Hay viajes que se graban en la retina y otros que se instalan directamente en la conciencia. Mi paso por el suroeste del país fue de los segundos. Al adentrarme en los paisajes áridos de este rincón de África, me di cuenta de que hablar de las tribus de Angola no es hablar de «postales congeladas en el tiempo», sino de comunidades vivas que navegan como pueden entre la tradición más férrea y un presente que, a menudo, las ignora.
No te voy a mentir: este post ha sido difícil de escribir. Porque mientras te cuento la fascinante forma de vida de los Himba, los Mucubal o los Muila, quiero que me acompañes también en una reflexión necesaria sobre el impacto de nuestra mirada como turistas.
Angola no es un parque temático, y sus gentes no son figurantes. Por eso, antes de profundizar en la riqueza cultural de estos pueblos, te invito a leer con otros ojos, unos que miren más allá del ocre y los abalorios.
Si quieres ponerte en contexto sobre el país, no dejes de echar un ojo a mis otros posts sobre Viaje al sur de Angola: primeras impresiones y Guía para explorar Angola: consejos viajeros.

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Los Himba: El fuego sagrado y el color de la tierra
Los Himba son, quizá, el pueblo más icónico del África austral. Aunque solemos asociarlos con Namibia, donde yo los conocí y lo cuento en un post sobre mi experiencia con ellos que puedes leer en este enlace, lo cierto es que este pueblo seminómada habita entre el norte de Namibia y el sur de Angola, especialmente en las zonas áridas que flanquean el río Kunene.
Su historia es la de una escisión; hace siglos se separaron de los Herero por cuestiones climáticas y conflictos, decidiendo proteger su estilo de vida a toda costa.

La vida en torno al ganado
Para un Himba, la supervivencia tiene forma de vaca y cabra. El ganado no es sólo comida; es su banco, su estatus social y su vínculo espiritual con los antepasados.
Curiosamente, apenas consumen carne, reservándose para ocasiones rituales. Viven principalmente de la leche y de lo que recolectan o cultivan en pequeños huertos estacionales, según el ritmo de las lluvias.

El ritual de la belleza (y de la protección)
Lo que más nos impacta al ver a las mujeres Himba es su piel rojiza y sus peinados en forma de «rastas».
Todo su cuerpo está cubierto de otjize, una mezcla de grasa animal, ocre y resinas vegetales. Su peculiar aspecto tiene que ver con la estética y la belleza, pero también tiene otras dimensiones:
En Angola, los Himba suelen estar menos expuestos al turismo que en Namibia. Esto ha permitido que conserven mejor sus tradiciones, pero también los hace más vulnerables ante la sequía y el cambio climático. De hecho, cada vez es más común encontrarse con grupos que habitan el mismo sitio gran parte del año.
Aun así, siguen siendo una de las comunidades más poderosas y autónomas de la zona, viviendo en grupos pequeños pero con una estructura comunitaria muy fuerte.


El corazón del poblado: El Okuruwo
Si visitas un kraal (poblado circular), verás que el centro no es una casa, sino el fuego sagrado o okuruwo.
Este fuego nunca debe apagarse, pues simboliza la conexión con los antepasados. Tampoco se puede pisar, y el perímetro que lo rodea es sagrado. El jefe del poblado es su guardián y el mediador con el mundo espiritual.

Los Mucubal: Los señores del desierto de Namibe
Si nos movemos hacia la provincia de Namibe, en los márgenes del desierto, encontramos a los Mucubal o Cubal. Son un pueblo agro-pastoral de origen bantú que ha aprendido a leer el desierto como nadie.
Recuerdo que llegamos a una aldea Mucubal poco antes del atardecer. Plantamos nuestras tiendas de campaña fuera del recinto de sus casas, donde ellos nos indicaron. Hablamos con las mujeres, pues el hombre estaba fuera con las vacas.
Vimos cómo las más jóvenes molían el grano que iban a cenar, y dando una vuelta por los alrededores me encontré con uno de los niños persiguiendo a sus cabras para llenar una botella de leche.
Mientras cenábamos, se acercaron a nuestro cocinero, que habla su idioma, y se sentaron sobre una esterilla a comer lo que les ofrecía.
El sonido de su lengua es extraño y está plagado de chasquidos con la lengua. Nos acompaña todo el tiempo. Incluso de madrugada. No eran más de las 4 a.m. cuando ya escuchaba sus voces. Ellas y los niños estaban tomando su desayuno en el interior de su recinto mientras charlaban animadamente. Aún faltaba una hora o más para el amanecer, pero ya estaban en pie, envueltos en sus mantas para combatir el frío del alba.
Algo así me pasó la noche anterior con los himba ¿Cuántas horas duermen? Me pregunté en ambos casos. Está claro que la vida tribal es tranquila, pero al mismo tiempo no paran. Hay mucho que hacer para sobrevivir en el desierto.


Estética y lenguaje corporal
Los Mucubal, como otras tribus de Angola, son maestros en el uso del cuerpo como lenguaje.



Costumbres y herencia
Los Mucubal son polígamos, igual que los himba, y viven en pequeños núcleos familiares compuestos por un hombre, sus esposas, los hijos e hijas, y la madre del cabeza de familia.
Los asentamientos se organizan en torno a casas construidas con tierra y ramas, recubiertas con una gruesa capa de barro de color claro.
Todo está protegido por una valla hecha con ramas de arbustos espinosos para evitar que los depredadores entren a por las cabras y gallinas de la familia.

Algo que me fascinó de su estructura social es el sistema de herencia: cuando los padres mueren, el ganado no pasa al hijo directo, sino al hijo de la hija (nieto varón). ¿Por qué? Para asegurar que la herencia se quede realmente en la misma sangre.
Antes de irnos, nos llevaron a visitar un cementerio mucubal. La imagen es poderosa: cuando muere un hombre importante, se sacrifican sus vacas y las cabezas se colocan sobre la tumba como señal de su estatus. En realidad, a él le entierran dentro del cuerpo de la primera vaca que matan. Después, cada cierto tiempo, matan otra vaca sólo para cortar la cabeza y ponerla sobre la tumba.
El número de cráneos habla tanto del tiempo transcurrido, como del respeto hacia el fallecido.

Como los himba, los mucubal enfrentan una resistencia silenciosa contra la desertificación y las presiones de un Estado que a menudo olvida su existencia.
La justicia Mucubal
Por la noche, cuando estábamos charlando después de la cena, vinieron dos hombres en moto para avisar de que había una fiesta y habían matado a una vaca (todo un acontecimiento). Estábamos invitados. Al principio pensamos que íbamos a ir en ese momento, en plena oscuridad, pero luego nos aclararon que iríamos por la mañana.
Cuando llegamos, la fiesta propiamente dicha ya estaba languideciendo, pero la mayoría de invitados seguían allí. Los hombres por un lado, y las mujeres por otro, excepto algunas ancianas. Nos contaron de qué iba todo eso.
No se trataba de una celebración como tal, sino de un “acto de justicia” ante un caso de infidelidad marital.
Resulta que la esposa de un hombre se acostó con otro. Para arreglarlo sin violencia, se decidió que el hombre adúltero tenía que pagar dos vacas al marido legítimo.
Ella, la esposa adúltera, no estaba obligada a pagar nada, ni iba a ser castigada. Entienden que puede sentirse atraída por otro hombre, que está en su naturaleza, y no debe ser juzgada.
Nuestro intérprete nos dijo que, quizá, detrás de este acto de adulterio se escondía una forma de conseguir más vacas, puesto que el marido bien podría haber enviado a la mujer a que sedujera al otro hombre. Un posible acto de picaresca, aunque es algo que nunca sabremos.

Los Muila: La dura realidad tras los peinados de colores
A menudo, las fotos de las tribus de Angola se centran en las mujeres Muila o Muhila y sus espectaculares collares y peinados. Pero detrás de esa «belleza exótica» hay una realidad mucho más cruda que rara vez se cuenta.
Una vida en transición forzada
Los Muhila ya no son tan nómadas como antes. Las fronteras administrativas y la pérdida de pastos los han obligado a sedentarizarse.
Ya no pueden poseer las tierras y pastos de antaño. Su ganado, antes símbolo de riqueza absoluta, ahora es vulnerable a las enfermedades y no siempre garantiza la comida.
Muchos dependen de ayudas externas o pequeños trabajos informales. Cuanto más cerca viven de las ciudades modernas como Lubango, peor.
Circulando por las tierras altas de la Serra de Leba, es fácil cruzarse con mujeres muhila o muila. Son tan reconocibles que es casi imposible no verlas. Los hombres, en cambio, suelen vestir a la occidental.
Es curioso cómo en distintos pueblos que no tienen nada que ver entre sí, los hombres han decidido modernizar su vestimenta, mientras que las mujeres son obligadas (o deciden por sí mismas) mantener la tradición. Lo he visto en el caso de los Kalash del Norte de Pakistán, en comunidades indígenas de Guatemala y otros países latinoamericanos, y en África.

La estética como presión social
Su estética es realmente espectacular, sobre todo la de ellas. Cubren sus cabellos con un barro de color beige o claro, formando una especie de coletas o rastas, y utilizan muchos abalorios de colores. Además, los collares son también de cuentas de colores y su tamaño es enorme.
En el caso de las niñas prometidas en matrimonio (aún se siguen concertando los matrimonios desde la infancia), el collar es diferente y está revestido de una arcilla roja.
Otro aspecto curioso es que fabrican muñecas que son copias totales de su estética.

Sin embargo, esos peinados que tanto nos gusta fotografiar no son sólo «tradición»; son también una forma de presión social y control comunitario. Hablan de la edad, del estado civil y de la sexualidad, pero son una obligación.
Una mujer Muhila tiene que dedicar días enteros a mantener esos patrones estéticos para no ser juzgada o excluida por su comunidad.
Incluso la infancia muhila es dura. Los niños son libres, sí, pero también la mano de obra necesaria que camina kilómetros bajo el sol con hambre y sed para cuidar el ganado. En algunos casos, también son los que se encargan de vender su artesanía de cestos a los turistas en lugares emblemáticos de la zona, como el mirador de Tundavala.


Muchos jóvenes hoy desean otras cosas, pero carecen de herramientas para elegir. No viven «fuera del tiempo», viven en un presente duro, aplastados por el cambio climático y la marginalidad.
Personalmente, me sentí muy incómoda en la visita que hicimos a un asentamiento muila en las montañas. El jefe de familia fue realmente amable y se esforzó en contarnos cómo es su modo de vida tradicional, que está cambiando rápidamente. Al lado de las cabañas tradicionales ya se levantan casas rectangulares con tejados de chapa, si se lo pueden permitir.

Mientras nuestro anfitrión nos mostraba y contaba cosas, mandó llamar a las mujeres del clan. Estaban trabajando en el campo, ya que son las encargadas del cultivo (y de muchos otros trabajos domésticos).
Cuando empezaron a llegar y reunirse junto a sus casas, se veía a la legua que no querían ese encuentro con nosotros, los blanquitos. Probablemente estaban pensando en todo lo que estaban dejando de hacer por nuestra causa. Y encima para que les hiciésemos fotos con nuestras camaritas, como imagino pensarán.
Nos esforzamos en relajar el ambiente y al final lo conseguimos un poco, pero en general fue mucho más tenso que con los himba y los muila. No las culpo por ello. Íbamos a estar una o dos horas, interrumpimos su trabajo y el objetivo estaba claro: hacerles fotos y escuchar algo de cómo viven. En realidad, me avergüenzo de haber participado en una visita así.

El dilema ante las tribus de Angola: ¿Visitar o no visitar?
Cuando viajamos a conocer a las tribus de Angola, y a las de otros países, entramos en un terreno ético pantanoso.
Y soy la primera que reconozco que, dejándome llevar por el viaje, el entusiasmo y las ganas de conocerles, lo he hecho mal más de una vez. El caso de los muila es un ejemplo.
Existe un dilema real entre el deseo de conocer estas culturas y el daño que nuestra presencia puede causar. Ya no sólo con el tema de las fotos y vídeos, también con el hecho de irrumpir en sus vidas con nuestras cosas.
Por otro lado, y aquí viene el dilema, también me pregunto: ¿Deben estar aislados? Tampoco creo que eso sea bueno, y también creo que la interacción con el turismo y los ingresos que pueden conseguir pueden llegar a ayudarles. Pero sí, creo que tendríamos que cambiar muchas cosas, empezando por el modelo de turismo y nuestra educación al respecto.
El mercado de las fotos
En Angola, cuando llegas a un asentamiento tribal, tienes que negociar por el derecho a hacerles fotos y vídeos. Es algo que también ocurre con las tribus de Etiopía, o con los propios himba de Namibia.
Yo no juzgo, en absoluto, que quieran cobrar por lo que saben que es su principal atractivo: su imagen. Pero eso no quita para que sean momentos incómodos y que la situación de transacción mercantil haga que el encuentro humano pierda parte de su sentido.
Y los principales culpables somos nosotros, que nos empeñamos en llevarnos ese souvenir: la foto.
Si, además, hablamos de un encuentro breve, la transacción es mucho más evidente y directa, por no decir cruda.
Mi reflexión después de estos viajes es que visitar a estas comunidades en encuentros breves, de apenas unas horas, es lo peor que podemos hacer. Es una situación de «zoo humano» donde a muchos sólo les importa sacar el móvil o la cámara y seguir camino.
Personalmente, intento no hacerlo así. Intento ser lo menos agresiva posible, esperar antes de levantar la cámara, interesarme por ellos antes que por su imagen.
Pero he visto cómo la gente que se pone nerviosa e incluso increpa a otros (entre ellos, a mí misma) porque entorpecemos sus fotos mientras nos acercamos a sonreír a un bebé y a su madre, o a saludar a una persona de la tribu. Es gente que no sabe esperar ni cinco minutos, y que no contribuye a relajar un poco el ambiente, a establecer una comunicación mínima antes de ponerse detrás del visor.

Mi recomendación: La hospitalidad frente a la cámara
Si de verdad quieres entender algo de su mundo, la única forma es invertir tiempo.


Conocer a los Himba, Mucubal y Muhila me ha enseñado que la identidad es una forma de resistencia y, al mismo tiempo, que la modernidad es un derecho, no una amenaza que debamos juzgar desde nuestro sofá. También me ha enseñado y recordado que el turismo tiene que ser revisado. Espero que este post te ayude a mirar con menos prejuicios a las fascinantes tribus de Angola, y que si viajas allí, intentes aproximarte a ellos de la mejor forma posible.
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