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Desiertos de Omán: arena, sal y azúcar

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Soy facilona para los desiertos, ya lo sabéis. Así que la expectativa de pasar un par de noches y sus días recorriendo algunos de los desiertos de Omán… Podéis imaginar lo contenta que estaba.  

Arena, sal y azúcar

La propuesta era ir primero a Wahiba Sands, el desierto más popular de Omán por su accesibilidad e infraestructuras en forma de campamentos de varias categorías (de lujo a básico).

Pero ahí no quedaba la cosa, sino que al día siguiente haríamos una travesía por el mismo. Una ruta verdaderamente preciosa muy recomendable, aunque hay que hacerla con alguien local porque las posibilidades de perderse son muchas.

Aun así, sigue quedando pendiente el Rub al-Khali, uno de los mayores desiertos de arena del mundo, que forma parte del desierto de Arabia. Septiembre no es una buena época por las altísimas temperaturas, ya que está mucho más al sur y lejos de la costa. Algún día…

desiertos de Omán

Wahiba Sands, el más popular de los desiertos de Omán

Ya os hablé de mi primera experiencia en estas dunas, noche incluida. En esta ocasión todo transcurrió de manera similar.

desiertos de Omán

Empezamos en Al-Ghabbi, la ciudad oasis más cercana a las arenas de Wahiba. Este es territorio de la tribu Wahhabi, una de las tres tribus beduinas mayoritarias de Omán.

Volvimos a pasar por una de sus casas, donde conocimos a Ali, que después nos acompañaría en esta travesía. Un rato de café y dátiles siempre reconforta. Escuchar el árabe de su conversación, y jugar con alguno de los niños de la casa, también 🙂

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Los Wahhabi crían camellos de carreras que compiten y/o venden en los cercanos emiratos como Dubai

El propio Ali fue un jinete de carreras hasta los 15 años, edad en que se retiran. Los jinetes deben ser pequeños y ligeros para que el animal no sufra con el peso, ni sea más lento, claro. Nos contó que en sus tiempos ganó el mayor trofeo: una enorme espada de oro que su padre guarda en la casa familiar.

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Visitamos a sus camellos, ya con el sol un poco bajo, y por fin nos internamos en las dunas.

Esta vez dormiríamos en el Oryx camp, uno de los campamentos de las Wahiba. Con todo lujo de comodidades, incluido aire acondicionado en el interior de los bungalows, y por supuesto ducha. También tiene un buen restaurante.

Esta no es la opción que más me gusta ¿Por qué, pensaréis? Pues porque el desierto no es eso.

Porque un lugar como este pone una barrera entre tu mundo y ese lugar inhóspito pero de gran belleza que es el desierto. Porque la mejor experiencia en el desierto te la llevas cuanto menos barreras pongas (aunque sea duro). Aun así, aquí os dejo el dato, este es un buen campamento para pasar noche.

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De todas formas, nos esperaba una acampada en toda regla para el día siguiente, así que no me quejé.

Además, para compensar, había noche sin luna (estaba en creciente y salía tarde). Aprovechamos para practicar la fotografía de estrellas y disfrutar con la conversación y risas bajo la Vía Láctea. Un lujo que no podemos tener en muchos sitios.

desiertos de Omán

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Antes de esa preciosa noche, nos fuimos a ver el atardecer entre las dunas rojas de Wahiba

El coche se atascó de mala manera y mientras Amur se dedicaba a sacarlo, nos mandó a ver la puesta de sol, ji, ji. Yo creo que le ponía nervioso que estuviéramos ahí mirando cómo no conseguía sacarlo.

Un poco de sensación de abandono sí te entra cuando ves que el coche se hunde en la arena y se atasca. 

Además, echar a andar y pensar que a nada que te despistes te pierdes, sin referencias que te orienten, aumenta esa sensación de desamparo. En realidad estábamos en la misma cadena de dunas que yo había conocido la vez anterior, y no nos habíamos internado demasiado en el erg (arenal). También es cierto que en este área, no muy lejos del oasis de Al-Ghabbi, hay cobertura móvil y los campamentos no están muy lejos. La ayuda es posible. Pero mejor no necesitarla.

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Atardeceres que no se olvidan

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La vida, aunque sea minúscula, se abre paso siempre

Nos concentramos en el horizonte ¡y por fin puedo afirmar que he visto claramente ese fenómeno óptico denominado “rayo verde”!

Me refiero al último rayo de sol, que se vuelve de color verde por la refracción de la luz en la atmósfera. Los antiguos egipcios ya hablaron de él en sus inscripciones, y Julio Verne tituló una de sus novelas así. Sólo es posible verlo con un buen horizonte llano y una atmósfera despejada.

En otras ocasiones creo haberlo visto pero hasta esta vez nunca he estado tan segura. La mala noticia es que justo en ese momento fue cuando levanté la mirada del visor. No hice click. Pero en mi memoria ha quedado, que es lo importante.

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Cruzando las Wahiba Sands

Al día siguiente Ali se incorporó a la expedición y con él hicimos una travesía de unos 160 km. cruzando la región de Sharqiya, que significa “la parte Este” de Omán.

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Lavandería que promete un “blanco nuclear” para tus ropas, a las puertas del desierto

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Las cabras, junto con los camellos, es el ganado de los beduinos

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Después de despedirnos de las orgullosas dunas junto al pueblo, y de hacer una parada técnica para preparar las ruedas para rodar por la arena, nos pusimos en camino.
Durante la mañana el paisaje fue bastante monótono. El desierto a veces es así, no siempre es un escenario pleno de belleza.

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Salvo algunos camellos y tiendas de beduinos, circulábamos por una pista abierta por otros coches. Ali nos contaba que esa pista no está siempre ahí, que se mueve con el viento. El sol subía rápido y “cascaba” de lo lindo. La gran atracción eran los camellos, y en especial sus recientes crías, tan monos!!

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Las dunas estaban bastante cubiertas de hierbas y pequeños matorrales. Recuerdo que en un momento dado pensé que ese desierto no me gustaba. O incluso lo comentamos entre nosotros. Que no es el típico desierto de gran belleza por sus altas y limpias dunas.

Después de  una hora o dos, paramos en una gasolinera. Je, je, ahora veis la foto. Unos chamizos en los que sirven combustible en bidón.

También un lugar donde descansar mientras una mujer beduina con máscara negra tapando parcialmente su rostro te ofrece comprar algunos bolsos o pulseras, a un precio desorbitado. No nos permitió hacerle una fotografía, ya que es su hombre el que debe darlo. Un joven, no sé si su hijo, nos sirvió café y dátiles con algo de arena. Tras unos 15 o 20 minutos volvimos a emprender la marcha.

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Por ahí  más o menos mis sentimientos empezaron a cambiar.

Estaba en el desierto, y eso siempre me hace feliz, debía estar agradecida.

Mirar a tu alrededor y saber que estás muy lejos, sentir el calor y la arena apropiándose de todo. Aprender a adaptarte a esas sensaciones tan distintas.

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Y, de repente, el mar!!

Casi sin previo aviso, el desierto “feote” se convierte en un lienzo de arena medio blanca y medio naranja. Eso es porque la sal llega a cubrir la arena.

Al fondo, una línea azul más oscura que el cielo nos informa de que llegamos a la costa. Es el mar de Arabia, y no hemos salido del desierto. Los ánimos suben, a la par que la temperatura se suaviza un poco porque algo, aunque sea tenue, de la humedad del mar llega hasta donde estamos.

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A la altura de la ciudad de Mahoot giramos hacia el sur y nos encaminamos hacia Filim. Siguiendo ya la costa, paramos en una bahía cubierta de algas y con un buen puñado de flamencos “pastando” en el agua.

Un lugar precioso de este litoral rocoso. A nuestras espaldas los camellos van y vienen junto a la carretera.

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Nos quedamos un buen rato contemplando a los flamencos

En silencio, para no espantarles. Sólo el viento pone banda sonora a la escena (y los clicks de nuestras cámaras, sobre todo al principio). Nos miramos y sonreímos. Es de esos momentos especiales en los que no hay nada más que decir. Sabes que estás en un lugar especial. Imágenes bucólicas del bonito Omán que nunca se olvidan 🙂

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De la arena a la sal

El día mejoraba por momentos. En esa misma región que rodea a Filim hay una enorme extensión de lagos salados, que se siguen explotando para la venta.

Probablemente aquí pararían las caravanas antes de seguir hacia el Norte para cruzar la Península Arábiga. Seguramente aquí se proveerían de la sal, tan necesaria como el agua, porque la combinación de ambas es lo que hidrata a los humanos, y por tanto nos mantiene en pie. También a las bestias, como los imprescindibles camellos y cabras que son sustento de los beduinos.

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Los salares son lugares realmente inhóspitos y sobre todo de una belleza extraña. Con su minimalismo, te hipnotizan.

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Imágenes temblorosas y producto de la reverberación del aire caliente se desplegaban en la línea del horizonte. Allí al fondo parecía que había árboles, un lago, quizá una montaña. Espejismos.

Y de la sal, al azúcar: Al Khaloof

Después de un buen rato yendo y viniendo por el salar, ponemos rumbo a Filim para comer en un restaurante local. Ocupamos una de los reservados que hay en todo restaurante omaní, equipado sólo con una alfombra sobre la que sentarse. La privacidad, especialmente si hay mujeres de por medio, es algo muy importante aquí.

Al rato nos sirven un pescado a la brasa similar al atún y fresquísimo, arroz basmati aderezado con azafrán y algunas verduras, y ensalada. Esta es la comida más común que se puede conseguir en Omán, y aunque puede resultar monótona, está tan buena que no te importa 🙂

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Después sí, empezamos a recorrer la costa para ir a dormir en el Sugar Desert. Intentamos ir por la playa directamente, pero resulta que la marea había subido y cada pocos kilómetros el camino estaba cortado. Ali nos llevaba arriba y abajo con el coche, saliendo y entrando a una carretera que parecía quedarse a medias cada pocos kilómetros.

No encontrábamos el camino, y el sol iba cayendo.

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Yendo y viniendo pasamos unas horas entre playas desiertas. Nos encontramos varios cadáveres de tortuga, enormes, que han ido allí a morir. También con montones de conchas nacaradas y por supuesto gaviotas, las reinas de la costa.

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En este litoral hay una serie de formaciones rocosas de más y menos altura, que dicen son de las más antiguas de Omán.

Al final, preguntando incluso en un pueblo cercano y con una rueda que perdía aire y que cambiaríamos al día siguiente porque estaba pinchada, llegamos a una playa especialmente vacía. Junto a ella arrancaba una extensión de dunas hacia el interior que, como nos informó Ali, se trataba del Sugar Desert.

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Atardecer, noche y amanecer entre el desierto y el mar. Una experiencia inolvidable

Pues sí, inolvidable fue.

El color de la arena es blanquecino, de ahí la denominación de azúcar.

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Mientras el sol baja, los tonos azules y malvas se adueñan del paisaje. El sonido de las olas te acompañan, junto con el silencio más absoluto. No hay ruido de coches, ni de músicas, ni de nada más que tu conversación si la tienes.

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Acampamos protegidos de la brisa marina por las primeras dunas

 

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Posiblemente, el último rayo, el rayo verde… El horizonte no era tan llano como para que se apreciara tan bien como en las Wahiba

La noche fue aún más espectacular

Cero contaminación lumínica. Aquí sí que se veía la Vía Láctea atravesar el cielo sobre nuestras cabezas como un gran arco. Por supuesto, volvimos a sacar los trípodes.

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Conversamos junto al fuego. Nos enteramos de que los árabes dicen Allah Akhbar cuando ven una estrella fugaz,  pero nos quedamos con nuestra versión de pedir un deseo. Vimos unas cuantas esa noche. Y algún deseo se cumplió, o se cumpliría, seguro 😉

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Lo que nos sorprendió mucho fue el alto grado de humedad que había. En efecto, las tiendas de campaña estaban cubiertas por una buena capa de rocío al día siguiente. También encontramos huellas de fenecos, los zorritos del desierto. Debieron de visitarnos bien entrada la noche.

Se imponía poner el despertador para ver el amanecer. El sol se había ocultado en el desierto y saldría sobre el mar.

No hubo pereza, ya estábamos en la playa con las primeras luces… pero parecía que nunca iba a salir porque una cortina de polvo en el horizonte lo impedía. Quizá por eso fue mucho, pero que mucho mejor, cuando el disco solar logró imponerse y ascendió todo rojo, reflejándose en el agua.

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Como en otras playas, los cangrejos de arena entran y salen en ese circuito eterno que les ha tocado vivir

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Mientras escribo todo esto me transporto a aquellos momentos felices y mi alma vuelve a llenarse de arena, sal y azúcar.

Insisto, experiencias únicas en los desiertos de Omán es lo que encontraréis.

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Este viaje ha sido realizado gracias a Arab-Adventures. Shukran!

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