Ruta de un día por la costa este de Irlanda: entre la historia de Drogheda y la magia de las Cooley Mountains

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Por Alicia Ortego

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A veces, las mejores sorpresas de un viaje se esconden en esas rutas que se pueden hacer perfectamente en un solo día. Cuando planifiqué mi itinerario por Irlanda, supe que quería dedicarle una jornada a explorar el tramo de la costa este de Irlanda que sube hacia el norte, uniendo la histórica ciudad de Drogheda (nuestra «base de operaciones» para visitar Newgrange y alrededores), con la espectacular península de Cooley.


Por qué hacer esta ruta por la Costa Este de Irlanda

Si planeas visitar Newgrange, donde está uno de los yacimientos neolíticos más importantes de Europa, y que no me cansaré de aconsejar nunca, puedes plantearte extender un día tu viaje hacia esta ruta que mira de reojo a la frontera con Irlanda del Norte. Por cierto, te invito a que eches un ojo a mi guía de Newgrange.

A mí me cautivó por su autenticidad. Aquí no hay las masificaciones de otras zonas de la isla, sino carreteras tranquilas, mitos celtas que resuenan en las laderas de las montañas y pueblos marineros que conservan intacto su aire medieval. También kilómetros y kilómetros de playas solitarias.

Esta ruta puede ser, además, una buena alternativa a la autopista M1 si vas a ir al Ulster desde Dublin. No va a ser un camino tan rápido, pero sí mucho más guay.

Consejos prácticos para hacer la ruta

  • El coche, tu mejor aliado: Para exprimir al máximo este día y tener total libertad para parar en los miradores de montaña, lo ideal es que hagas la ruta en coche de alquiler. Si aún no lo has alquilado, te recomiendo mucho Discover Cars porque de verdad que da los mejores precios, y su seguro opcional Cobertura Total es muy bueno.
  • Organización del tiempo: Al ser una excursión de un día, te recomiendo salir tempranito. Así podrás parar en alguna de las inmensas playas y llegar a Carlingford a tiempo para visitarla y comer allí. Luego, puedes seguir por las Cooley Mountains antes de volver.
  • Ojo al clima en las montañas: Aunque estés en la costa este (que suele ser un poco más seca que el oeste), el tiempo en las Cooley Mountains puede cambiar en cuestión de minutos. Lleva siempre en el maletero un buen calzado para caminar si te apetece bajarte a hacer algún sendero y una chaqueta impermeable.
  • Prepara tu visita a Carlingford: Si quieres consultar los horarios del centro de interpretación medieval o necesitas ideas para cenar junto al fiordo, te aconsejo echar un vistazo a la web oficial de Carlingford, que es el portal de turismo oficial de la península.

Viajar con seguro puede parecer un detalle menor hasta que lo necesitas. Si todavía no tienes el tuyo, aquí puedes aprovechar este descuento. Y si quieres saber qué seguro te conviene más, consulta antes mi guía de Viajar Seguro.

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Drogheda, la guardiana del río Boyne

Mi punto de partida en esta ruta norteña fue Drogheda, una de las ciudades más antiguas de Irlanda. Situada a horcajadas sobre el río Boyne, es una localidad con un pasado medieval que se respira en cuanto empiezas a pasear por su casco histórico.

Lo que más me llamó la atención al llegar fue la imponente St. Laurence Gate, una puerta monumental del siglo XIII que se conserva de milagro y que te da una idea perfecta de lo protegida que estaba la ciudad en su época de esplendor.

Perderse por sus calles empinadas te lleva a descubrir iglesias con solera y rincones que te recuerdan que aquí se libraron batallas que cambiaron el destino de toda la isla. Es el aperitivo histórico perfecto antes de poner rumbo hacia la naturaleza.

La ruta que sigue la costa este de Irlanda

Nuestro destino-objetivo era Carlingford, pero haciendo paradas allí donde surgiera la ocasión y siempre con el mar a la vista. No tardamos mucho en parar, ya que una vez tomamos la R166 y salimos a Clogherhead, empezamos a alucinar.

Esta carreterita estrecha corre paralela a la playa. Apenas separada por un «quitamiedos» y una pequeña pendiente de arena y vegetación. Al otro lado, campos de cereal ondulando al viento y alguna que otra casa de campo o iglesia en el horizonte.

Las playas que hay en la costa este de Irlanda son largas. Con la marea baja, muy anchas. Y como no teníamos ni idea de la pinta que tendría esta costa (pensábamos en los acantilados de la costa oeste que habíamos dejado unos días atrás), la verdad es que abrimos la boca en un oooohhh!!!

No pudimos evitar echar a andar por la arena observando las nubes amenazadoras, pero a la vez dramáticas y poéticas. La arena estaba llena de montoncitos de churretes. Seguramente originados por los cangrejos que debían estar construyendo sus habitáculos en el subsuelo. No llegamos a ver ninguno.

En los días buenos probablemente estas playas se llenen de las gentes que acuden desde Dublín. Probablemente con sus autocaravanas, porque por aquí hay un camping o dos, pero éste era un día laboral y el tiempo no acompañaba del todo, así que estaban desiertas. Todo un lujazo.

Otro detalle genial fue que el suelo crujía bajo nuestros pies. Tal es la cantidad de conchas que hay aquí. Una sensación que no recordaba haber repetido casi desde que era niña, cuando en las playas de España había muchísimas conchas.

Después de un rato dando vueltas por allí, contemplar el arco iris en el horizonte de los campos, y al empezar a llover, decidimos seguir adelante hacia nuestro destino. La Península de Cooley, donde nos esperaba Carlingford.

Carlingford y su fiordo frente a Irlanda del Norte

Carlingford se sitúa en la orilla del lago del mismo nombre. Justo enfrente se alzan los montes Mourne de Irlanda del Norte.

Carlingford me sorprendió porque, aunque la guía afirmaba que es un pueblo muy bonito, ya nos había pasado en otras ocasiones que luego no era tanto. Pero sí, realmente está chulo.

El gran protagonista del pueblo es el Castillo de King John (King John’s Castle) o Rey Juan, una fortaleza normanda del siglo XII que domina el puerto desde su roca caliza. Se llama así porque el dicho rey pasó un par de días de aquí, de camino a una batalla, y entre sus curiosidades está la de que por su entrada sólo podía pasar un caballo con su jinete.

Aunque sus ruinas están desgastadas por los siglos y el salitre del mar, su silueta recortada contra el agua es una de las estampas más fotogénicas de todo el viaje.

Pasear por el centro de Carlingford es un placer: conserva restos de la antigua muralla, la torre del homenaje conocida como The Tholsel y casas señoriales fortificadas que te hablan de su pasado como próspero puerto comercial. Son básicamente tres calles, pero están repletas de rincones chulos.

Parece ser que a finales de los años ochenta del siglo XX el pueblo estaba bastante abandonado y deprimido. Sus habitantes se reunieron y decidieron que había que sacarse las castañas del fuego o morir lentamente. Hicieron lo primero.

Hoy en día cuenta con varios restaurantes y pubs, alojamientos, y festivales veraniegos (los fines de semana de verano hay algún sarao que atrae a los que están dispuestos a salir de la M1).

En otro orden de cosas: la especialidad de Carlingford son las ostras y… yo no me resistí. Después de husmear en varias de las cartas y precios de los sitios abiertos (alguno estaba cerrado), mi amiga y yo optamos por el PJ’s Oyster Bar. Aunque parecía un sombrío pub, resultó que tenía una terraza cubierta en la parte posterior muy agradable, con mesas grandes para compartir.

Optamos por una manera diferente de comer las ostras: cocinadas. ¡Y están realmente buenas!

También nos comimos unos calamares y unas patas de cangrejo, realmente buenas también estas últimas. Y ya, porque la cuenta subía mucho (como siempre en  Irlanda). Es decir, por estas tres raciones (a compartir entre dos), un par de pintas y cafés: 31€. No dejamos ni una hojita de lechuga…

El camarero, por cierto, estaba aprendiendo español así que practicó un poquito con nosotras, ja, ja.

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El broche de oro: las Cooley Mountains

Estando en Carlingford cayó un buen chaparrón y alargamos la sobremesa un poco más de lo habitual, pero cuando salimos el sol brillaba un poquito y decidimos subir a las Cooley Mountains para emprender el regreso a Drogheda.

Esta ruta es realmente preciosa. Al menos si te las encuentras cubiertas de una flor silvestre de color rosa que contrasta maravillosamente bien con el verde recién mojado de la lluvia.

El paisaje está profundamente ligado a la mitología celta; de hecho, estas tierras son el escenario del famoso relato épico del Táin Bó Cúailnge (el robo del toro de Cooley) y las leyendas del héroe Cúchulainn.

A mí me fascinó esa sensación de soledad y paz que transmiten sus miradores. Desde lo alto de la carretera, si el día está despejado, vas a tener unas vistas espectaculares del Carlingford Lough, el bellísimo fiordo que separa la República de Irlanda de las montañas de Mourne, ya en Irlanda del Norte. Es uno de esos lugares donde apagar el motor del coche, bajarte a respirar el aire puro y simplemente contemplar el horizonte.

Esta ruta de un día por el norte de la costa este de Irlanda terminó siendo uno de esos aciertos inesperados del viaje. Me demostró que no hace falta conducir cientos de kilómetros para encontrar la esencia de Irlanda. En una sola jornada pasas de la monumentalidad medieval de Drogheda a saborear el aire marinero de Carlingford junto a su fiordo, para terminar rodeándote de la soledad poética de las Cooley Mountains. Una escapada perfecta, cercana y con un ritmo pausado que te reconcilia con el placer de viajar sin prisas.

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