Una de la excursiones más bonitas que se pueden hacer desde Muscat es ir a Al Hajar, las montañas de Omán que tienen lugares espectaculares, tanto a nivel de paisaje como de pueblos y cultura. Aquí tienes una pequeña guía.
Un viaje al corazón de las montañas Al Hajar
Llevábamos un día en Muscat, la capital, y decidimos hacer una primera excursión de ida y vuelta.
Muchos tours dedican varios días a la zona de Al Hajar, las montañas que llegan a las lindes de la capital y que parece que la empujan hacia el mar. Sin embargo, nosotras habíamos decidido hacer una visita más superficial para hacerle un hueco a Salalah, la otra capital, la del sur del país, hacia el final del viaje.
Son decisiones que uno toma desde la distancia y sin saber muy bien si está bien o mal pensado. Con esto quiero decir que Al Hajar es una región a la que puedes dedicar varios días, y de hecho yo volví en mi segundo viaje a Omán y descubrí más sitios como te cuento en este post de la segunda visita a Al Hajar, pero tampoco me arrepiento de haberlo hecho así.
Después de visitar a primera hora de la mañana la magnífica mezquita del Sultán Qaboos en la capital, emprendimos el viaje con nuestro guía hacia las montañas.
Cómo llegar a las montañas Al Hajar
Para llegar a las Montañas Al Hajar desde Muscat, la opción más común y flexible es el coche de alquiler, preferiblemente un vehículo 4×4 si planeas explorar las zonas más elevadas o rurales como Jebel Akhdar o Jebel Shams, debido a las carreteras empinadas y en ocasiones sin asfaltar. Puedes comparar distintas opciones de alquiler de coches en este enlace. La carretera principal, por cierto, es una autopista construida en el año 2000, cuidada y con poco tráfico.
El trayecto hasta las faldas de las montañas, donde se encuentran localidades como Nizwa o Al Hamra, dura aproximadamente 1.5 a 2 horas.
También puedes contratar tours organizados desde Muscat, que suelen incluir transporte, guía y visitas a los principales puntos de interés dentro de la cordillera. Algunos se centran más en las montañas, y otros combinan uno o dos puntos con la visita a Nizwa.
Aunque el transporte público es muy limitado en las zonas montañosas, existen taxis compartidos o privados que pueden llevarte a destinos específicos, pero su disponibilidad y coste pueden variar. Si viajas con tiempo limitado y sin lugar a la improvisación, no te recomiendo esta opción.

Qué ver en un día en las Al Hajar
Si optas por una excursión de sólo un día, aquí tienes los sitios que nos dio tiempo a visitar, sin olvidar que por la mañana fuimos a la Mezquita del Sultán Qaboos en Musat, un imprescindible de cualquier viaje a la capital.
Fortaleza de Jabrin o Jabreen
La Fortaleza de Jabrin o Jabreen, según dónde lo veas escrito, es un gran ejemplo de construcción defensiva tradicional. Hubo un tiempo en que casi cada población tenía su propio fuerte, ya que el país estaba dividido en tribus que no pocas veces luchaban entre sí.
Omán sigue teniendo una impresionante colección de fortalezas y castillos históricos que atestiguan su rica historia. Entre los más destacados se encuentran el Fuerte de Nizwa, un símbolo de la resistencia omaní, y el Fuerte de Bahla, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, conocido por su imponente tamaño y su antigua historia.
La fortaleza de Jabrin se alza en un menguado oasis. En realidad, aparte de una plantación de palmeras junto a sus murallas, con el sistema de riego de «gota a gota», ya está asediado por campos baldíos.


¿Qué ha ocurrido aquí? pues que el agua de las montañas ya no llega prácticamente, porque las lluvias y nieves son cada año menores.
Pasa que el maldito Cambio Climático está ya en nuestras vidas y provocando este tipo de estropicios que nos afectan directamente.
La historia de la fortaleza de Jabrin
Un imán de la dinastía Ya’aruba, famoso por su gusto por los poetas y la educación, fue el que construyó este castillo-palacio que empezó siendo vivienda en 1670.
El sultán padre de dicho imán fue considerado héroe de la nación porque consiguió echar a los portugueses en 1650, tras siglo y medio de ocupación opresiva y cruel. Todo esto según reza el folleto informativo que te dan en la puerta.

El fuerte Jabrin está completamente restaurado. Fue el primero de la serie de restauraciones que el sultán Qaboos llevó a cabo durante su reinado. Tras siete años de obra, en 1983 pudo abrir sus puertas de nuevo.
Yo he podido visitarlo dos veces, y en ambas me ha gustado mucho.

Recorriendo las habitaciones y patios del castillo
Los patios pequeños y umbríos resguardan perfectamente del calor del exterior. Todas las habitaciones tienen varias ventanas que aseguran las corrientes de aire y por tanto el frescor.
En especial, las que usaban las mujeres para sus labores de costura, o la biblioteca. Esta última es una sala preciosa. Con sus volúmenes organizados en soportes de madera labrada exactamente iguales a los que vi fabricar en Bukhara (Uzbekistan).


En la azotea se ubica la madrasa o escuela. Allí además de impartir las enseñanzas del libro sagrado, se enseñaba astronomía y medicina. El mundo árabe fue muy adelantado en los conocimientos de disciplinas como estas. También la botánica y la filosofía, la poesía y la música.
¿Qué ocurrió para que todo aquello se perdiese? Y sobre todo ¿qué ocurre que no se retoma, dejando el campo libre a los fanatismos destructores que campan en buena parte de estos países? Aunque Omán es un remanso de paz, y espero que por mucho tiempo.

También se pueden ver los frescos que adornaban las bóvedas de las escaleras. Y quizá la mayoría de techos de la fortaleza que parece más un palacio. Otras estancias tienen magníficas vigas también adornadas con intrincados motivos florales o geométricos.


En una muestra de los preciosos utensilios de cocina que se expone en el patio interior, nos encontramos con una vasija que conserva la marca de los panales de miel de abeja que se dejaban en ella para que la rica savia escurriese ¡Sencillamente increíble!

También aprendemos cómo se elabora la afamada miel de dátil. Esta se obtiene por el apilamiento de los dátiles maduros y su prensado. Un poco como el vino, pero más espeso.
Un pueblo de las montañas de Omán: Al Hamra
Al Hamra fue uno de los sitios que pedimos visitar cuando acordamos el programa de viaje.
Se trata de un perfecto ejemplo de pueblo tradicional omaní. Como todos, la arquitectura de antaño está de capa caída. Lo de «caída» nunca mejor dicho, porque las antiguas casas de hasta tres pisos, de adobe, se están derrumbando con cada estación de lluvias.

Al-Hamra fue fundada por la dinastía Ya’arubi (la misma que la del fuerte de Jabrin), que reinó entre 1624 y 1741, y muchas de sus casas datan de aquel entonces. Es decir, que tienen entre 300 y 400 años.
A diferencia de otros, este pueblo nunca tuvo murallas ni torres de defensa porque no entró en guerra con los vecinos. Esta es una de las razones por las que aún conserva esas maravillosas casas.
Un pueblo de paz que hoy se cae a pedazos.


Los omaníes vivieron en casas como ests hasta los primeros años 70 del siglo XX ¿Te imaginas?
Cuando la modernidad entró en Omán, se trasladaron a nuevas construcciones más confortables y modernas.
Pero el sultán Qaboos, el mismo que había dado paso a esa modernidad, se dio cuenta de que estaban tirando abajo las casas antiguas para aprovechar los materiales de construcción. Ordenó parar dicha destrucción, aunque parte del mal ya estaba hecho. Eso y el olvido, la dejadez, no invertir en su recuperación.., ha hecho que estén así.

Especialmente en Al-Hamra ese paro fue temprano y por eso aún quedan muchas en pie. Rodeadas por el palmeral y los huertos que desde siempre dieron sombra y agua al viajero. Dátiles a los hombres y mujeres, y hierba a las bestias. Imprescindibles para sobrevivir en los cercanos desiertos.


Son casas elegantes, de puertas de madera preciosas. Muchas con aleyas del Corán labradas en la propia madera para proteger a sus habitantes y asegurar su bienestar.
Las calles no están pavimentadas, sino que uno anda por la pura roca de la montaña, con todas sus irregularidades.

El museo etnográfico de Al Hamra
En uno de estos edificios hay un museo etnográfico comandado por mujeres de Al Hamra.
En realidad esta casa, llamada Bait al Safa (Casa de la Pureza), era donde vivían las mujeres sufíes dedicadas a su culto. Como las monjas cristianas, «practicaban» el celibato y el rezo continuo.
Hoy es una casa equipada con los enseres de siempre, para que el pasado no se pierda del todo. Adornada con una amalgama de objetos y recuerdos que incluyen hasta una pequeña exposición fotográfica.

Allí estaban las habitaciones alfombradas y con cojines para sentarse a comer, charlar, fumar, pasar las horas de más sol, y rezar si tocaba.
También los preciosos baúles que hacían las veces de armarios. Adornados con remaches que forman dibujos florales y que hacen soñar con lo que guardaban en su interior.
Uno de los sitios más interesantes es la cocina, que fue lo primero que visitamos. Allí nos explicaron en qué consistían sus medicinas y cosméticos, cómo tostaban el café y cómo cocinaban.


La visita es guiada por las mujeres de Al Hamra, pero mientras estuvo nuestro guía presente, digamos que guardaban mucho las formas. Una vez nos quedamos solas, se fueron relajando poco a poco. Fue entonces cuando las sonrisas fluyeron, los intercambios de miradas, las sonrisas.
Nos aplicaron una mascarilla en la cara hecha a base de madera de sándalo molido, azafrán y agua. Nos probamos sus vestidos. Reímos juntas.

La sección central de Al Hajar: Jebel Akhdar
Después sí, subimos a una altura de 1.200 m. por una carretera bastante buena aunque llena de curvas. De camino paramos a ver los restos de un antiguo pueblo en la montaña, Al Juraufut. Junto a este se ha edificado el moderno. Unos chavales de unos 12 años estaban allí vendiendo algo de artesanía.

El paisaje de las montañas Al Hajar es puramente rocoso.
Los pliegues de las montañas son testigo de los movimientos tectónicos que dieron origen a las mismas. En muchos kilómetros a la redonda no hay suelo, sino roca gris. El polvo suspendido en la atmósfera las dota de una apariencia fantasmagórica y fantástica.

Un desierto de roca que curiosamente me recordó muchísimo a El Burren irlandés, aunque los escasos matorrales que logran crecer aquí están secos en esta época del año. No obstante, en invierno puede nevar.

Desde el mirador que alcanzamos (hay varios), pudimos contemplar la suave cumbre de Jebel Sham. Esta es la montaña más alta de Omán, con algo más de 3.000 metros de altura.
No se puede escalar por ser área militar, pero sí se pueden realizar algunos trekking por el enorme e impresionante cañón de piedra rojiza que se abre a nuestros pies.

La temperatura suele bajar bastante cuando superas los 2.000 metros y, aunque parezca increíble si has estado a 40ºC hace un rato, en las tierras bajas, puedes llegar a pasar algo de frío.
Almorzamos en el resort Jebel Shams que hay junto al mirador. Equipado con pequeños bungalows, tiene restaurante y un quiosco con sandwiches y platos de comida rápida.
El sitio para comer es más que agradable. Tiene una serie de tenderetes con cojines y alfombras a modo de «chill-out». Allí aprovechamos para descansar mientras el guía se iba a rezar. Pero ojo, es caro (9 o 10 € cada uno por un plato de nuggets, patatas fritas y refresco).
Sabiéndolo, hubiéramos llevado nuestra propia comida ya que los precios de los supermercados son bastante buenos. Incluso venden packs de picnic ya preparados, porque esta es una de las actividades de ocio favoritas de los omaníes.
Con todo, te diré que en el segundo viaje que hice nos alojamos en este resort y es muy chulo. Las habitaciones están genial, y la cocina también (teníamos incluida la cena).
Espero que esta introducción a las montañas Al Hajar de Omán te sirva para orientarte, pero no dejes de leer mi relato de la segunda visita, donde hablo de más sitios, en especial si puedes dedicar un par de días a esta región.
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