Khiva parece un decorado de película. Una ciudad amurallada de adobe y azulejos en mitad del desierto que, desde que te asomas por una de sus cuatro puertas, te instala en la sensación de haber retrocedido varios siglos
Khiva en la Ruta de la Seda
Khiva es la más pequeña del triángulo clásico uzbeko, la más alejada, la más difícil de alcanzar, y también, para muchos viajeros, la más irreal. No porque no sea auténtica —lo es, a su manera—, sino porque está tan bien conservada que el presente casi no cabe en ella.
Yo llegué desde Bukhara un mediodía de agosto, bajo un sol que no daba tregua. Y aun así —o precisamente por eso— me quedé prendada de sus calles silenciosas, de sus azulejos encendidos por la luz, de esa quietud de ciudad que ya no necesita demostrar nada porque hace mucho que lo demostró todo.
Khiva lleva habitada desde el siglo VI y fue durante siglos una de las paradas más importantes del tramo occidental de la Ruta de la Seda, capital del Kanato de Jiva y último gran oasis antes de cruzar el desierto de Kyzyl Kum hacia Bukhara.
Por aquí pasaron caravanas cargadas de seda, esclavos, especias y conocimiento. Por aquí pasó también Alejandro Magno cuando cruzó estas tierras en el siglo IV a.C., y el río Oxus —el Amu Daria de hoy— fue testigo de ese paso.
Pero si Khiva tiene un hijo del que enorgullecerse por encima de todos es Al-Juarismi, el matemático, astrónomo y geógrafo nacido aquí en el año 780 cuyo nombre dio origen a la palabra «algoritmo» y cuyo tratado sobre los números indios sentó las bases del álgebra occidental.
La estatua que lo recuerda en el centro de la ciudad amurallada es uno de esos encuentros que a mí me gustan especialmente. El de los viajeros con los sabios que dieron forma al mundo moderno sin que nadie los recuerde en los libros del colegio.
El casco histórico de Khiva, conocido como Itchan Kala, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1990, el primero de toda Asia Central en recibir ese reconocimiento.
Hoy cobra entrada a los visitantes —un ticket global que da acceso a la mayoría de los monumentos— y su vida gira casi por completo en torno al turismo. Eso le da un aire de ciudad-museo que puede resultar algo artificioso. Y sin embargo, esa belleza no puede evitar cautivar. Desde luego conmigo lo consiguió, aunque Bukhara ocupe un rincón algo más grande de mi corazón.
Cómo llegar a Khiva y dónde alojarse
Cómo llegar
Khiva es la ciudad más alejada del triángulo uzbeko y llegar a ella requiere un esfuerzo logístico algo mayor. El aeropuerto más cercano es el de Urgench, a unos 35 kilómetros, con vuelos desde Tashkent y algunas conexiones internacionales. Desde Urgench hay taxis y minibuses hasta Khiva en unos 30–40 minutos.
La otra opción —y la más usada si vienes desde Bukhara o Samarcanda— es el tren nocturno hasta Urgench. El trayecto desde Bukhara dura unas seis horas y permite aprovechar la noche para desplazarse sin perder tiempo de visita. Es cómodo, económico y tiene el encanto de los trenes nocturnos por Asia Central, que ya es decir. Reserva con antelación en temporada alta. Aquí tienes el enlace a la web de trenes ubzbekos.
También existe la opción del taxi compartido entre ciudades, o este traslado privado desde Bukhara con buenas opiniones, más rápido que el autobús y útil si el tren está completo.
Dónde alojarse en Khiva
Aquí la respuesta es más sencilla que en ninguna otra ciudad uzbeka: alójate dentro de las murallas.
En Itchan Kala hay guesthouses y pequeños hoteles boutique instalados en edificios históricos de adobe —algunos con patios interiores centenarios— que son en sí mismos parte de la experiencia.
Yo me quedé en una guesthouse sencilla pero preciosa, con un largo corredor que se asomaba a un salón-comedor-patio cubierto que me recordaba a los antiguos caravasares. Aún recuerdo alguna noche sentada en el porche, bromeando con los niños de la barriada en medio de la quietud.
En gama media y alta, hay opciones boutique con habitaciones decoradas con azulejos tradicionales y vistas a los minaretes. En gama económica, las guesthouses familiares son la joya: trato cercano, desayuno incluido con pan recién hecho, y dueños que conocen cada rincón de la ciudad. Son mi recomendación sin dudarlo.
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Qué ver en Khiva: los monumentos de Itchan Kala
La entrada al recinto amurallado da acceso a la mayoría de los monumentos con un único ticket. Khiva es compacta y se recorre a pie con comodidad: todo está dentro de las murallas o muy cerca de ellas.
El minarete Kalta Minor: el gigante inacabado
Es el primero que te sale al paso al entrar por la puerta oeste —Ota Darvoza— y es, probablemente, la imagen más icónica de Khiva.
El Kalta Minor es un minarete inmenso, cubierto de azulejos turquesa y azul cobalto con motivos geométricos y caligráficos, que se queda a mitad de altura.
Lo mandó construir el Khan Muhammad Amin en el siglo XIX con la ambición de que fuera el minarete más grande del mundo islámico, visible desde Bukhara. Pero el Khan murió antes de verlo terminado. Las guerras y la falta de fondos hicieron el resto, y la torre quedó tal como la ves hoy: ancha, imponente, truncada.
Seguramente también el más bello a juzgar por su decoración. Hay quien dice que en su incompletitud está parte de su encanto. No le falta razón.
La mezquita de Juma: el bosque de columnas
La mezquita de Juma es uno de esos espacios que no esperabas encontrar y que se te quedan grabados.
Una sala hipóstila —sin cúpula, sin minarete adosado convencional— sostenida por 212 columnas de madera, muchas de ellas originales del siglo X, cada una diferente de la siguiente, tallada por artesanos distintos en épocas distintas.
La luz entra por pequeñas aberturas del techo, y cae sobre la madera y las alfombras con una suavidad que convierte la visita en algo casi meditativo.
El minarete que la acompaña, de 33 metros, puede subirse: desde arriba, las vistas sobre los tejados de adobe de Itchan Kala son de las mejores de la ciudad.
El palacio Tash-Hauli: azulejos con firma
Si hay un lugar en Khiva donde detenerse a mirar los azulejos con verdadera atención, es el palacio Tash-Hauli.
Construido en el siglo XIX por el Khan Allah Kuli como residencia privada —con harem, salas de recepción y patio de justicia por separado—, su decoración a base de azulejos pintados a mano conserva algo extraordinario: las firmas de los artesanos que los crearon.
Nombres grabados en los propios azulejos, como una rúbrica en el tiempo. Las columnas de cedro tallado que sostienen los pórticos son otro de sus tesoros. Testimonios de lo que Khiva fue, que han resistido siglo tras siglo a terremotos, luchas y quien sabe qué más.
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Las murallas de Itchan Kala al atardecer
Subir a las murallas de la ciudad amurallada al atardecer es uno de esos planes que no están en todos los itinerarios, pero que dan una de las mejores experiencias de Khiva.
Desde lo alto se puede contemplar toda la ciudad y su gran esplendor: los minaretes, las cúpulas azules, los tejados de adobe, el desierto al fondo.
El espectáculo está asegurado y la imaginación sólo depende de ti: imaginar el bullicio y el polvo generado por las caravanas que llegaban hasta aquí. Algunas seguirían camino, otras se quedarían. Como en todas estas ciudades que fueron parada de las grandes rutas.
Los talleres artesanales: la ciudad viva
Me perdí en los talleres de seda aún en funcionamiento. Me encontré con puertas de madera labrada con finísimas tallas que hoy los niños aprenden en escuelas-taller. Y descubrí el símbolo de los zoroastristas en los azulejos de las antiguas murallas —los persas y los zoroastras se expandieron por estas tierras y dejaron su huella en la arquitectura y en muchas otras cosas—.
Sin olvidarme de observar y participar del descanso de las mujeres a la sombra, ni del encuentro con unos señores terminando la matanza del cordero a los pies de las viejas murallas, ni de la joven pareja de recién casados que se paseaban por las calles de la vieja Khiva, rodeados de familiares y amigos, con la mirada esquiva, tímida o avergonzada, o sumisa.
Khiva es un constante escaparate de belleza, pero también de vida.
El mercado junto a las murallas
Las gentes que hoy viven y trabajan en Khiva son amables, entrañables, educadas, acogedoras.
Para comprobarlo, nada mejor que ir al mercado que se pega a las murallas en su parte exterior, donde la vida continúa.
No tiene el brillo de las leyendas, o de lo que cuentan que serían los antiguos tiempos. Pero ahí sigue, con brío, cubriendo las necesidades básicas de la población con productos de la tierra.
Un vendedor de melones posando para la foto, un puesto de manzanas, el pan non recién hecho. Como siempre.
Para sacarle todo el partido a tu visita a Khiva te recomiendo que te apuntes a una visita guiada a Itchan Kala y descubre los secretos de sus monumentos, sus artesanos y su historia con un guía experto local.
El camino a Khiva: el río Amu Daria y el desierto de Kyzyl Kum
Si llegas desde Bukhara por carretera, el trayecto ya es parte de la experiencia. Por el camino se puede hacer una parada para contemplar el Amu Daria, el antiguo río Oxus, testigo del paso de Alejandro Magno.
Para los musulmanes, este es uno de los cuatro ríos del Paraíso nada más y nada menos. Y hasta hace menos de un siglo, uno de los cauces que conformaban el delta del Mar de Aral.
Hoy muere en el desierto mientras los regadíos hacen que cada año su nivel sea más bajo. Más incierto, más embarrado. Llegar hasta la orilla nos costó una bajada por un terraplén desastrado —antiguos fondos del río— de al menos 300 metros. Allí encontré una piedra redonda con pinta de fósil que aún conservo.
El desierto de Kyzyl Kum —«arenas rojas» en turco— se extiende entre Uzbekistán, Kazajistán y Turkmenistán, y es el telón de fondo natural de todo este tramo de la ruta.
Adentrarse en él es una experiencia completamente diferente a la de las ciudades históricas: dunas, silencio radical, cielo sin contaminar por la noche. Si tienes la posibilidad (y tiempo) de hacer una excursión privada al desierto como la que te enlazo aquí, no lo dudes.
Khiva suele ser el punto final —o el inicial— del triángulo clásico uzbeko. Su distancia y su carácter de ciudad-museo la hacen diferente a Samarcanda y Bukhara, y esa diferencia es precisamente lo que la hace necesaria. Las tres ciudades se complementan de manera casi perfecta: Samarcanda es la grandeza imperial, Bukhara la espiritualidad más íntima, Khiva el sueño de adobe amurallado que parece sacado de un cuento.
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Menuda fiesta de mezquitas y minaretes llenos de increibles azulejos, sus colores me hna cautivado por completo, así como la ciudad en general. No sé qué tienen, pero estos países muy del Este tienen algo especial, quizás es la magia de que no son muy conocidos ni tan turísticos, me encanta.
SaludoX!
Gracias Loni!! El arte que hace siglos dejó aquí su impronta es muy bello, y la luz de estas latitudes propia y diferente a la nuestra. Me alegro de que te haya gustado y te animo a que algún día viajes allí!! :)
Un abrazo
Alicia
Gracias Alicia por compartir tanta belleza. Cuanto tiempo recomendarias para Uzbequistan y para cada una de estas ciudades? Estoy planeando mi viaje para finales de Mayo y otra cosa, tu tramitaste la carta de invitacion? y si lo hiciste fue a traves de quien? Gracias nuevamente Alicia, me encantan tus fotos y tus relatos.
Hola Noelia! Gracias! Yo viaje con agencia, así que ellos se encargaron de estos temas. Además fue en 2007, y me suena que han cambiado requisitos… Sí que hicimos el visado en el aeropuerto, pero poco más te puedo contar. Yo te recomiendo un par de días con sus noches en Khiva, me gustó más Bukhara, quizá le daría más tiempo, un día más… Y Samarcanda también dos días, o mejor tres. En realidad si tienes tiempo (dos semanas de viaje, por ej), merece la pena. Todo depende de si quieres ir a más sitios. En mi caso fueron 9 días o así, porque continuaba viaje por Kirguistán y Kashgar (China).
Saludos
Ali