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La península de Connemara

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connemara

La Península de Connemara coronó la sucesión de costas y campos preciosos que traíamos desde el anillo de Kerry.

Parecía que la cosa iba “in crescendo”, y no esperábamos que pudiera mejorar, para ser sinceros, pero así fue!


Connemara

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La Península de Connemara suena a película de Hollywood, pero está en Irlanda y es majestuosa

Subimos hacia al noroeste desde Galway por la N59, con destino a Clifden. 

A partir del lago Derryclare, el paisaje se definió de manera distinta a lo que habíamos visto hasta entonces: campos de turba con hierba de tonos marrones y verdes cubriendo su suelo esponjoso y negro, lagos oscuros de aguas de color óxido (por la filtración de la turba), grupos de árboles, nubes que parecen reflejarlo todo cuando en realidad son ellas las que se reflejan en las aguas, montañas de no más de 1.000 m. de altitud pero que se alzan escarpadas y majestuosas (son las Twelve Bens).

Hubo momentos en que me acordé de los paisajes de Kirguizstán que se extienden alrededor del lago Song-Kol.

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Flores silvestres, cabras, vacas y algún pony guapetón que se acercaba buscando caricias, fueron nuestros acompañantes en el día dedicado a esta península, más abarcable (si vas en coche) de lo que parece en el mapa 🙂

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La iglesia de Clifden

Clifden, antesala de la “carretera del cielo”

Cuando llegamos a Clifden y resolvimos el tema del alojamiento (en el B&B Aislin House, regentado por un tipo simpático y solícito, que hablaba endiabladamente rápido), nos dirigimos a la Sky Road, que sale del mismo pueblo.

La Sky Road es una carreterita estrecha que curva tras curva va desvelando el mar y las islas que hay frente a la costa -entre ellas, Inishbofin, de la que os he hablado en un post anterior-.
Hacía muchísimo viento, pero el cielo estaba deslumbrante, y parecía que estábamos volando (el nombre de la carretera es más que acertado!).

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Playas de arena blanca, y aguas turquesas contrastan con el verde rabioso de los prados, y las florecillas silvestres que a pesar de ser pleno verano, te hacen retroceder al mes de Abril… Una pasada, vamos.

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Parque Nacional de Connemara

Después, nos acercamos al Parque Nacional de Connemara, donde comimos en su centro de visitantes y dimos un buen paseo subiendo hacia las montañas.

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Decidimos no hacer una de las rutas señaladas, de varios kilómetros, porque el cielo amenazaba lluvia (y así fue, al poco rato) y no había dónde guarecerse. Aun así, alcanzamos a contemplar un paisaje precioso en su sencillez, y dramático en su aridez, todo bajo esas nubes de tormenta.

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Abadía de Kylemore, junto al Parque Nacional de Connemara, un lugar de cuento, una vez más

Desde el parque nacional decidimos continuar para atravesar la península por el interior, hacia la costa sur. Nos encontramos enseguida con un desvío a la Abadía de Kylemore y decidimos entrar.

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Un gran lago encajonado entre las verticales pendientes de las montañas enmarca al soberbio edificio de piedra que  es toda una atracción turística al que llegan los autobuses y por el que cobran la no despreciable cantidad de 12 €. No, no entramos, aunque sí paseamos por la zona “libre” (que se puede, y el parking es gratis).

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¿Lo mejor? La ruta por el  Valle de Inagh

De nuevo nos sumergió en ese panorama de poesía, de cuento de terror, de lugar lejano y de libertad.
Todas estas cosas y más me inspiraban esos campos de turba en los que empiezas a andar y parece que te vas a hundir, porque son como una esponja que a buen seguro guardan litros y litros de agua.
Y por aquí, ni rastro de los autobuses llenos de turistas, siendo pocos los coches que perturban la paz del lugar… O era que íbamos a contracorriente!, que también puede ser, y todo el mundo había superado ya esta parte. En fin, no se puede pedir más, porque la soledad en estos parajes es un placer.

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La turba, el carbón vegetal

Podría seguir escribiendo adjetivos y palabras, y se quedaría pequeño.

Como leí hace poco en “Los árabes del mar” de Jordi Esteva, no sé qué tendrán estos espacios abiertos y solitarios, que me hacen sentir tan a gusto, que tan fácilmente hacen volar mi imaginación hacia pensamientos de libertad, a la idea de estar disfrutando de la vida, contemplando la belleza en su sencillez, no lo sé.
Siguiendo hacia el sur, nos metimos por otro desvío y más o menos nos perdimos en una red de senderos entre las bahías que conforman esta costa, después de dejar el coche en un pequeño entrante del camino. 
Por ahí nos encontramos con un pony que se acercó en cuanto nos vio, bajando la cabeza para que le acariciáramos…

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Después de hacerle unas fotos y seguir nuestro camino, a ver dónde acabábamos por ése sendero, nos llamó relinchando y nos empezó a seguir desde su lado de la valla. No lo entendía bien, hasta que otro caballo (o yegua, mejor dicho), relinchó desde otro campo, justo al otro lado del camino. Ambos animales estaban separados, y “nuestro” pony estaba, ejem… excitadillo. Vamos, que nos pedía ayuda para superar los obstáculos y reunirse con su amor. No lo hicimos, no fuera a ser que los dueños pasaran por allí, pero reconozco que me sentí un poco mal, como si le traicionara (desde luego la comunicación fue bastante clara).

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Roundstone, pueblo pesquero y de artesanos

Por fin llegamos a Roundstone, un pueblo pesquero en la Bahía de Bertraghboy por el que nos dimos otro buen paseo tranquilo y visitamos el Roundstone Musical Instruments, de Malachy Kearns, el único fabricante de todo el país -a tiempo completo- de los famosos bodhráns. O eso decía la guía, porque al señor Malachy no le vimos, sólo a sus empleados (cubanos).

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La Bahía del Perro – Dog’s Bay

No nos resistimos, después, a acercarnos a Dog’s Bay, para ver una de esas playas de arena blanca que desde la carretera prometen… lo que son 😉

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La mayor parte del tiempo, ése día, caminamos y rodamos en silencio. Y es que merece la pena callarse ante esta belleza, este silencio que no lo es, esta sensación de estar en un lugar remoto.
Un día perfecto que acabamos con una cena en un pub de Clifden, donde dos lugareños tocaban la guitarra y cantaban viejas canciones alternando el rock y el folk irlandés… y seguidamente contemplando una preciosa puesta de sol.

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No se puede pedir más. Bueno, sí, haber reservado más días para recorrer la zona con más calma, y más piernas y menos volante.

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