vuelo sobre desierto namib

Nos levantamos relativamente temprano, en realidad tardísimo frente a lo que sería la rutina del resto del viaje. A eso de las 8 de la mañana ya estábamos saliendo de Windhoek rumbo al desierto del Namib. No hay demasiados kilómetros, pero sí carreteras relativamente incómodas, especialmente en el último tramo. Nos adentrábamos en el desierto del Namib, que ya estaba deseando pisarlo.

Namibia

Permitidme que os presente a nuestro vehículo: Lennon. La empresa que alquila estos camiones bautiza así a todos los suyos: estrellas de la cultura fallecidas. Nos encontramos con Marilyn, por ejemplo, je, je.
Esta sería nuestra casa durante los siguientes 13 o 14 días. Allí portábamos las tiendas de campaña, la logística de cocina, el agua, nuestros equipajes, a nosotros mismos. Una buena solución con la que suelen moverse los viajes organizados, ya sea por una agencia del país de origen, o local. Si sois un grupo de gente relativamente grande, quizá os convenga. Otra solución son vehículos 4×4 con la tienda de campaña en el techo, bastante “apañados” por lo que pude ver.

El desierto del Namib, un desierto vallado, aunque igualmente infinito

El paisaje de este primer trayecto no fue muy bonito y el sol pegaba contra mi ventana. Pero ése era el camino al desierto, a ése medio que tanto me gusta a pesar de haberlo pisado relativamente poco en mi vida.

Grandes llanuras pedregosas, con algunos árboles diseminados de los que sobre todo recuerdo las típicas acacias llenas de pinchos. Las que también he podido ver en el Sahel. Algunas montañas de fondo, con aspecto de volcánicas.

Las granjas de los afrikáners

Por el camino se ven granjas solitarias. Muchas veces sólo se advierte la entrada y el vallado de los terrenos. Una o dos vacas pastando los pocos hierbajos que crecen en el pedregal.

Granjas cuyos dueños son afrikáners, los descendientes de aquéllos holandeses que en el siglo XVI llegaron a estas remotas tierras, y se quedaron en Namibia.

Incluso pensaron que eran los primeros seres humanos en llegar aquí. Y en realidad, poco les faltaba, porque la población original ya era muy escasa. Pero existía. Los grupos de bosquimanos, nómadas y poco numerosos, eran y son los habitantes primigenios.
Esos afrikáners que tanto asociamos al apartheid sudafricano, y tan poco a toda la historia anterior al mismo. Son los africanos blancos, que llevan más de 4 siglos viviendo allí.

Es cierto que la mayoría de los que acumulan la riqueza económica del país son de esta tribu (si me permitís la expresión), pero también hay mucho ciudadano y trabajador que se dedica a vivir con su pequeño negocio.
Una tribu que enseguida se disputó las cosas con los colonialistas.  Esos otros blancos que venían imponiendo y sobre todo aspirando a la hegemonía económica, religiosa y política de los territorios conquistados.

Sí, aquí prácticamente todo el campo tiene dueño y está vallado. O bien es la industria minera (siempre oculta, prácticamente sólo se sabe que existe). O bien son las explotaciones ganaderas, o bien es un parque nacional, una reserva natural… Cero rastro de cultivos.

Un paisaje que poco a poco se va animando

Enseguida nos llaman la atención unos grandes nidos que cuelgan en muchos árboles. Son los pájaros tejedores, y una variedad son los tejedores sociales.

Los pájaros tejedores construyen verdaderas ciudades de hasta 300 nidos, y son capaces de tumbar al árbol que los sostiene por su peso.

Curioso, aunque yo ya los había visto en Sahel aquí son mucho más numerosos 🙂

acacia con nido de tejedores en desierto de namib

 

Empezamos a ver fauna junto a la carretera, así, como el que no quiere la cosa.

¡El desierto más vivo que había conocido hasta la fecha!

Divisamos los primeros springboks, unas gacelas saltarinas. Spring significa muelle, y bok es rápido.

Muy bonitas, delicadas, de color canela y tripa blanca que les sirve para reflejar el sol y no pasar tanto calor. Y para confundirse fácilmente con el terreno. Son capaces de no beber agua durante meses, alimentándose únicamente de pasto. Apenas duermen siempre vigilantes para que sus depredadores no les alcancen (leones, guepardos, leopardos). Saltan cuando corren, y de ahí su nombre.
Cuando te cuentan el “para qué” de prácticamente todas sus características y comportamientos, y además les ves en vivo y en directo, no puedes dejar de maravillarte ante la perfección de la naturaleza. De las cadenas biológicas que parecen estar configuradas al milímetro, que lo están, tras miles de años de evolución.

zorros del desierto en campo de piedras en Namibia

Zorros de orejas enormes en el desierto del Namib. Como son casi ciegos, con las orejas escuchan el suelo y localizan a sus presas, a menudo hormigas y otros bichitos.

Casi todo tiene una razón de ser, lo que sabemos. Y lo que aún no hemos sido capaces de averiguar.

También vemos nuestros primeros Órix.  Lejanos, bellos, con sus cuernos altos y rectos. Cuando era pequeña tenía un libro de fauna africana que aún se conserva en casa de mis padres. Preciosas ilustraciones y textos breves donde se resume con gran acierto buena parte de los animales de este continente. Un libro que leí innumerables veces, ilustraciones que contemplé innumerables veces. Y allí estaba yo, observando a un Órix de carne y hueso. Uno de verdad. Por fin. Porque sí, soñé con ello muchas veces 🙂


Cada primera visión de un animal en la llanura, es un pequeño golpe de emoción


No llevábamos muchos kilómetros fuera de la capital así que me sorprendía todo mucho más. Mis expectativas ascendían sobre lo que me había imaginado, porque realmente no esperaba ver fauna salvaje tan cerca de la ciudad y en pleno desierto, en esos pedregales. Pensaba “madre mía, pues si aquí vemos esto… ¿qué nos espera?”. Je, je, inocente de mi.

desierto del Namib desde el aire con montañas y curso de río seco

Nuestro destino era una de las “estrellas” del viaje: la región de Sossusvlei, en el Suroeste de Windkoek. Allí donde las dunas de arena enrojecida por el óxido del mineral de hierro te dejan con la boca abierta.

Un par de paradas técnicas para comprar comida y bebida para los siguientes días de acampada y unas cuantas horas más de carretera y manta y… sí, llegamos al escenario prometido en mis sueños después de unas 7 horas de rodada:

El Parque Nacional del Namib-Naukflutt, recién nombrado Patrimonio de la Humanidad, nos esperaba

Concretamente, fuimos al camping de Sesriem donde pasaríamos esa primera noche.

desierto del namib

Un camping en el desierto del Namib, el que dicen es el desierto más antiguo del planeta.

Namib significa “enorme”

Un camping entre la arena batida por el viento, que no nos dejó en paz hasta el día siguiente. Un camping batido por la sequedad infinita del desierto.

Muy limpio y cómodo, incluso con piscina y contenedores para separar las diferentes basuras. Y con un bar bien surtido de cerveza fría.

Un poco más allá la zona “noble”, un lodge con bungalows con muy buena pinta y una recepción donde iríamos para que nos llevaran al pequeño aeropuerto de avionetas. Ya mismo, en un rato!!

Pero antes, y nada más llegar, nos desperdigamos por allí. Qué ganas de estirar las piernas y sobre todo de salir y andar hacia esas llanuras y montañas que se extendían delante de nosotros, llamándome!!

Sin olvidar las reglas del juego

  • Nada de perderse por ahí, que no sólo hay inocentes springboks. También depredadores para los que tú eres comida.
  • No molestar a los animales. Ni con ruido, ni con tus actos.  Uno no puede o no debe campar a sus anchas por cualquier lado fuera de los límites del campamento. Una constante del viaje.

Bueno, pero sí podía “asomarme” así que caminé en línea recta hasta los límites del camping y entonces… ocurrió!!

Tres springboks vienen trotando tranquilamente hacia mí

Increíble, no daba crédito, ¿me habrían visto?
En ése momento estaba sola y miré a mi alrededor. Quería avisar a todo el mundo pero el ruido les espantaría. Decidí concentrarme en “mi” momento, feliz de tener esa suerte.

antílopes junto al camping de Sesriem en el desierto del Namib

Saqué la cámara de su funda, nerviosa, y empecé a prepararme para sacarles un par de fotos. Estaba realmente nerviosa porque cada vez se acercaban más y no parecían tenerme miedo. 
A unos 10 metros, giraron hacia la izquierda y prosiguieron su camino, deteniéndose bajo la sombra de una gran acacia que ya estaba dentro del camping. Yo, emocionada.

Estar en silencio, escuchar únicamente el viento y sobre todo los ruidos que generan los animales -crujidos, bufidos, respiración-, es mágico.

Se fueron, cruzando el camping. Este está en sus dominios y no al revés. No temen a la presencia del hombre, porque siempre está ahí y porque estamos en un parque nacional y la presencia de cazadores es esporádica (la caza furtiva se persigue, y haberla haila).

El vuelo en avioneta sobre el desierto del Namib

Comimos algo ligero y nos llegó el turno. Trasladándonos en un 4×4 con uno de los pilotos hasta la pista de despegue, nos subimos a un par de avionetas de 5 plazas cada una. A mi me tocó de copiloto (¡bien!!), con el piloto que se supone hacía más cabriolas en el aire, de los dos disponibles.
Yo francamente no noté que fuera tan intrépido pero tengo que decirlo, tengo que decirlo: ¡¡¡era guapísimo!!!! (todas las féminas del lugar me dan la razón ¿eh?).

avioneta para sobrevolar el desierto del Namib

¿Por dónde iba…? ah! sí, el vuelo!!. Aparte de este “detalle”, la verdad es que fue una experiencia única. 

vuelo en avioneta sobre el desierto del Namib

Apenas dos días antes estaba en Madrid. Ahora sobrevolaba, con la caída del sol, un mar gigantesco de bellísimas dunas de color naranja.  Muy intenso primero hasta llegar al rojo, más suave y tornando a violetas un rato después.

dunas con forma de corazón en el desierto del Namib

Las manchas blancas entre las dunas se veían perfectamente. Antiguos lagos. Tienen algo de poso salino que probablemente venga de las brumas del mar, atlánticas, que son capaces de adentrarse hasta 50 Km tierra adentro y aportar un poquito de vida a este espacio.

desierto del namib

La velocidad de los atardeceres en estas latitudes no te deja mucho tiempo de reacción

Pero en cambio se puede observar el cambio de colores de una manera muy muy clara. La acción de la luz sobre el paisaje. Sencillamente, precioso.
Por supuesto que hice fotos, pero también decidí salí de detrás del visor para sencillamente disfrutar de lo que estaba viendo.

dunas rojas desde el aire al atardecer en el desierto del Namib

dunas y lagos secos al atardecer en el desierto del Namib

Un Órix en medio de las dunas allí abajo, minúsculo.

Cursos de ríos enormes, secos. Esqueletos de árboles ennegrecidos, “círculos de hadas” (vegetación rala que crece en círculos prácticamente perfectos, en algunos valles entre las dunas)… realmente impresionante y precioso. 

vuelo en avioneta en el desierto del Namib al atardecer con montañas al fondo

Es un vuelo largo, de casi 90 minutos de duración, y que terminó con el sol ya escondido tras las montañas. Un inicio de viaje perfecto.

dunas rojas desde el aire en el desierto del Namib

Fácil recordar una de esas escenas de Memorias de África, esa gran y bella película que no me canso de ver, de vez en cuando. No es el mismo paisaje, ni mucho menos, pero… 😉

desierto en tonos azules y morados en desierto del Namib

Esa noche dormí con todas estas imágenes prendidas en la retina, y después de contemplar con la boca abierta el cielo estrellado, infinitamente estrellado, a una temperatura menos baja de lo que esperaba (unos 10ºC, recordad que es invierno). También me dormí con el ruido de los chacales y springboks que merodeaban entre las tiendas.

puesta de sol en el desierto del Namib

Como he dicho hacía mucho viento y la arena revoloteaba por todas partes, así que no me atreví a sacar el trípode y hacer esas fotos nocturnas que me había prometido.
Pero aún teníamos noches por delante, noches de desierto, allí donde me siento bien, donde definitivamente soy feliz  🙂


 

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