niños de camboya

Cuando vuelvo de un viaje, corto o largo, pero intenso, siempre me pasa lo mismo. Hay una serie de cosas que echo mucho de menos. Especialmente en un periodo de 2 o 3 días en los que supongo que la mente, además del cuerpo, se readapta al espacio de siempre y hace el esfuerzo de volver (estoy exagerando en cuanto al tiempo, suele ser más!).

Otras veces ese “síndrome” dura más tiempo. Quizá dependa de la intensidad del viaje. O de lo mucho o poco que tienes que hacer a la vuelta y que te impide centrarte en esos recuerdos.

Volver de un viaje y echar de menos…

El olor

Indescriptible y único con el que te reciben los países a los que llegas por primera vez.

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El sonido

De otro idioma incomprensible para ti, a tu alrededor. También de otras músicas, bocinas de motos y coches. O el no sonido, el silencio, cuando vuelvo de un desierto por ejemplo.

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Descalzarme

A la menor oportunidad. Quitarme las botas, zapatos o chanclas, y sentir el suelo que piso. Bueno, si es un sitio donde hace calor, ji, ji.

En general, el hecho de que me importe bien poco lo que llevo puesto y su grado de limpieza

Mucho más relajado en los viajes. Las tiranías de tu sociedad, especialmente del mundo laboral, desaparecen.

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La rápida familiaridad

Que te envuelve cuando llevas más de un día en un lugar, con la mirada hacia ese mundo que no te pertenece.

Si además te reencuentras con ciudadanos para ti anónimos que viste el día anterior, o el anterior… te embarga una alegría difícil de explicar. Te sientes un poco en casa sin dejar de pensar que estás en un lugar remoto.

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Quizá buscas algún anclaje efímero mientras estás allí y por eso te alegras de ver de nuevo una cara y de saber reconocerla. Si además te sonrió, saludó, o incluso dio la bienvenida a su país o su ciudad, ni te cuento.

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Cobrar conciencia

De que estás en un lugar lejano con el que soñabas, y a veces ni siquiera eso (lo de soñarlo, digo).

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El regateo

Negociar el precio del taxi antes de subirte a él, o la compra de alguna fruta o cualquier otra cosa en el mercado.

La inspección de habitaciones

Para elegir si ése es el alojamiento que quieres. O bien la habitación que más te gusta si llevas reserva previa. Depende del país, claro.

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Buscar dónde comprar agua mineral y…

Estar atenta a lo que comes y mirar a ver si el sitio te da confianza para tomarte un zumo o incluso una ensalada, que te sabe a gloria. Como si nunca hubieras comido una ensalada.

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Las horas de vaciado de mente

Dejando que el entorno te envuelva y tú sólo pienses en el placer que es recostarte en unos cojines, o sentarse en la sombra a ver la vida pasar.

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Jugar con niños desconocidos que te miran con curiosidad. Porque la rara eres tú. Buscar formas de hacerles reír, el lenguaje universal.

niños en Ganvié volver de un viaje

Fotografiar lo que veo

En un absurdo intento de atrapar las nuevas vivencias, pero también de “crear” mi mirada. De transmitir a otros y a mi misma lo que estoy viviendo, de encontrar la belleza del mundo y atraparla de alguna forma.

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Escribir lo que siento, lo que hago

Es ya un ritual que intento cumplir a diario. A veces sólo por la noche antes de que el cansancio me venza, otros días a salto de mata.

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Calcular los precios

Según el cambio de moneda. A veces es un lío y me confieso poco hábil para ello.

Deducir

Poco a poco los horarios y costumbres locales. Comidas, tiempos laborales y libres, apertura y cierre de tiendas…

Madrugar sin pereza

Sí, sí, como lo oyes. Madrugar no cuesta ni la mitad cuando tienes delante de ti un mundo nuevo que ver y experimentar. Y si no es nuevo, sí es diferente a lo que ves la mayor parte del año.

Practicar mi inglés

Cutre pero suficiente para entenderme. Aprender nuevas palabras, las del lenguaje local. Como mínimo saludos, agradecimientos.

Estar todo el día en la calle

O en el campo, o en el desierto. En el exterior.

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Los amaneceres y los atardeceres

atardecer en Nalagarh, recuerdo al volver de un viaje a India

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Incluso, aunque parezca mentira, manejar todas mis posesiones concentradas en una única mochila, bolsa, maleta.

Se puede vivir con muy poco, varios días o semanas y por tanto meses (suele ser casi la misma cantidad de cosas). Y esa sensación de tener lo básico y no necesitar nada más, me encanta.

La sensación de descubrir un sitio especial, o un rincón que por ser cotidiano allí, es muy especial para ti.

Los mercados son el gran ejemplo, pero no el único.

recuerdo de una calle de bares de Perpignan al volver de un viaje

La sencillez de la vida

Cuando no tienes preocupaciones y te concentras en disfrutar. Quizá sea eso lo que todos pensamos cuando decimos “quiero ser millonario”. Podríamos hacer lo que nos diera la gana todos los días, sin preocupaciones (materiales). Somos muy afortunados por disfrutar de esa sensación aunque sea en unas pocas semanas al año.

recuerdo al volver de un viaje a India

En fin, más allá del destino y cada experiencia en él, echo de menos el día a día del viaje en sí mismo y me quedo con ganas de prolongarlo, de repetir, de volver a empezar.

recuerdos al volver de un viaje subiendo a un avión en Omán

De ahí que lo haga una y otra vez ¿Os pasa lo mismo?

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