impermeable y calzado de senderismo cómodo para caminar por senderos de hierba, turba y roca.
  • Servicios básicos: La isla cuenta con un par de hoteles acogedores, Bed & Breakfasts, una pequeña tienda de comestibles y restaurantes de marisco delicioso. No hay cajeros automáticos, así que aunque casi todo se puede pagar con tarjeta, conviene llevar algo de dinero en efectivo.

La leyenda de la vaca blanca que dio nombre a la isla

El nombre de la isla ya tiene duende: en gaélico, Inis Bó Finne significa «Isla de la vaca blanca».

Cuenta la leyenda local que la isla estuvo oculta bajo una densa e impenetrable niebla mágica durante siglos, hasta que dos pescadores perdidos en el mar lograron encender un fuego en su orilla, rompiendo el hechizo.

Al despejarse la bruma, vieron a una anciana arreando a una hermosa vaca blanca por la playa. Cuando la mujer golpeó al animal con un palo, este se convirtió en piedra instantáneamente.

Dicen los lugareños que la misteriosa vaca blanca vuelve a aparecer en la isla de cuando en cuando para presagiar tiempos de grandes cambios. A mí no se me apareció (¡una pena!), pero te aseguro que la atmósfera mística e inspiradora se palpa en cada colina y en cada rincón del camino.

Qué ver en Inishbofin: ruinas con historia, playas y acantilados

Lo mejor de Inishbofin es que no necesitas un itinerario rígido. La isla está recorrida por tres senderos circulares (loop walks) perfectamente señalizados. Solo tienes que empezar a caminar, respirar el aire puro y dejarte llevar. Cada ruta son unos 8 kilómetros y no hay grandes desniveles.

Al bajar del barco, te vas a encontrar en el pueblo de Inishbofin. Las casas están impecablemente encaladas, con tejados oscuros, y junto a ellas nos llaman la atención una especie de torres también encaladas. Deben de ser depósitos de agua, pero todas sin excepción tienen además una hornacina con una virgen.

Quizá esta blancura sea un homenaje a la leyenda de la vaca blanca.

Como el día estaba totalmente despejado y el cielo brillante, de azul intenso, llegué a trasladarme por un momento a algún rincón del Mediterráneo. De hecho me acordé de la isla de Naxos, en Grecia.

Aquí no campaban los griegos, pero sí los piratas!! Grace O’Malley, famosa pirata del s. XVI se instaló en esta isla.
Más tarde, Cromwell la invadió en 1652 y construyó una cárcel con forma de estrella para encarcelar a clérigos…

¿Y qué tendrán estas islas que están llenas de historias de clérigos, santos? (aquí también: San Colmán vino en el 664. Fue un exilio forzado porque decidió adoptar un nuevo calendario y se peleó con la Iglesia, claro ¡toma ya!).

Pues qué van a tener: un sitio sin igual donde aislarse del mundanal ruido.

Playas de arena blanca , aguas turquesas (¡pero heladas!) y la promesa de las focas

Si caminas hacia el este de la isla (East End), vas a topar con bahías de arena tan fina, blanca y limpia, y aguas tan increíblemente cristalinas, que jurarías estar en el Caribe… Si no fuera por la temperatura del aire, claro.

Playas como Dumhach beach te invitan a sentarte a contemplar el horizonte con las siluetas montañosas de la península de Connemara al fondo. Yo me conformé con descalzarme y caminar por la orilla sintiendo el frío reconfortante del agua en los pies. Es un regalo para los sentidos.

Por cierto, yo había leído que aquí se pueden ver focas. Intenté aguzar la vista, en especial hacia la punta de la isla desde donde se avista otra isla -Inishsharck- más pequeña con casas derruidas, abandonadas desde la época de la Gran Hambruna. Pero no, no hubo suerte.

Es cierto que antes de salir a explorar la isla nos acercamos a la casa de Correos-oficina de información-centro cultural de Inishbofin a preguntar. Nos dijeron que sí, que quizá tuviéramos suerte y viéramos focas, pero que son muy huidizas y con cualquier ruidito salen pitando. ¡Pues ni siquiera eso!

Más adelante, el camino tuerce hacia el interior, pero yo decidí seguir cerca de las rocas y el mar. Hay que tener en cuenta que buena parte de los campos que quedan al pie del monte, igual que en el continente, son campos de turba esponjosos y empapados por los que resulta algo difícil andar.

Fue entonces cuando subiendo un pequeño repecho, pensando en otear la costa en busca de focas, me topé con un acantilado que tenía zonas a punto de caerse al mar. De nuevo Inishbofin me sorprendía.

Las ruinas del monasterio de San Colmán

En el interior de la isla, escondido en un cementerio rodeado de lápidas antiguas devoradas por los líquenes, se encuentran las ruinas de la iglesia de San Colmán, del siglo XIII, construida sobre el monasterio original que este santo fundó en el año 668 d.C. Es un lugar con una paz solemne increíble, ideal para detenerse a escuchar únicamente el silbido del viento y el cantar de los pájaros.

Inishbofin no es un destino más para tachar en una lista rápida de cosas que ver en Connemara; es un auténtico estado mental. Es ese rincón del mundo donde el reloj deja de tener sentido, donde los paisajes te obligan a respirar hondo y donde descubres que, a veces, perderse y desaparecer es la mejor manera de volverse a encontrar. Si vas a viajar al oeste de Irlanda, hazte un favor: súbete a ese ferry en Cleggan y regálale a tu alma un respiro inolvidable en la maravillosa isla de la vaca blanca.

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