Actualizado el 28 abril, 2022
Transitamos por la moderna carretera que lleva directa a Egipto. Por la misma «Ruta de los 40 días», la de las caravanas entre El Cairo y Jartum. Asfalto nuevo. Dos carriles pero asediada por la arena que forma pequeñas dunas sobre esa cinta negra a nada que sopla el viento. La naturaleza indómita de Sudán es como es, por mucho que nos empeñemos en lo contrario. El gran objetivo del día es llegar al templo de Soleb pero hay mucho más, como suele ocurrir en todo viaje que se precie.
Contemplo tramos de desierto con muchas rocas volcánicas. En algunos puntos me recuerda un poco a Jordania, y a Marruecos. De vez en cuando veo un cadáver de dromedario. Algunos son recientes, otros son ya huesos mondados pero sin perder la forma de lo que fue. Supongo que no aguantaron la caminata desde El Cairo. Que enfermaron, o algo así. Y que no le haría ninguna gracia al camellero. Confieso que me gustaría fotografiarlos pero no se da la ocasión.
El río Nilo de cerca
La carretera va paralela al río Nilo pero a tanta distancia que sólo se ve, a veces, la línea de palmeras que anuncian su presencia. Y junto al río están los pueblos.
Así, circulamos por un terreno rodeado de desolación cuando en realidad a un kilómetro o dos máximo la vida bulle. Dentro de los parámetros de un país como este, claro.
Por fin nos desviamos. Vamos a Tajab, un punto que no logro encontrar en los mapas de internet. Allí por fin podemos contemplar el Nilo con calma y sin la niebla de calima que impide su visión.
Las orillas son de roca en buena parte y tienen una altura más que respetable. Un poco más allá hay una playa que baja al río. Una lengua de arena virgen que en otro contexto sería un pequeño paraíso de folleto turístico.
Ahí es donde paran las caravanas para que los camellos puedan beber. Teníamos la esperanza de encontrar alguna, pero no hubo suerte.
En lo alto hay un chamizo de hojas de palmera, seguramente donde los camelleros se refugian del sol. Y acacias como las del sur de Omán y muchos otros puntos de África, con su defensa de espinas largas.
Volvemos a la carretera y paramos a comer en un «bar» donde paran los camiones. Justo hay uno de camellos. La versión moderna de las caravanas que no paro de mencionar.
El tabernero es todo un personaje del que ya te he hablado aquí.
Mientras unos comen, otros rezan en la alfombra. Un gato come las sobras bajo la mesa donde preparan nuestra comida. No sé qué les compramos a ellos aparte del té porque nosotros llevamos nuestra comida, incluido el pan (creo). Quizá paguemos por el sitio.
Ya estamos en territorio nubio, a todo esto.
Sadinga o Sedeinga: el templo dedicado a una reina, y una necrópolis azotada por la arena
Por fin nos plantamos ante los primeros vestigios del Antiguo Egipto. Sedeinga es el templo dedicado a la reina Teje o Tiye, esposa de Amehotep III y madre de Akhenatón.
Y Akhenatón es uno de los faraones que más recuerdo de cuando leía o estudiaba: un tipo rupturista donde los haya.
Akhenatón fue el esposo de la famosa Nefertiti y el padre de Tutankhamon con una esposa posterior. Fue aquél que, contra todo pronóstico, decidió romper con el politeísmo egipcio. Negó el panteón egipcio y se inventó el monoteísmo: un solo Dios, Atón. Su nombre, Akhenatón o Akenatón significa algo así como «útil a Atón» y se lo puso él mismo cuando llevaba unos cuatro años reinando.
Así puso en jaque a todo el aparato de poder que había detentado el poder durante siglos. El de los sacerdotes que intervenían en todo, no sólo en asuntos religiosos.
Akhenatón no sólo hizo eso. Se empeñó en abandonar el estilo hierático, cuadriculado, de las representaciones de faraones y otros personajes en los relieves y pinturas que llenaban todo. Se empeñó en un estilo realista y lo consiguió. Los sacerdotes, escribanos, cortesanas, reyes y reinas de aquélla época lucen tripita y rasgos faciales distintos, más naturales. Incluso a veces miran al frente y no de lado.
Gestos rupturistas que no duraron más que su reinado, unos 17 años. Tiene su mérito para tan poco tiempo porque hay muchos restos arqueológicos que nos cuentan todo esto.
Te dejo el link a la Wikipedia para que, si te apetece, leas toda su historia. El artículo es de lo más completo 😉
Volviendo al templo de Sedeinga, la verdad es que no hay mucha cosa en pie
Junto al palmeral que oculta el Nilo aún se alza una columna y hay restos de muchas otras esparcidas o reunidas por los arqueólogos en una plataforma para su clasificación.
Por supuesto tiene un valor arqueológico que los neófitos no alcanzamos a entender, y menos en una breve visita. Sí te contaré que el hecho de que un templo esté dedicado a una mujer es algo extraño, peculiar. Pero si pensamos en que estamos en la órbita de Akhenatón, ya no sorprende tanto ¿no? :)
Me gustan los relieves que encuentro. Se nota que son muy antiguos, están muy desgastados, pero son preciosos. Y lo que me impresiona son los capiteles con forma de cabeza de mujer.
Lo que no me gusta, y esto va a ser una constante en todos los yacimientos que visitamos en Sudán, es la cantidad de graffittis antiguos y modernos que se han hecho encima de esas preciosas reliquias del pasado.
Después cruzamos la carretera y nos internamos en una gran necrópolis. Hace un viento tremendo y el sol abrasa. Creo que es el peor momento de calor de todo el viaje. Intento seguir las explicaciones de nuestra guía Shadia, pero me cuesta.
A nuestro alrededor hay mucha basura. Botellas y restos de bolsas de plástico. Es alucinante, tremendo, no me lo puedo creer. Ella también está muy enfadada con el panorama. Trabajó aquí como arqueóloga igual que en muchos otros lugares de nuestro viaje.
Me quedo con el dato de que en las más de 80 pirámides meroíticas que hoy se aprecian a duras penas en este paisaje, encontraron algunas con cadáveres de niños. En realidad esta necrópolis estaba reservada a las princesas locales de Soleb, que era la ciudad más destacada de la región.
Que se encuentren niños en las pirámides es otro detalle inusual que aún no han logrado explicar. Enterrar de ese modo a los niños no era algo que se llevara en aquellos tiempos.
Jebel Dosha, la montaña que se está volviendo arena
Continuamos hacia el norte unos kilómetros más hasta alcanzar la montaña de Jebel Dosha.
La palabra árabe Jebel significa «montaña», así que cada lugar que veas en un mapa que incorpore esta palabra, ya sabes de qué va.
Allí, en la roca, mirando al Nilo, hay una estela grabada. Es la primera pero no la última que veremos en muchos otros puntos. Estelas con las que los faraones delimitaban su territorio conquistado. O buscaban complacer a los dioses para asegurar las inundaciones anuales que permitían la vida en las orillas del gran río.
Después de verla, de saludar a un señor que pasa por el angosto camino montado en burro, y de contemplar a las cabras que en la orilla opuesta bajan a beber, subimos esta montañita. La mitad ya se ha convertido en una gran duna de arena preciosa por la que bajamos sintiéndonos niños.
El lugar es muy bonito. Nuestro chófer, Seif, pone música en el coche y se echa un baile. La temperatura ha bajado. Teníamos el plan de ver desde allí arriba el atardecer, pero queda mucho tiempo así que tiramos para Soleb.
Soleb: el templo que recuerda a Luxor y el primer encuentro con los nubios
Siempre recordaré Soleb con una sonrisa. Son muchos son atractivos y me hubiera quedado más tiempo sin dudarlo.
Volviendo de Jebel Dosha cruzamos un par de pueblos nubios. Son preciosos y no me canso de mirarlos. La arquitectura nubia está hecha con barro, esmero y un sentido estético maravilloso.
Las casas nubias se rodean de un muro que se rompe con una puerta pintada de vivos colores. Hoy en día las puertas son de chapa, antes eran de madera labrada. Una especie de banco corrido continuando la fachada hace de lugar para descansar cuando baja el sol. Allí ponen esteras y charlan, comen, o lo que se tercie.
Dentro, como veríamos al día siguiente, hay uno o varios patios y pequeños edificios con habitaciones. Como si se tratara de apartamentos. Yo quería bajarme del coche y perderme en sus calles y sonrisas, pero también quería ver el atardecer entre las columnas de Sole. ¿Entiendes por qué me hubiera gustado estar al menos un día más por allí?
La casa nubia y el tributo a las palmeras
Las casas nubias se hacen con líneas curvas. Decoración hecha con colores brillantes que contrastan con el ocre que parece reinar en todas partes.
La hoja de palmera es lo que se utiliza para hacer el tejado, pero también está en las formas dibujadas en el mismo barro. Es el tributo a una de las mayores riquezas de las familias nubias. Es el árbol que procura comida y mercancía (dátiles), pero también sombra, materiales para construir casas, escobas y esteras, madera para muebles, leña… Cada familia cuida de sus palmeras y estas pasan de padres a hijos, de generación en generación.
Nos cuentan que el cambio climático está afectando a las cosechas de dátiles. La época de lluvias está variando en fechas, es más escasa que antes. El resultado es menos producción y de peor calidad, por lo que se tienen que vender más baratos ¿Te suena la historia? A mí sí ¡Qué estamos haciendo con el mundo!
Las mujeres son las encargadas de la decoración de las casas. Son las que pintan, decoran y deciden todos los detalles. Los hombres se encargan de la construcción básica y del techo.
La terminación de las casas es a menudo un trabajo comunitario ¿Que alguien está construyéndose la casa? Pues un día se reúnen todas las mujeres del pueblo y se ponen manos a la obra.
Me gustaría destacar que las casas nubias están limpísimas. Hay pocos muebles, los justos y necesarios. Unas alacenas en la cocina y camas de hierro con un colchoncillo para dormir, descansar, hacer labores, y comer. Poco más se necesita.
Y nuestro alojamiento es una de estas casas
Nuestro alojamiento es una guesthouse que está construida igual que las demás. Aunque en ella no vive nadie es preciosa.
Ha sido levantada por Mohammed Hamid, que rondará los 70 años. Con escarificaciones en las mejillas y una mirada amable, nos cuenta que acompañó a la arqueóloga italiana, Michela Schiff Giorgini, que trabajó en el templo durante más de 20 años.
Nos enseña con orgullo las fotos antiguas de ella, especialmente una dedicada en 1957. Le decimos que era muy guapa y entonces nos enseña fotos de él mismo. Era guapísimo y se lo decimos con cierta picardía. Su mujer, a su lado, dice que sí entre risas. Todos nos reímos. Un par de nietos nos miran con curiosidad mientras nosotros compartimos los chistes ¡Qué majos son estos nubios!
Decidimos dormir en el patio sacando las camas de la habitación que resulta más calurosa. También cenaremos y desayunaremos al aire libre. Me asomo a la ventana y veo que desde allí se ve el templo de Soleb.
El sueño de un atardecer y noche en el templo de Soleb
Salimos andando hacia el templo, cámaras en mano. Delante del mismo hay un campo de cereal y justo en ese momento de la tarde están los hombres y alguna mujer doblando el espinazo. Con sus pequeñas hoces cortan la mies y la agrupan en gavillas.
Es una escena bíblica, como de libro de historia. Me detengo fascinada a contemplarles y hago algunas fotos. En ese momento llega un paisano en moto, se baja y se pone a saludar a los campesinos. Se abrazan con gran cariño y una sonrisa.
Rodeamos el campo y nos acercamos al orgulloso templo. Estamos solos y la sensación es increíble.
La historia de Soleb
Este templo también fue construido por Amenhotep III en el siglo XIV antes de Cristo. Fue dedicado al dios Amón, el sol, y a Nebmatre, el señor de Nubia, una representación del propio faraón.
Su planta es parecida a la de Luxor, un templo que también fue construido por Amenhotep III. Supongo que copiaron los planos 😂. Dos grandes pilones o muros precedidos por una avenida de carneros (una de las representaciones de Amón), dan paso a la avenida central.
Admiramos los relieves. Una parte muestra la fiesta del sed, una celebración de renovación del faraón.
Por todas partes se ve uno de los símbolos más repetidos en las columnas: la combinación del ojo solar (símbolo de Amón) y el ojo lunar (puede ser de una diosa leona o el ojo de Horus, protector del faraón).
Pero a mí los que más me gustan son los que representan a las naciones sometidas: africanos, asirios, y otras que no recuerdo. Se distingue perfectamente sus rasgos y vestimentas diferentes, trabajados con todo detalle. Y las altísimas columnas con forma de papiro cerrado.
El atardecer en un templo egipcio…
Según cae el sol el aire se llena de «mosquitos net». Son esos que se empeñan en meterse en cualquiera de tus orificios: orejas, nariz, boca. Iguales a los que me habían importunado en el Lago Victoria el verano anterior. En esta ocasión como estoy haciendo fotos, además, se chocan contra el objetivo de la cámara y malogran más de una. Malditos. ¡Al menos no pican!
A pesar de los mosquitos y del horizonte polvoriento, el privilegio de disfrutar de una puesta de sol entre las ruinas de un templo egipcio casi en solitario es una de las experiencias que no olvidaré nunca.
Un atardecer que sólo se puede comparar con vivir la noche entre estas ruinas antiquísimas
Después de cenar decidimos ir a fotografiar el templo de Soleb bajo las estrellas y a pesar de la luna.
Shadia está emocionada porque dice que ella nunca ha visto que ningún turista lo haya hecho antes. Sin embargo, la dueña de la casa donde nos alojamos le advierte de que no vayamos solos, que es peligroso. Le pregunto por qué, pero me dice que es que a los nubios no les gusta la noche y aquello está muy solitario ¿Creerán que el espíritu del faraón sigue por allí?
Al final Seif nos acerca con el coche y se queda con Shadia charlando. Santi y yo nos movemos como intrusos entre las antiguas piedras y columnas, buscando composiciones, ángulos y tratando de que las fotos queden bien.
¡Lo disfruto tanto! Hay un silencio sepulcral, emocionante. El viento se ha calmado. Puede que los antiguos dioses se estuvieran removiendo por importunarles, o simplemente nos observaran con curiosidad. Siento más fascinación que otra cosa y lo único que me sabe mal es que nos estén esperando. Me habría quedado horas y horas dando vueltas por allí, en la noche.
Dormimos en el patio bajo las estrellas tapaditos con las mantas que nos prestan. Quiero levantarme para ver el amanecer, pero al final en cuanto clarea sólo acierto a arrebujarme debajo de la manta y seguir durmiendo. Si el cuerpo lo necesita, será por algo.
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