La Península de Connemara corona la sucesión de costas y campos preciosos desde el anillo de Kerry, si vienes del sur de Irlanda. Si estás organizando tu ruta por el oeste de la Isla Esmeralda, en este artículo vas a descubrir una guía completa con todo lo que ver en Connemara, un rincón indómito donde los paisajes de turba, los lagos oscuros y la cultura tradicional irlandesa se fusionan de forma mágica.
La Península de Connemara suena a película de Hollywood, pero está en Irlanda y es majestuosa
Subimos hacia al noroeste desde Galway por la N59, con destino a Clifden. A partir del lago Derryclare, el paisaje se define de manera distinta a lo que habíamos visto hasta entonces.
Campos de turba con hierba de tonos marrones y verdes cubriendo su suelo esponjoso y negro. Lagos oscuros de aguas de color óxido (por la filtración de la turba). Grupos de árboles y nubes que parecen reflejarlo todo. Flores silvestres, cabras, vacas y algún pony guapetón que se acercaba buscando caricias. En un solo día abarcas toda la península (en coche).
Hubo momentos en que me acordé de los paisajes de Kirguizstán que se extienden alrededor del lago Song-Kol.
Un apunte geográfico e histórico para situarnos
Para entender este rincón del condado de Galway, hay que saber que Connemara es una de las regiones culturales más auténticas del país.
Gran parte de su territorio forma parte de la Gaeltacht, zonas oficiales donde el idioma irlandés (gaélico) se sigue hablando de forma cotidiana en el día a día.
Geográficamente, su estampa está esculpida por las Twelve Bens (una cordillera escarpada de doce picos que apenas superan los 700 metros de altitud pero resultan imponentes) y por extensos campos de turba, un carbón vegetal que tiñe los lagos de un color óxido único, y que ha sido el combustible tradicional de los hogares locales durante siglos.
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Lugares imprescindibles que ver en Connemara
Clifden y la vertiginosa Sky Road
Llegamos a Clifden y, tras resolver el alojamiento, nos dirigimos directas a la Sky Road, una carreterita estrecha que sale del mismo pueblo.
Curva tras curva, va desvelando el mar y las islas flotando frente a la costa, entre ellas la indómita Inishbofin que también visitamos y de la que puedes leer más aquí. Hacía muchísimo viento, pero el cielo estaba deslumbrante. Parecía que estábamos volando, así que el nombre de la carretera es más que acertado.
Playas de arena blanca, y aguas turquesas contrastan con el verde rabioso de los prados con florecillas silvestres. A pesar de ser pleno verano, te hacen retroceder al mes de Abril. Una pasada, vamos.


Parque Nacional de Connemara
Nuestra siguiente parada fue el Parque Nacional de Connemara. Si el clima acompaña (¡el clima irlandés es impredecible!), puedes realizar rutas de senderismo fantásticas.
La más famosa es la subida a Diamond Hill, desde donde se obtienen unas vistas brutales de toda la costa y los lagos interiores. Si el cielo amenaza tormenta, el centro de visitantes cuenta con una cafetería ideal para guarecerse mientras contemplas la aridez dramática del paisaje bajo las nubes.
En nuestro caso sí amenazaba tormenta, así que después de comer en dicho centro de visitantes, decidimos hacer un paseo corto pero que nos sirvió para contemplar un paisaje precioso en su sencillez, y dramático en su aridez. No nos equivocamos, porque al rato se lió a llover como si no hubiera un mañana.


Abadía de Kylemore, un escenario de cuento
Desde el parque nacional decidimos continuar para atravesar la península por el interior rumbo a la costa sur. Nos encontramos enseguida con un desvío a la Abadía de Kylemore y decidimos entrar.
Este soberbio edificio de piedra del siglo XIX, encajonado entre montañas y reflejado en las oscuras aguas del lago Pollacapall, parece sacado de una leyenda.
Actualmente, el precio de la entrada estándar para adultos es de 18€ (con descuento para estudiantes y mayores de 65 años, así como familias) si se adquiere online. Aquí tienes el enlace a la web oficial.
La entrada da acceso a las salas restauradas de la abadía, la Iglesia Gótica, el mausoleo y los preciosos Jardines Amurallados Victorianos (con un autobús lanzadera interno incluido).
Si vas con el presupuesto ajustado, puedes dar un paseo por la zona libre que rodea el lago y contemplar su fachada exterior. Sigue siendo una auténtica delicia totalmente gratuita (el parking es gratis).


¿Lo mejor? La ruta por el Valle de Inagh
En el Valle de Inagh nos sumergimos de nuevo en ese panorama de poesía, de cuento de terror, de lugar lejano y de libertad.
Todas estas cosas y más me inspiraban esos campos de turba en los que empiezas a andar y parece que te vas a hundir, porque son como una esponja que a buen seguro guardan litros y litros de agua.
Y por aquí, ni rastro de los autobuses llenos de turistas, siendo pocos los coches que perturban la paz del lugar. O era que íbamos a contracorriente, que también puede ser, y todo el mundo había superado ya esta parte. En fin, no se puede pedir más porque la soledad en estos parajes es un placer.
Podría seguir escribiendo adjetivos y palabras, y se quedaría pequeño.
Como leí hace poco en Los árabes del mar de Jordi Esteva, no sé qué tendrán estos espacios abiertos y solitarios, que me hacen sentir tan a gusto, que tan fácilmente hacen volar mi imaginación hacia pensamientos de libertad, a la idea de estar disfrutando de la vida, contemplando la belleza en su sencillez, no lo sé.
Siguiendo hacia el sur, nos metimos por otro desvío y más o menos nos perdimos en una red de senderos entre las bahías que conforman esta costa, después de dejar el coche en un pequeño entrante del camino.
Por ahí nos encontramos con un pony que se acercó en cuanto nos vio, bajando la cabeza para que le acariciáramos…
Después de hacerle unas fotos y seguir nuestro camino, a ver dónde acabábamos por ése sendero, nos llamó relinchando y nos empezó a seguir desde su lado de la valla.
No lo entendía bien, hasta que otro caballo (o yegua, mejor dicho), relinchó desde otro campo, justo al otro lado del camino. Ambos animales estaban separados, y «nuestro» pony estaba, ejem… excitadillo. Vamos, que nos pedía ayuda para superar los obstáculos y reunirse con su amor. No lo hicimos, no fuera a ser que los dueños pasaran por allí, pero reconozco que me sentí un poco mal, como si le traicionara.
Roundstone, pueblo pesquero y de artesanos
Por fin llegamos a Roundstone, un pueblo pesquero en la Bahía de Bertraghboy por el que nos dimos otro buen paseo tranquilo. Perderse por sus muelles rodeados de barcas de colores es un remanso de paz.
Allí visitamos el Roundstone Musical Instruments, de Malachy Kearns, el único fabricante de todo el país -a tiempo completo- de los famosos bodhráns. O eso decía la guía, porque al señor Malachy no le vimos, sólo a sus empleados (cubanos).
La Bahía del Perro – Dog’s Bay
No nos resistimos, después, a acercarnos a Dog’s Bay. Su playa es un auténtico espectáculo visual: una media luna perfecta de arena blanca finísima hecha de conchas marinas pulverizadas, y aguas de un azul turquesa que te transportan mentalmente al Caribe… ¡Si no fuera por la temperatura del agua!
Guía práctica para organizar tu viaje a Connemara
Cómo llegar a Connemara
Connemara se encuentra en el oeste de Irlanda. La principal puerta de entrada a la región es la famosa y turística ciudad de Galway, situada a poco más de una hora en coche de Clifden.
Aunque existen excursiones de un día en autobús desde Galway o Dublín, la única manera real de saborear la península a tu propio ritmo, detenerte en los valles solitarios, y conducir por la Sky Road, es disponiendo de tu propio vehículo.
Si no quieres conducir pero te planteas ir a Galway en transporte público, también puedes realizar una de las excursiones de un día que salen de esta ciudad. O bien, apuntarte a alguna actividad como kayak, clases de surf o trekking para subir a Diamond Hill. Estas serían mis opciones:
Dónde alojarse en Connemara
Para explorar la península con calma, lo ideal es hacer noche en la zona en lugar de regresar corriendo a Galway.
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Conclusión: ¿Vale la pena visitar Connemara?
La mayor parte del tiempo de este día caminamos y rodamos en silencio. Y es que merece la pena callarse ante esta belleza, este silencio que no lo es, esta sensación de estar en un lugar remoto.
Un día perfecto que acabamos con una cena en un pub de Clifden, donde dos lugareños tocaban la guitarra y cantaban viejas canciones alternando el rock y el folk irlandés… y seguidamente contemplando una preciosa puesta de sol. No se puede pedir más. Bueno, sí, haber reservado más días para recorrer Connemara con más calma, con más piernas y menos volante.


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Gracias por tu articulo .Aprendí mucho de Irlanda .
Gracias a ti por leerlo y comentar, un placer! :)
Muy chulos los paisajes siempre en Irlanda y esos contrastes de colores. A veces aparece un dramatismo curioso que en la primera foto me recordó también a Kirguistán.
Gracias por pasarte y comentar Iván! Si, Irlanda y su paisaje de poesía… :))
Un abrazo!