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Solitaire y el campamento de Yuri en Namibia

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vía láctea en Namibia

Hoy os voy a hablar de esos lugares de los que no tenemos referencias y que sin embargo son curiosos, singulares, diferentes, bellos. Solitaire y el campamento de Yuri.

Dos lugares que en esos primeros días en Namibia hicieron que el viaje fuera increíble. Con permiso del desierto del Namib, claro.

Como os decía anteriormente, después de disfrutar del Deadvlei y su magia, volvimos a Sesriem a recoger el campamento y poner rumbo a otro punto del desierto del Namib.

Avanzábamos por la carretera y el desierto enseguida nos volvió a sorprender, esta vez en forma de chacales de orejas grandes…

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Chacales de orejas grandes, que por cierto, podéis ver qué bien se camuflan en el terreno…

Estos simpáticos canes yo los conocía por aquél libro de mi infancia del que ya os he hablado en otra entrada. Lo que no sabía (o mejor, no recordaba) es porqué tienen esas orejas, su principal distintivo.

Resulta que son su medio de subsistencia, ya que con ellas cazan. Sí, sí. Dotados de un finísimo oído y gracias a su forma redondeada y ampliada, pegan sus orejas al suelo para escuchar los ruiditos que hacen los insectos bajo tierra. Así localizan su alimento: escorpiones, gusanos, etc., etc.

Ya sólo les queda escarbar y comer 🙂

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Esperando en Solitarie ¿al bus?

Solitaire, cruce de caminos en el desierto de Namibia

Continuamos camino. A nuestra derecha las montañas misteriosas se iban sucediendo. A nuestra izquierda, un terreno aparentemente yermo hasta que llegamos a un pequeño desvío donde la señal reza “Solitaire” (Solitario).

Bonito nombre para un lugar habitado en la inmensidad del Namib.

Este es … ¿un pueblo? ¿un asentamiento? no sé cómo llamarlo.
Te dan la bienvenida unos cuantos coches antiguos, de los años 30, y algunos estorninos metálicos encaramados a los postes y carteles.

Éstos fueron otra presencia bastante común en nuestro viaje, por cierto, y realmente son preciosos.

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Estornino metálico

Los coches, situados artísticamente entre algunos cactus, parece que te están llamando para que les hagas unas fotos.

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En el cartelón de bienvenida a Solitaire, al más puro estilo far west, se informa de la evolución de su población. Parece que ha ido creciendo…

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Solitaire, según este cartel en 2012 tenía 92 habitantes

Un poco más allá, una gasolinera. La única en muchos kilómetros a la redonda. Una tienda y… una pastelería, sí, llena de deliciosas viandas.
Ésta es la principal atracción de Solitaire (junto con los coches, diría yo).

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Una pastelería en medio del desierto y los ecos del pasado

Regentada por todo un personaje: un afrikáner que tuvo que huir de Zimbawe en los años de la independencia. Cuando el pueblo sometido por la minoría rica y blanca se rebeló. Cuando se perseguía a todos aquellos granjeros terranientes que de la noche a la mañana tuvieron que dejarlo todo y salir corriendo.

Este fue otro capítulo triste de la Historia, ya que la persecución fue bastante cruenta. Recuerda a las matanzas de Ruanda, haciéndose con lo que tenían a mano. Machetes y aperos de labranza.

Precisamente iba leyendo por el camino una novela de Henning MankelEl ojo del leopardo– donde relata esos años.

No sé cómo mirar a esa gente que en su día detentaba el poder frente a cientos de miles que sobrevivían con lo que ellos quisieran darles, y a cambio de su esfuerzo.
A veces esas desigualdades estallan, y con razón. Pero también tengo claro que así no se deben solucionar las cosas, con esa violencia.
También me gustaría creer que no todos eran iguales, y que habría gente decente.

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En cualquier caso (no sabremos si era de los “decentes” o no), el señor McGregor acabó aquí, donde se gana la vida haciendo pasteles en su “pastelería del desierto” y alegrando el día a los sufridos viajeros que pasan por allí, je, je.
Me hubiera encantado escuchar su historia a fondo, pero estaba demasiado atareado tras el mostrador y nosotros teníamos que seguir camino.

Quizá no habría querido contármela, quizá está cansado de contarla.
Un recuerdo especial a su cocinero o ayudante. Un simpatiquísimo señor de rasgos bosquimanos que bregaba en el horno y que nos saludó con muchísima simpatía cuando nos íbamos.
En Solitaire también hay un par de alojamientos, un apunte para los que penséis ir por allí camino de Sesriem 😉

Encuentros en la tercera fase… o confusiones divertidas

Un buen rato después, cuando el sol ya nos calentaba mucho más suavemente, nuestro guía se volvió loco pidiendo al conductor que parara. Acabábamos de pasar junto a un árbol seco y yo había creído ver una forma inmóvil parecida a un búho. No hice caso porque era como muy grande y estaba muy inmóvil, no sé. Tampoco lo reflexioné mucho.

El caso es que él también lo había visto, así que nuestro camión pegó un frenazo a unos 100 metros o más de distancia.
Nos pidió silencio y estaba muy emocionado porque siempre ha querido ver un búho (sí, hay búhos en el desierto), y por fin tenía una oportunidad.

Dimos la vuelta lentamente, bajamos las grandes ventanas, y cuando llegamos a su altura enfocamos con las cámaras. Descubrimos que era un búho artificial!! Muy bien hecho, eso sí.
Juas, juas, juas. Nunca sabremos si aquéllo fue una broma o una confusión de un guía experimentado que lleva años rodando por allí, ja, ja, ja. Aquí la foto del famoso búho:

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El campamento de Yuri, una japonesa enamorada de África

Entre unas cosas y otras, fuimos llegando a nuestro siguiente campsite.

Ya era prácticamente de noche. El camping está en una gran depresión del terreno, protegido del viento que afortunadamente esa noche no soplaba.

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Éste es el campamento de Yuri, una japonesa que se enamoró de Namibia y su desierto y que ni corta ni perezosa se estableció aquí hace unos años, aún no muchos.
Parece ser que poco a poco el campamento ha ido tomando forma y cada año se pueden encontrar con nuevas reformas, como unas duchas más acabadas.

Sin embargo Yuri estaba fuera, así que no pudimos conocer personalmente a esta mujer 🙁

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Tierras con poca gente, pero variada y muy interesante. ¿Pequeños locos? ¿audaces? ¿enamorados del desierto? 


Corrimos a las duchas, que además contaban con agua caliente gracias a un depósito que había en el terraplén de al lado, calentado “a mano” con una fogata de carbón.

Duchas precarias pero muy limpias, un gustazo! ¡Cómo se agradece un poco de humedad en la sequedad del desierto!

¡Cómo se aprecia la limpieza que te proporciona! aunque dure aproximadamente media hora porque enseguida tienes polvo y arena en la piel.

Después de asearnos fuimos a tomar algo al pequeño bar, el único edificio del valle, donde una nevera guarda ricas cervezas Windhoek y sidra namibia. No está mal, quizá un poco dulce, pero bastante parecida a nuestra sidra natural.

Salí al pequeño jardín que tenían delante porque vimos cómo unas sombras, animales de cierto tamaño, acababan de pasar corriendo entre las sombras. Pensé que eran hienas.
Resulta que allí tienen un pequeño abrevadero al que los animales se acercan a beber. En concreto lo que habíamos visto pasar (luego volvieron) eran cebras de montaña, o cebras de Hartmann.

Esa noche nos acompañaron con sus extraños relinchos alrededor de las tiendas, y las hienas no les andaban a la zaga!!

Por fin, mi primera noche de fotografía nocturna a solas en el desierto. La primera de mi vida y ¡todo un éxito!

Miré al cielo e inmediatamente decidí sacar el trípode y probar suerte con las estrellas. 
La noche era magnífica y aunque había mucha arena y polvo en suspensión, que el haz de mi frontal iluminaba fantasmalmente, busqué una ubicación atractiva.

Justo allí al lado hay una cuesta pedregosa donde crecen unos árboles característicos de esta zona, los Aloe Dichotoma Masson, nativos de Sudáfrica.
Me servirían de modelo ya que justo detrás de ellos la vía láctea se empezaba a desplegar en todo su esplendor.

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Las noches en África son espectaculares.

Además aquí los cielos suelen estar muy despejados en la época seca (llevábamos días sin ver una sola nube, y los que quedaban…).

Y la oscuridad es prácticamente total, excepto las pequeñas luces de las instalaciones del camping. Nada que ver con nuestra iluminadísima Europa.

Anda que no nos perdemos paisaje, cada noche… 🙁

Sudé un poco al principio porque la cámara no disparaba. Supuse que era por la falta de enfoque.

Enfocar a mano apuntando a las estrellas, al menos a mi me resulta difícil pero al fin logré hacerlo con una primera foto a una caseta que tenía cerca. Luego moví el trípode tratando de no mover el enfoque. Seguro que más de uno y de dos fotógrafos se ríen al leer esto, pero es lo que hay, no conseguía hacerlo de otra manera!!

No me enrollo más con esto, aquí tenéis un post donde trato de explicar cómo se fotografían las estrellas.

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Empecé a dar saltos de alegría al ver el resultado en la pantalla!! Y a partir de ahí ya las cosas fueron mejor. Probé muchas veces, claro, hasta que logré un par de fotos majas y que nos mostraron un cielo increíblemente bello, con todos sus colores -esos que el ojo humano no es capaz de captar-. 

No os puedo contar con palabras la satisfacción que tuve en ése momento. Me puse contentísima y por supuesto pensé en mi padre, mi gran mentor!!

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Contemplando el cielo del Hemisferio Sur

Ahí estaba la Cruz del Sur. Para mi éste siempre ha sido un símbolo de los tuareg, un talismán que les protege del mal de ojo… y hoy también un merchandising adaptado a las exigencias del turismo.

Pero ellos viven y se desplazan en el Hemisferio Norte. Y además, ¿realmente se corresponde con esta constelación de cuatro estrellas?
Haciendo una búsqueda exhaustiva por Internet no me queda nada claro. Mmm, siempre me había preguntado, dando por hecho la relación entre la constelación y el simbolismo de este pueblo que he admirado desde niña: ¿cómo es que tienen este símbolo en su tradición, desde no se sabe cuándo?

Una vez más pregunté a mi padre y me contó que en realidad este conjunto de cuatro estrellas en forma de cometa se puede ver desde Níger, que está en el Hemisferio Norte.

Probablemente no durante todo el año, y seguramente bastante cerca de la línea del horizonte, pero suficiente para que fuera utilizada por los nómadas, junto con la Estrella Polar, en sus travesías por el desierto.

Así localizarían el Polo Sur.
Fascinante, y por fin la veía en directo.

De hecho, no hubo ninguna noche en que no la divisara ya que siempre era de las primeras en salir, como aquí la Osa Mayor. Una gran compañía a la que saludaba cuando se ponía el sol 🙂

Tras una noche “movidita” en cuanto a las visitas sentidas muy cerca de las tiendas de campaña, de nuevo levantamos el campamento.

Por la mañana, la vida se despereza en el desierto del Namib, que está más vivo que nunca…

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Amanecer en el desierto del Namib

Esa mañana nos aguardaban preciosas sorpresas.

Prácticamente recién salidos a la carretera, después de contemplar otro grandioso amanecer, un rebaño de cebras de montaña o cebras de Hartmann aparecían corriendo en la llanura, bastante cerca. No sé si serían las mismas que nos rondaron por la noche, pero ahí estaban.

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Preciosas, estas cebras son diferentes a las comunes en que tienen más rayas en su piel, y un morro más achatado con una mancha de color anaranjado en el mismo.

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Nos observaron, las observamos, y cada grupo continuó su camino 🙂

En el camino, cruzamos el Trópico de Capricornio

El paisaje se fue tornando muy agreste.
Nos dirigíamos a la costa, hacia el norte, parando en el Trópico de Capricornio señalado por un cartelón junto a la carretera.

Sí, por ahí pasa una de esas líneas con las que el hombre divide el mundo para organizarlo. Una de las aprendidas en el colegio… Así que allí, por supuesto, había que hacerse una foto. 

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Cuando me quise dar cuenta estábamos rodeados por un paisaje lunar fantástico. Parece ser que hay minas, aunque su rastro desde la carretera es prácticamente inadvertido. Y en principio no conviene acercarse a curiosear (ni lo permiten).
Ése mundo oscuro, el de las minas de diamantes…

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Paramos en Gramadula, un mirador señalizado. Observamos el paisaje de colinas que parecían rotas, ya que los estratos se observan perfectamente. Lástima que fuera mediodía, ya que seguramente en otras horas la fantasía de colores con el sol dorando las piedras sería otro cantar 🙂

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Salíamos del desierto y llegábamos de nuevo a la “civilización”, a la limpia y rectilínea Swakopmund, y yo casi lloraba por dentro al abandonar el desierto. Aunque una cama y una ducha no me sobrarían, tampoco las echaba tanto de menos 🙂

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Feedback

2
  • Ana Margarita

    Es cierto, Ali,
    !nunca sabremos si el desconcertante Eric nos quiso gastar una broma con el búho!
    Ana Margarita

    • Alisetter

      Ja, ja, "probablemente nunca lo sabremos" Ana, aunque entre tú y yo, yo creo que el bueno de Eric se confundió, porque si no, digo yo que habría confesado en algún momento 🙂

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