retrato de una de las mujeres de la espirulina

Los días en el Lago Chad dan mucho de sí a base de encuentros con las diferentes tribus, más y menos nómadas, que viven en la región. Una región que se ve muy desértica hasta que llegas a la misma orilla del agua. Y en esas aguas se recoge un «superalimento» según los países ricos. Las mujeres de la espirulina han encontrado una promesa para salir adelante. Hasta que el mercado de aquí decida mirar a otro lado…

Nómadas fulani en los alrededores del Lago Chad

Salimos del campo de refugiados buduma a orillas del Lago Chad y observamos que se está levantando el harmatán, el viento lleno de polvo que viene del desierto más profundo. Esta vez va mucho más en serio que el día anterior.

Poco a poco el cielo se pone blanco, beige. Es un polvo finísimo que se mete hasta la garganta, los pulmones. Lo notas enseguida y no te lo puedes quitar de encima. Mucha gente tose y nosotros no nos quedamos atrás.

La pista nos va regalando escenas que parecen salidas de una película. Vemos una gacela Thompson entre las acacias. Gente que viaja en dromedario y niñas montadas en burritos. Observamos a una que presenta tatuajes y vestimenta fulani. Paramos a preguntarle por su campamento, pero ella no habla árabe chadiano ni francés. No nos entendemos. 

gacela thompson con cuernos en bosquecillo de acacias
Gacela Thompson en un bosquecillo de acacias
rebaño de vacas cruzando la pista y camello con hombre y dos niños y muchos bultos
En la tormenta

Seguimos avanzando por las pistas. Cada vez se ve menos, es como una niebla cerrada, y las siluetas de las acacias y palmeras se recortan en el polvo. De repente veo una especie de tenderete con vasijas apiladas. Es una casa fulani y advierto a Alonso y Abu Bakar. Paramos.

Los fulani, fulbé, fallata o peuls son los nómadas del Sahel. Probablemente sea el grupo nómada más grande del mundo. Se dedican al comercio y el pastoreo, y como tal son objeto de cierto desprecio o motivo de conflicto con el resto de grupos étnicos. Sus casas suelen ser una plataforma sencilla, como una gran mesa, sobre ramas talladas para mantenerla alzada sobre el suelo. En ella colocan todas sus pertenencias, toda su vida. Ollas, bandejas, cacharros, ropas, joyas, mantas. Duermen a la intemperie y si necesitan cobijarse, hacen techos de ramas o ponen telas sobre esas plataformas. 

casa fulani que es como una gran mesa llena de utensilios y un niño nómada al lado
Casa fulani o peul

Paramos junto a esta casa y enseguida aparecen varias mujeres con varios niños a su alrededor. A través de Abu Bakar logramos entender que son fulani yayai, y que sus hombres están con las vacas pastoreando. Nuestro chófer les pide una especie de mantequilla que es muy apreciada como cosmético y alimento. Mientras la derriten y envasan en unas botellas de agua vacías, hacemos fotos y tratamos de comunicarnos con ellas.

Los tatuajes y escarificaciones de su rostro son alucinantes. Nos dicen que el gobierno prohíbe hacerlos, pero creo que ellos no hacen mucho caso.

mujeres y niños fulani en su campamento, todos extremadamente delgados
Mujeres y niños fulani. Su delgadez extrema habla de la vida precaria que llevan
mujer fulani con escarificaciones y tatuajes en el rostro
Joven fulani con escarificaciones y tatuajes en el rostro
anciana fulani con escarificaciones y tatuajes en la cara
Anciana fulani
calentando la mantequilla en una olla y los niños alrededor
Calentando la mantequilla

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El mercado de Isseirom y una noche en casa de Mustafá 

Continuamos camino y por fin llegamos al pueblo de Mustafá, llamado Isseirom. Él nos va a llevar a conocer a las mujeres de la espirulina, pero ya es tarde y toca pernoctar. 

El harmatán se ha adueñado de todo y Mustafá nos propone que acampemos en el patio de su casa, ya que tiene un muro que nos puede proteger. Después decide que podemos dormir dentro, sin necesidad de plantar la tienda, sólo con nuestras colchonetas y sacos.

La estancia es un rectángulo amplio con sofás adosados a la pared, a la manera árabe, que tantas veces he visto en Marruecos o en Omán. El suelo está cubierto de alfombras y nos descalzamos cada vez que entramos y salimos. 

nuestra habitación con alfombras y sofás para pasar la noche cerca del lago chad
La casa de Mustafá donde nos instalamos para pasar la noche

Tras descansar un poco, Mustafá nos anuncia que ha encargado la cena y que, como es día de mercado, se va a hacer unas compras. Por supuesto nos apuntamos y lo que nos encontramos es otro escenario mágico. ¡Cuántas cosas estamos viviendo en tan poco tiempo!

El mercado de Isseirom se celebra los viernes desde 1940, según nuestro anfitrión, y parece que casi nada ha cambiado desde entonces. 

Ese día, con el harmatán sobre nuestras cabezas, presenta una atmósfera rara, etérea. De nuevo me acuerdo de anteriores viajes, en este caso del mercado de Karima en Sudán bajo una gran tormenta de arena.

mustafá vestido de blanco cruzándose con anciana envuelta en tela azul sobre un burrito
Avanzando hacia el mercado en plena tormenta de harmatán

Pero volviendo a Isseirom, como decía nos encontramos con un lugar increíble. A pesar de ser por la tarde el sitio sigue muy animado. Sólo la zona del ganado, generalmente situada en un aparte del resto del mercado, ya está casi vacía.

No obstante entre los puestos de alimentación y cachivaches tenemos para entretenernos. El lío de mulas, dromedarios y gente es fenomenal. 

puesto de pescado seco con vendedora sonriente en el mercado
Puesto de pescado en Isseirom

Como vamos con Mustafá, que es un jefe de la comunidad, no hay problema por hacer fotos o vídeos. Mucha gente le saluda y deduzco que le pregunta por nosotros.

👉 Una anécdota divertida: justo antes de llegar al mercado pasamos por una calle donde el cadáver de un camello aparece tirado junto a un horno de barro. Hacemos unas fotos y de repente sale el carnicero muy airado echándonos la bronca, pero ve a Mustafá, que se ha dado la vuelta (camina unos pasos por delante), y se para en seco. El carnicero le dice algo y Mustafá responde rápido y serio. Imagino que dice vienen conmigo, no seas asno que sólo están haciendo fotos. Entonces el hombre baja la voz, casi tartamudea una disculpa y nos invita a hacer más fotos posando incluso junto al cadáver. Es lo que tiene ir con el jefe 😇 

camello descuartizado junto a la calle en isseirom
Cadáver de dromedario recién sacrificado para el mercado

La verdad es que Mustafá nos lleva casi corriendo por el mercado. Una de sus nietas o quizá hijas nos acompaña y se encarga de llevar las bolsitas de los ingredientes que él va comprando. Nosotros querríamos estar más tiempo en cada puesto, en cada esquina, pero él va a lo suyo. Separarnos podría meternos en problemas, sobre todo por las cámaras, así que toca adaptarse a su ritmo. 

Alguna mujer y algún hombre me piden que les haga una foto, que por supuesto les muestro después para su regocijo. Nos siguen unos treinta o cuarenta niños, no exagero. De vez en cuando Mustafá intenta disgregarlos pero no hay manera. 

niña guapísima con velo estampado cerca del lago chad
La nieta (¡o hija!) de Mustafá

En un puesto vemos que venden la famosa espirulina en forma de pequeñas placas secas. En otros se venden dátiles, por supuesto carne y pescado ahumado. Incluso vemos que hay un sitio para recargar los móviles con un generador, ya que Isseirom no tiene luz eléctrica.

puesto de espirulina con vendedoras en isseirom
Venta de placas de espirulina en el mercado de Isseirom

Cuando se hace de noche, tras cenar otra bandeja de rico arroz con carne y algo de fruta, conversamos con Mustafá. Él es la quinta generación de los sultanes de la zona. Resulta ser un hombre muy culto que nos cuenta la historia de su familia, del pueblo y del lago Chad mientras se lamenta porque los programas educativos ya no son lo que eran. Entre lo que nos cuenta alcanzo a tomar algunas notas, menos de las que debería. Mis ojos se van cerrando vencidos por la fatiga mientras este hombre no deja de hablar. Me da rabia pero a veces el cuerpo manda.

mustafá sentado en la alfombra vestido de blanco con luz tenue
Mustafá, un hombre culto y gran conversador

Antes de la colonia francesa Chad estaba dividido en cuatro sultanatos, pero en el Lago Chad no había ninguno porque todos temían al agua.

Los sultanatos siguen existiendo y mantienen un rol de autoridad que, no obstante, deben compartir con la administración del gobierno. Así, pueden dirimir pequeños conflictos y organizar determinadas cosas como el derecho al agua o el reparto de tierras, pero no tienen potestad para cosas mayores como juzgar un asesinato u organizar las escuelas.  

Las mujeres de la espirulina

Nos levantamos con los dedos cruzados por el harmatán. El día amanece un poquito más despejado pero no tanto como nos gustaría, y de hecho según avanza la mañana el viento vuelve a levantarse. 

Mustafá se viene en el coche hasta un lugar a orillas del lago, diferente a los del día anterior y en una zona más segura, más «tierra adentro».

Allí hay un pequeño recinto con un edificio y un cartel anunciando la existencia de una cooperativa dedicada al cultivo de la espirulina.

La FAO (Food and Agriculture Organization) ha puesto en marcha un proyecto de casi 1,5 millones de dólares para apoyar a las mujeres de la región en el cultivo de un alga que dicen es “superalimento”. En concreto, esta cooperativa agrupa a 145 mujeres kanembou. Las mujeres de la espirulina.

Por lo visto la espirulina de la variedad dihé, que es la que se encuentra en el Lago Chad, es una fuente abundante de proteínas, hierro y betacarotenos. Añadida a la comida mejora nutricionalmente cualquier dieta pobre en estos componentes. 

espirulina triturada del lago chad
Espirulina triturada

Las mujeres encargadas de recoger esta alga son de la casta de los “herreros”, una de las castas más pobres de la sociedad. Este proyecto les ha permitido desarrollar su actividad recogiendo la espirulina de manera más eficaz, higiénica, y envasándola para su venta. 

Nos explican que esta recolección siempre fue una actividad femenina, y que sus jornadas no comienzan temprano porque, al ser mujeres, las primeras horas del día las deben dedicar a la casa y los hijos. Además viven a cierta distancia del lago. También nos dicen que este no es el único punto donde se recoge espirulina. 

Cuando llegamos no hay nadie. La tormenta de harmatán y el frío no son buenos consejeros para trabajar en el agua. Sin embargo, al cabo de unos minutos unas figuras se dibujan en el horizonte junto a la orilla. No es un encuentro casual, claro, las ha llamado Mustafá. 

cuatro mujeres acercándose con cacharros en la cabeza
«Las mujeres de la espirulina» acercándose
saludando a las mujeres de la espirulina junto al lago chad
Saludando a Mustafá y Abu Bakar

Son mujeres vestidas con telas de colores y cargadas con barreños o cacharros en la cabeza. Cuando se acercan más, vemos que sonríen mucho y vienen con ganas de saludarnos. Se muestran simpatiquísimas, cariñosas, risueñas. Algunas son guapísimas. Todas un amor. 

mujer mayor con arrugas y velo negro
Mujer de la cooperativa de espirulina del Lago Chad

Una de las más mayores me abraza y estrecha la mano diciéndome palabras que suenan con el cariño de cualquier abuela contenta de encontrarse con su nieta.

Otra señala mi pelo y luego el suyo. Habla rápidamente en su lengua mientras vamos andando hacia el recinto de la cooperativa. No sé qué quiere decir, si es que le gustaría tener una goma de pelo como la mía, o que me aconseja que me haga trenzas como ella porque así no llevo el pelo alborotado con este viento. Nos reímos de impotencia.

mujer que cultiva espirulina en el lago chad muy sonriente
Mujer de la cooperativa de la espirulina

Se sientan en cuclillas junto al edificio de la cooperativa, en semicírculo. Nos miramos, sonreímos y nos muestran la espirulina. Unas la llevan en forma de placas y otras ya triturada en cachitos pequeñitos, como si fuera una arena gruesa pero de color verde intenso. La probamos. Tiene un sabor muy vegetal y se deshace en nuestra boca a medida que se rehidrata. Ellos la utilizan sobre todo en las salsas.

cooperativa de mujeres del lago chad
Mujeres en la cooperativa de espirulina del Lago Chad
barreño con placas de espirulina de color muy verde
espirulina en placas
mujeres en el agua recogiendo espirulina
También nos enseñan cómo recogen la espirulina en el agua, aunque no hace día para ello

Al final compramos unos kilos. Sí, kilos. Como donación y agradecimiento por habernos enseñado el producto de su trabajo. Unos kilos que se quedarán en Djamena, mucho me temo.  

Después, carretera y manta hasta la capital donde paramos lo justo para coger un transporte que nos lleve, ya de noche, a las tierras del sur. Por supuesto, esto ya es otra historia.  

¿Conocías la historia de las mujeres de la espirulina? ¡Puedes dejar un comentario! 

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