Ganvié, nombre que suena bien, a África. La Venecia africana (¡cuántas Venecias hay por el mundo!). Fui a visitar este pueblo lacustre de Benin sin transición, recién llegada de Casablanca y del día perdido allí por culpa del overbooking de Royal Air Maroc. Con menos de dos horas para darme una ducha con un hilo de agua en el hotel de Cotonú y desayunar. Pero ya estaba allí ¿te vienes a conocerlo? 😉
Ganvié y su historia
En Ganvié se vive sobre el agua. Las barcas son las piernas de sus habitantes cuyo gentilicio es ganvienus.
Dicen que hasta 1960 los gavienus casi nunca iban a tierra firme y que no sabían andar bien, por lo que los demás se reían de ellos. Pero en la década de 1970 el gobierno decidió crear islas que permitieran una mejor calidad de vida a sus gentes. Entonces pudieron empezar a andar con normalidad. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1996.
La etnia mayoritaria de Ganvie son los tofí, los que fundaron esta ciudad en su huída de las persecuciones esclavistas en tierra firme. Allá por el siglo XVI.

Hay otra ciudad flotante muchísimo más grande y diferente en historia, pero nada lejos de Ganvié. Se trata de Makoko, la ciudad flotante de Lagos (Nigeria), que visité unos años después y puedes ver en el post sobre esa ciudad.
El camino a Ganvié
Desde un pequeño puerto de Cotonou cogimos una piragua motorizada. Ya desde el muelle nos encontramos con un recibimiento no muy halagüeño. El turismo no es del todo bien recibido.


Me explico: Ganvié es quizá el punto más turístico de Benin, siempre incluido en los circuitos de las agencias. El lugar sigue siendo muy auténtico, pero desde los años 70 recibe a los pocos cientos o miles de turistas que visitan el país cada año. Y a los ganvienus esto no les gusta.
No les gusta que su vida sea perturbada por observadores que además van haciéndoles fotos.
No les gusta que las barcas a motor asusten a los peces que ellos intentan pescar, ni que contaminen las aguas. Aunque ellos mismos utilicen los motores para sus desplazamientos.

Y no les gusta porque parece que no encuentran ningún beneficio en ello. Los turistas (extranjeros y locales o de países vecinos) no compran en su mercado. Ellos venden artesanías y souvenirs, se ocupan de sus cosas y punto. El tiquet que se paga por la barca supongo que es para el barquero.

Todo esto lo puedes confirmar con la escasez de infraestructuras turísticas de Ganvié. Aunque seguramente esto haya cambiado algo desde que yo lo visité hace ya varios lustros.
Sólo hay dos o tres alojamientos en el mismo Ganvié y alguna casa de comidas, además de al menos una tienda de recuerdos. Poca cosa. En fin, que el turismo no es una actividad económica para ellos. Y sin embargo son el centro de su interés desde hace muchos años.
Como si en cualquier pueblo de nuestro país todos los días llegaran grupos de turistas, desembarcaran, tiraran fotos a las señoras y señores o a sus casas, y se fueran. Tienen mucha razón, muchísima razón, pero yo estoy en el otro lado también. He ido a visitar Benin y quiero conocerlo, y este es uno de esos sitios que merece la pena conocer. Difícil conciliación de estos dos lados de la vida.
Por eso, aun siendo la única «barca de turistas» que circulaba esa mañana por allí, muchos se tapaban la cara. O nos dirigían expresiones que iban desde el rechazo absoluto hasta una serie de muecas que no sé si serían conjuros para alejarnos, burlas, o qué.
Todo antes de que levantáramos la cámara. Una advertencia anticipada. Este era el recibimiento mayoritario pero no único, eso es cierto. Y por eso pude hacer un puñado de fotos.

También había gente que nos sonreía, que aceptaba que le hiciéramos una foto, y que saludaban con simpatía o dándonos la bienvenida con un bon arrivé! Así que tocaba relajarse, disfrutar del paseo en barca y observar sin estar pendiente de la cámara. Aunque de vez en cuando hiciera alguna foto porque las ganas no me las podía quitar. Porque el lugar lo merecía y porque la luz era un reto.
Por si te lo preguntas: intenté saludar siempre primero, y también hacer más fotos de tipo «panorámico» que apuntando directamente a la gente.
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Llegar a Ganvié nos llevó unos 40 minutos
La lancha aceleraba y frenaba según había otras barcas (sin motor) cerca, a fin de controlar el oleaje que las podía hacer zozobrar. Era por la mañana y muchas barcas conducidas por mujeres en su mayoría se cruzaban con nosotros. Iban a vender el pescado de sus maridos al puerto de Cotonú. Así están repartidas las tareas aquí.

El gran lago de Ganvié apareció ese día nublado y todo tenía un aspecto un poco triste y siniestro. Al menos hacía buena temperatura soplando una brisa más que agradable. Sin apenas mosquitos a pesar de tanta agua.
A medida que avanzamos vemos una especie de vallas hechas con hojas de palmera. Son sus parcelas, una especie de piscifactorías que sirven para atrapar los peces y para guardar los que han atrapado con sus redes en el lago.

Esas redes que con tanta elegancia lanzan de manera circular. No fue sólo allí donde las vimos en acción, pero esta fue la primera vez. No me cansé nunca de ver ese movimiento una y otra vez.

La pesca es la principal actividad económica de los ganvienous, pero no la única. También está el contrabando de bidones de gasolina con la vecina Nigeria. Porque sí, estamos a un tiro de piedra del país vecino.

Día de mercado
Tuvimos suerte porque justo cuando llegamos descubrimos que era día de mercado en Ganvié. En lo que podría calificarse como la plaza del pueblo, unas decenas de piraguas iban y venían cargadas de todo tipo de productos.


Los mercados siempre son una experiencia llena de detalles. Alguna vendedora se hacía servir de un megáfono (qué modernidad) para anunciar su oferta en una barca que vendía un poco de todo. Otras sólo la gritaban a los cuatro vientos. En otro lado, un hombre suministraba agua potable a las barcas que se acercaban con sus bidones.


Los «estilismos»
En Ganvié me reencontré con los «estilismos» africanos. Recuerda que llevaba menos de 24 horas en esta parte de África, y hacía años que no la pisaba.
La variedad de peinados es increíble, hasta que te das cuenta de que en realidad son pelucas. Algunas llevan gorros de peluche imitando los de piel de los rusos, o directamente con un oso o conejo de peluche en la parte superior.
Todo ello combinado con las telas africanas de colores que tanto me gustan. Y con las cejas depiladas con motivos de fantasía o directamente pintadas.
Ellos son más sosos en el vestir, todo hay que decirlo, je, je.

Los remos con los que impulsan sus piraguas son una especie de palas anchas en el extremo. Muchas están hechas con restos de latas, y algunas están pintadas y decoradas.

La arquitectura de Ganvié
El pueblo de Ganvié es bonito a pesar de la luz mortecina. Sí, los tejados de hoy en día son de chapa, así no se pudren como lo hacía la hoja de palma y no tienen que renovarlos cada poco tiempo. Pero muchas casas están pintadas de vivos colores y aunque la humedad las ha corroído en parte, aún se ven bien.


Paramos en una islita-casa junto a un restaurante donde hay una tienda de recuerdos. Estuvimos un rato en la terraza que daba a la plaza, haciendo ya alguna foto de manera algo más reposada y sin ser tan increpados.


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La larga travesía (inesperada) hacia Porto Novo
Después del descanso, volvimos a embarcar para salir poco a poco del pueblo hacia Porto Novo, la capital política de Benin.
Al cabo de unos minutos de estar en el lago abierto, la hélice de la barca empezó a fallar, provocando sacudidas en el motor. Uy, uy, uy… bajamos mucho la velocidad y parecía que aguantaba.
Nos acercamos a otro pueblo, una pequeña aldea a la que no suelen ir los turistas. Había poca gente a esas horas, fundamentalmente los críos y un par de hombres. Una señora nos permitió usar su «baño» (corral junto a la casa) entre risas por su parte –mira tú que vienen unos blancos y me piden usar el agujero!!-.
Al cabo de un rato decidimos continuar porque no sabíamos lo que tardaríamos.

En teoría, el barquero había llamado a otro para que viniera a buscarnos y cambiásemos de barca, pero este no aparecía por ninguna parte. Sólo quedaba tirar para adelante a una velocidad de cinco por hora. Ahora sí, bajo un sol de justicia.
Teníamos un poco de agua y nada más, pero aparte de hacerse largo, la sangre no llegó al río -nunca mejor dicho-.

El recorrido de una hora y media se convirtió en 4 horas
He dicho que se hizo largo, y es que estuvimos cuatro horas tratando de avanzar en el agua. El «rescatador», un chaval que seguramente era el hijo del barquero, llegó cuando nos faltaban unos minutos para nuestro destino. Aun así cambiamos de barca en medio del lago y con la bronca que nuestro barquero le propinó al otro, de fondo.
Estaba hecho polvo el hombre, así que le dimos las gracias y le intentamos dedicar más de una sonrisa. Al fin y al cabo son las cosas del directo. Le entiendo. Es su medio de vida, tendrá que hacer frente a una reparación y puede que esta mala experiencia provoque que la agencia no vuelva a contar con él.
Y no sólo eso. Era su día libre, pero al ser llamado por nuestro guía acudió para hacer el servicio. Él también tenía que volver para comer con su familia, y también se le había hecho muy tarde.
Comimos a las 16 h en Porto Novo después de ver su museo etnográfico del que yo sinceramente habría pasado. No sé muy bien si fue por el cansancio que tenía o por lo descuidado del sitio. Llevaba sin dormir decentemente muchísimas horas, desde Casablanca. En el museo no se puede hacer fotos así que tampoco te lo puedo mostrar.
Como siempre en estos casos, el recuerdo de Ganvié se dulcifica con el tiempo, pero ¡menudo primer día africano!
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