Si te sobran unas horas en Omán y no quieres malgastarlas dentro del hotel, te invito a explorar un sitio cercano al aeropuerto de Muscat. Aquí tienes qué ver en Seeb, un buen sitio para observar la vida cotidiana en Omán.
Contemplar la vida cotidiana en Omán
Llegó ese día que en todos los viajes nunca quiero que llegue, y mucho menos en este. Nos quedaban apenas 24 horas de estancia en el bonito Omán.
Esa mañana volamos desde Salalah a Muscat. y nos alojamos en un hotel cerca del aeropuerto y de Seeb. Se trataba del Gulf Crown Hotel Apartment. En el mapa nos parecía que estaba cerca del centro pero resultó que no. Hay bastante distancia y una gran autovía en medio.
Este hotel es muy tranquilo y las habitaciones enormes. La gente que lo lleva también es muy maja aunque casi no hablaban inglés, y está rodeado de restaurantes populares que se llenan de omaníes en la noche ¡Ni tan mal!
Nosotras queríamos haber ido a ver el mercado de pescado de Barka, y la pequeña fortaleza que hay al lado, pero lo cambiamos por este otro más tranquilo y fácil. Por cierto, en mi segundo viaje a Omán sí pude visitar Barka y puedes leer aquí mi experiencia. Te adelanto que es muy recomendable.

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El plan inicial
En principio queríamos coger un bus público y acercarnos a Barka, una localidad pesquera que está un poco más al norte. Decididas a hacerlo, preguntamos al recepcionista del hotel -que por cierto estaba como emocionado hablando con nosotras- que dónde caía la estación o parada del bus.
Nos miró con cara de horror, empezó a balbucear que no lo hiciéramos, que no, que no (temí por su salud, créeme, jajajajaja), y terminó afirmando que no había autobús. Así que le dijimos que vale, que no se preocupase, que abandonábamos la idea y nos íbamos al centro de Seeb.
Yo creo que el pobre no sabía explicarse en inglés, le daba corte, y también puede que le diera miedo que viajáramos solas en autobús, porque allí los únicos que utilizan el transporte público son los inmigrantes de Bangladesh, Pakistán, etc. y la verdad es que las chicas tenemos que tener cuidado con ellos.
En realidad eran ya las dos o las tres de la tarde, no habíamos comido y estábamos algo cansadas, así que nos daba un poco igual. Además, seguramente el mercado ya habría terminado. Ya sólo nos quedaba una tarde en Omán y queríamos estar tranquilas, pero estar. No le dimos más vueltas.

Comimos en el restaurante hindú que había al lado del hotel, observadas por los grupos de amigas y de familias omaníes que nos rodeaban. Resultó ser un restaurante baratísimo y con una comida deliciosa. Después ya sí, cogimos un taxi hasta el zoco de Seeb.
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Seeb es una especie de barrio de Mascate
Seeb es una de esas localidades cercanas a la capital que poco a poco han sido absorbidas por la gran ciudad, aunque no del todo.
Tierra adentro se extienden algunas urbanizaciones residenciales y las caballerizas del Sultán, pero junto al mar aún hay algunas mezquitas «de las de antes» y el zoco. Un buen lugar para observar la vida cotidiana de Omán, sí señor.
¿Qué ver en Seeb? Pues básicamente el zoco y la playa, no necesariamente por este orden.
La playa de Seeb
Como era «pronto», el zoco estaba cerrado. Ya he contado en otros artículos que en Omán las siestas son ineludibles y todo cierra durante varias horas a mediodía. Seeb no es una excepción, así que nos fuimos a la playa directamente, a pasear y contemplar el mar que mira al Golfo de Omán.

Estuvimos como dos horas paseando y sentadas frente al mar. Tranquilas, disfrutando del azul, de los dibujos azarosos que cangrejos invisibles dejan en la arena, de los pececillos de la orilla, y de la paz.
Observando los grupos de gaviotas sobre la arena mojada. Solo cuando estás realmente cerca levantan el vuelo, como una ola más del mar.


Mientras el sol bajaba, llegaron algunas mujeres, niños y algún hombre. Ellas iban a «bañarse» vestidas, con las perneras del pantalón arremangadas. Figuras negras reflejándose en los charquitos que dejaban las olas al retirarse. Como sombras, aunque sus sonrisas se veían perfectamente.
Nos parecieron más amables y relajadas que en otros sitios de Omán. Algunas incluso nos miraban y sonreían. O bien estaban disfrutando tanto de la playa que no se fijaban en nosotras. O no les importaba que hiciéramos alguna foto furtiva y a una distancia respetuosa.


Cuando el sol cayó definitivamente, a nuestras espaldas, nos fuimos a tomar un café y un té en un chiringuito local por sólo 300 baizas las dos consumiciones. Apenas unos céntimos de euro. Cómo se nota el cambio de precios locales frente a los pensados para turistas, a un tiro de piedra de Muscat. Alucinante.
La pesca tradicional
Antes del atardecer paseamos por una zona un poco más allá, porque habíamos visto unas barcas de pesca y curiosas redes circulares, como grandes jaulas. Imaginamos que sus dueños estarían descansando en algún sitio fresco hasta el amanecer del día siguiente.
Sin embargo, aún vimos alguna barca salir a la mar con dichas redes. Quizá las pongan por la tarde y las vayan a recoger por la mañana para traer el pescado.



Continuando el paseo, en una zona de playa de guijarros, unos orientales chinos o malayos (no nos quedó claro) escarbaban en el suelo. Estaban cogiendo almejas.
Nos acercamos a preguntar y nos las mostraron. Llevaban casi dos cubos llenos y nos dijeron que sí, que se las comerían. Un complemento al magro sueldo de inmigrante.


El zoco de Seeb
Cuando cae el sol es cuando la vida en las calles de las ciudades omaníes se vuelven a llenar de vida. Los kebabs empiezan a funcionar y el tráfico se espesa mientras se encienden las luces. La vida cotidiana en Omán.



Llega la hora de darnos una vuelta por el zoco de Seeb. Como en otras ciudades, la mayor parte se distribuye en una serie de calles techadas, llenas de locales que están hasta los topes de mercancías. Entre unas calles y otras, encontramos una torre antigua, restos de la fortaleza que debió de tener este asentamiento, hace siglos.
Descubrimos varias calles dedicadas a las especias, dispuestas en grandes cajones, recién traídas de Asia. Husmeamos tranquilamente ¡Me encanta!


Zoco de Seeb con una de las torres antiguas reformada.
En otra zona, montones de pescado seco como el que llevaban las caravanas para cruzar el desierto hace siglos. También frutas y verduras de aquí y de la India.

Un hombre nos hizo parar delante de un puesto de dulces locales y nos dio la bienvenida a su país, entablando una conversación de lo más amable. Nos contó que es librero y comerciante. No fue el único. Todos accedían a que les hiciéramos una foto, nos sonreían, se paraban a saludar y nos preguntaban de dónde somos.


Llegamos a la zona de los textiles para hombres. Dishdashas (las túnicas que visten) y gorros bordados se despliegan por todas partes. De vez en cuando, también algunos puñales curvados que visten en las fiestas y celebraciones.
Los sastres, inmigrantes en su mayoría, trabajan con las viejas Singer y planchas de los años 70. Serios, concentrados.

Pasamos también por la zona de las carnicerías, de encurtidos, de cachivaches para la casa, de incienso y quemadores, de pastas y arroces… el mercado es más extenso de lo que parece a simple vista.
Un último encuentro agrio, no todo iba a ser perfecto
Ya he dicho antes que con ciertas personas hay que tener cuidado. Me da muchísima rabia tener que decirlo, pero es así.
Un imbécil, porque no tiene otro nombre, me dice que quiere hacerse una foto conmigo. Le digo que sí, por educación, y entonces me coge por el hombro y me dice no sé qué al oído. Me intenta dar un beso en la boca.
Parece que no aprendo, es la tercera vez que me intentan «meter mano» en Omán. Siempre son los mismos. No son omaníes, son de Bangladesh, Pakistán o India. Hombres que están desplazados de su país, sin casi mujeres para ellos. Igual o más machistas que los omaníes.
No les disculpo, ni tampoco quiero generalizar a todos, pero como digo fueron al menos tres veces las que esto me ocurrió. Estos gestos son un ataque sin haber habido ninguna invitación ni gesto por mi parte. Sé que efectivamente en sus sociedades las mujeres son un objeto sexual, además de fregonas.


Además de las calles del zoco, la arquitectura tradicional nos rodea a ratos, mimetizada entre los anuncios de las tiendas.

Últimas horas en Omán, ains
Ya es casi de noche y conseguimos un taxi para la vuelta. Tampoco este hombre habla mucho inglés e incluso con la tarjeta del hotel que incluye un pequeño plano, no se ubica casi hasta que llegamos. Pero no hay problema, no hay prisa, se está bien en Omán 😊
Cenamos en la terraza del Al-Khodr Coffee Shop -un chiringo que está allí al lado-, un riquísimo hummus, pizza local deliciosa y los siempre increíbles zumos de limón y menta. Todo (lo de ambas) por 3,5 OMR ¡¡impresionante!!
Nos despedimos así de un viaje corto pero intenso, de esos que te da pena terminar por muchas razones.

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Pero Ali, te podías haber traído al omaní con sabor a plátano, mujer!!! ;) Oye, este relato me ha encantado, fíjate que Omán no me llamaba a mí mucho, pero después de ver esas fotazas y lo que has contado lo veo con otros ojos. Me he quedado con las ganas de que tomárais el autobús de los horrores, jajaja!
Jajajaja, debería, sí, soy lenta para estas cosas ? me alegro mucho de que te haya gustado!! Pues si te apetece echa un ojo al resto de posts, Oman es una pasada!! ??
Y lo que molan esos días en los que no tienes presión ninguna de ver cosas, ni de llegar a ningún sitio, sólo disfrutar de la vida cotidiana , siempre pasa algo extraordinario esos días, un café, una conversación, una sonrisa … son mis preferidos.
Lo que molan, muchísimo, tú lo has dicho!! Un abrazo David! 😊