khiva ruta de la seda

Estamos en tierras Uzbekas, en plena Asia Central, esa gran porción del continente Euroasiático bastante desconocido para nosotros, ya que hasta hace unas décadas se amalgamaba en lo que entonces era la U.R.S.S. No creo que el número de lecciones sobre esta región haya crecido en los programas educativos españoles, desgraciadamente, así que sólo los que tenemos interés por la historia, la literatura de viajes, y por los viajes en sí mismos, seremos capaces de poner a Khiva en el mapa. Probablemente. Ojalá me equivoque. Te voy a contar mi experiencia en la que es una de las ciudades más bellas de la Ruta de la Seda.


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Salimos de Bukhara una mañana y enfilamos la carretera hacia Khiva. Una ciudad-oasis que se sitúa en el noroeste de Uzbekistán y muy cerca de la frontera con Turkmenistán. Ciudad que parece un decorado de película que imita a las ciudades de Las mil y una noches. 

Muy bella y cuidada, su parte vieja es hoy en una ciudad-museo que cobra entrada a los visitantes. En efecto, su vida se desarrolla prácticamente en torno al escaso turismo que llega. Y, sin embargo, esa belleza no puede evitar cautivar al visitante. Desde luego conmigo lo consiguió, aunque Bukhara ocupe un rincón algo más grande de mi corazón.

torre de azulejos en khiva

En el camino a Khiva nos encontramos con el antiguo río Oxus

Por el camino, hacemos una parada para contemplar el Amu Daria. El antiguo río Oxus, testigo del paso de Alejandro Magno. Para los musulmanes es uno de los cuatro ríos del Paraíso nada más y nada menos. Y hasta hace menos de un siglo, uno de los cauces que conformaban el delta del Mar de Aral. 

río amur daria en uzbekistán

Hoy muere en el desierto mientras los regadíos hacen que cada año su nivel sea más bajo. Más incierto, más embarrado. Llegar hasta la orilla del río nos costó una bajada por un terraplén desastrado, antiguos fondos del río, de al menos 300 metros. Allí encontré una piedra redonda con pinta de fósil que aún conservo, por cierto 😉
Junto a la carretera, un edificio señalizado como “Tualet WC” y custodiado por un tranquilo chico nos informa de que éste es uno de los lugares donde paran las familias uzbekas para disfrutar de un día de agua y sol.

caseta de wc con niño sentado al sol khiva

Desierto del Tar

Seguimos camino, y antes de llegar a Khiva paramos en la linde del desierto del Tar. Nos acercamos a saludar a una familia nómada.  Mucho me temo que está más que acostumbrada a recibir “visitas” y posar para las fotografías.

mujer con su hijo en brazos en el desierto khiva

Y por fin Khiva, la antigua parada de la Ruta de la Seda

Al mediodía llegamos a esta ciudad-oasis-fortaleza. Uno de los más bellos exponentes de la Ruta de la Seda: Khiva o Jiva.

puerta de la muralla de khiva

Su centro histórico es un conjunto de mezquitas y minaretes, madrasas, tumbas, bazares, palacios, ksars o karavasares.  En estos últimos se alojaban las caravanas y sus cargas de mercancías procedentes de lejanos países. 

Edificios testigos de la antigua actividad de comerciantes y gentes que transitaban entre Oriente y Occidente.

calles de la vieja khiva

Alojados en una guesthouse sencilla pero primorosa, cuyo nombre no recuerdo, en un edificio también de adobe y con un largo corredor que servía de barandilla para asomarse al salón-comedor-patio cubierto, disfrutamos de unos días dulces y tranquilos. Me recordaba a los antiguos caravasares y aún recuerdo alguna noche sentada en el porche bromeando con los niños de la barriada en medio de la quietud.

edificios de khiva al atardecer
detalle de azulejos en khiva

Los siguientes dos días los dedicamos a disfrutar de Khiva. En muchas ocasiones me perdí por ahí, yo sola, para embobarme con los azulejos del minarete Kala Minor. 


Esta torre inmensa está a medio hacer porque su impulsor se quedó sin dinero y las luchas le arrebataron el poder. Un minarete que pretendía ser el más grande de todo el mundo musulmán. Seguramente también el más bello a juzgar por su decoración de ladrillos y azulejos.

fachada mezquita llena de azulejos azules en khiva

Una ciudad llena de detalles

Me perdí en los talleres de seda aún en funcionamiento. Me encontré con puertas de madera labrada con finísimas tallas que hoy los niños aprenden en escuelas-taller. Y descubrí el símbolo de los zoroastristas en los azulejos de las antiguas murallas.

azulejos de símbolo zoroastrista en khiva

Sin olvidarme de observar y participar del descanso de las mujeres a la sombra. Aunque el verano es duro y las temperaturas suelen ser muy altas, ellas siguen vistiendo con telas de terciopelo o gruesas. Llevar la cabeza cubierta es, además, casi obligado.

mujeres sentadas en bancos de madera en khiva
gente entrando en santuario en khiva

No olvidaré el encuentro con unos señores terminando la  matanza del cordero, preparando alguna celebración a los pies de las viejas murallas.

hombres despellejando un cordero junto a muralla de khiva
hombre con su niña en brazos khiva
retrato de mujer en khiva
empatia


Ni de la joven pareja de recién casados que se paseaban por las calles de la vieja Khiva. Rodeados de familiares y amigos, con la mirada esquiva, tímida o avergonzada, o sumisa.

novios andando con invitados junto a la muralla de khiva

Me encantó contemplar el recuerdo de Al-Kwarizmi. El matemático, astrónomo y geógrafo creador del algoritmo y el álgebranacido en Khiva en el año 780.

estatua en khiva

Y me reí cuando me topé con los puestos de gorros de pieles al más puro estilo ruso o cosaco, que contrastaban con el fuerte sol de Agosto. Ésta es la máxima actividad de la Khiva antigua, hoy en día. ¿La forma moderna de recibir al visitante, al viajero? Supongo que no a los comerciantes, que hace tiempo se apartaron de esta ruta, o les aparataron.

puesto de gorros de piel en khiva

Khiva es un constante escaparate de belleza.

En los palacios y sus exquisitas decoraciones a base de azulejos pintados que aún conservan las firmas de los artistas o artesanos, y columnas de cedro y otras maderas nobles. Testimonios de lo que Khiva fue, que han resistido siglo tras siglo a terremotos, luchas, y quién sabe qué más.

azulejos de khiva
mezquita llena de columnas de madera en khiva

En uno de esos paseos descubro lo que me parece una “torre de ventilación”, aunque más pequeña y tosca que las que vi en Yazd, en Irán, unos años antes. No estoy segura, a lo mejor es un minarete, pero se parece tanto… Tienen que tener relación.

Los zoroastras y los persas se expandieron por buena parte de estas tierras y dejaron su huella en la arquitectura y muchísimas otras cosas.

fachada llena de azulejos en khiva


Estas torres sirven para ventilar el interior de los edificios en zonas desérticas como esta. Una ingeniería básica y sabia que busca aprovechar los elementos naturales y reconducirlos en su provecho, sin más historias. Sin motores artificiales, sin medidores de temperatura. Corrientes de aire y fuentes subterráneas es todo lo que se necesita.

Las murallas al atardecer, en Khiva, son el mejor de los espectáculos

Desde lo alto se puede contemplar toda la ciudad y su gran esplendor. El espectáculo está asegurado y la imaginación sólo depende de vosotros. Imaginar el bullicio y el polvo generado por las caravanas que llegaban hasta allí. Algunas seguirían camino, otras se quedarían. Como en todas estas ciudades que fueron parada de las grandes rutas.

murallas de khiva

Sin perder de vista el mercado de Khiva, junto a las mismas murallas

Las gentes que hoy en día viven y trabajan en Khiva son amables, entrañables, educados, acogedores. Para comprobarlo, nada mejor que ir al mercado que se pega a las murallas en su parte exterior, donde la vida continúa.

vendedor de melones posando khiva

No tiene el brillo de las leyendas, o de lo que cuentan serían los antiguos tiempos. Pero ahí sigue, con brío, cubriendo las necesidades básicas de la población con productos de la tierra. Como siempre.

puesto de manzanas en mercado de khiva

Un imprescindible esta Khiva, un sueño de adobe y azulejos.

torre de ladrillos y azulejos khiva

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