Esta es la segunda entrega de mi experiencia en el Parque Nacional de Etosha, en el norte de Namibia, uno de los mejores lugares para avistar fauna salvaje en África.
Aprendiendo de la perfección en Etosha
Antes de que empieces a leer, te recomiendo que te pases por el Capítulo I dedicado al Parque Nacional de Etosha, si no lo has hecho antes. Así entenderás mejor algunos términos como los «waterhole», además de obtener información sobre el acceso y estancia en este parque.
Etosha no es uno de esos parques africanos en el que ves muchísima cantidad de fauna salvaje en poco tiempo. Aquí, las distancias son enormes y hay que armarse de paciencia. Es posible que al final de la jornada te quedes con la sensación de que has visto «poco». Pero luego, cuando repasas las fotos y todo lo aprendido, te darás cuenta que no es así.
Y que es un verdadero privilegio poder contemplar la vida salvaje sin apenas otros turistas alrededor. Y, por supuesto, sin estar en un zoológico. Además, sus paisajes son bellísimos.
Por eso quiero contarlo aquí y sobre todo mostrarlo con fotos, esperando que te resulte útil para imaginarte allí.
De camino a uno de los waterhole que salpican el parque, nos cruzamos con una manada de ñus y cebras que iban a beber. Los ñus apenas ven y huelen. Estos sentidos los compensan con la compañía de las cebras, que tienen un gran sentido del olfato, y con las gacelas que tienen muy buena vista. De ahí que suelan andar juntos de un lado para otro.
Las escenas que allí contemplamos fueron de las más bonitas de estos días. Había muchos ejemplares, también jirafas, y pudimos ver cómo acarician a sus crías y las protegen de nuestras miradas. Enternecedor.
Pan de Etosha, el gran lago seco
Más adelante, llegamos al pan de Etosha. Este lugar de curioso nombre es un gran lago seco de arcilla salina donde los animales encuentran precisamente la sal necesaria para seguir vivos.
Una llanura monótona de color beige que destaca contra el cielo azul. Una combinación perfecta de colores.
Cuando estábamos en el Pan, dando tímidos paseos y haciendo cabriolas para las cámaras, descubrí unas diminutas nubecillas en el cielo. Me di cuenta de que las había echado de menos. En los últimos diez días el cielo había sido completamente azul, invariablemente, o al menos ése era mi recuerdo. Me puse tan contenta que hice una foto sólo para mostrarlas, sólo para recordarlas.
Con qué pequeños detalles se contenta uno en determinados lugares 😊
Me imagino a los grupos de cazadores-recolectores, nómadas de antaño, emocionarse ante la aparición de nubecillas como éstas. Nubes que quizá son el preludio del agua y de la vida. Hoy en día, en pleno siglo XXI, aún quedan muchos nómadas en la Tierra que se emocionan con las nubes.
El camping Halali de Etosha y su waterhole
Después nos encaminamos al segundo camping donde íbamos a dormir dentro del Parque Nacional de Etosha. Se llama Halali y era mucho más pequeño y básico que el Okaukuejo. No sé si hoy, cuando estoy actualizando este post (año 2025) habrá cambiado.

Cuando llegamos al mediodía nos encontramos con elefantes, impalas, kudus, springboks. Aquí podíamos verlos desde algo más cerca. El lugar para observar se dispone en gradas, aprovechando el desnivel del terreno. Una nueva perspectiva que me gustó mucho.

Safari de tarde en Etosha
Por la tarde volvimos a salir a recorrer el parque. Fue menos «grandioso» de lo que me hubiera gustado, pero el final del mismo nos regaló lo que todo el mundo busca: un encuentro con leones.
Las primeras horas, no obstante, fueron bastante sosas. Vimos un montón de aves curiosas y bonitas, pero casi ningún mamífero.
Estuvimos apostados en un waterhole natural algo más de una hora y aparte de unos pajarillos «nadie» se acercó, así que no puedo compartir mucho más.
Pero cuando llegó la hora de poner rumbo al camping, íbamos un poco retrasados y pensando en la multa que nos podían poner si llegábamos tarde. Está prohibido circular por el parque después de que se ponga el sol en el horizonte. Pero de repente…
En la llanura, contra el sol poniente, un macho y dos hembras de leones caminaban entre la hierba seca.
Se les veía muy delgados y yo no dejaba de pensar en que la sequía de ese año les debía de estar haciendo sufrir mucho. Algunos springboks (gacelas) también se movían en esa dirección, aunque apartados prudentemente de los felinos.
¿Hacia dónde irían? Quién sabe. Probablemente en busca de agua o de un lugar con más vegetación donde pasar la noche cazando.

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La noche en el camping Halali
Después de contemplarlos, nuestro chófer enfiló a toda castaña hacia el cámping, ya a contrareloj. Me imagino que se saltaría la limitación de velocidad de 60 km/h que hay en todo el parque, pero llegamos antes de que las puertas se cerraran. Evitamos la temida multa ¡¡yuhu!!
Mientras algunos se iban de safari nocturno tras la cena, otros volvimos al waterhole. Llegamos justo para ver cómo se iban dos espléndidos rinocerontes, uno de ellos enorme ¡Lástima no haberlos visto con más tiempo!
Aguantando el frío, permanecimos dos horas allí. No estábamos solos. Había un grupo de alemanes bebiendo vino, entrechocando sus copas con el consiguiente ruido, riéndose y tirándose pedos. Les mandamos callar más de una vez, pero estaban en plan «risa tonta» y era peor. Yo me puse de un humor de perros sólo por este grupo de maleducados que no saben dónde se puede hacer fiesta y dónde no. En fin.
En esas dos horas pudimos contemplar a un nuevo rinoceronte, pequeño (quizá era hembra), y unos chacales. Se escuchaba también el rugido de un león, muy próximo. Probablemente esta era la causa de que ningún otro animal osara acercarse a beber.
Es genial escuchar los ruidos de la noche cuando estás completamente en silencio
La oscuridad casi absoluta intensifica las sensaciones. Te hacen sentirte solo y a la vez acompañado de la vida que bulle a tu alrededor, aunque no la veas. Tiene algo de misterioso, de mágico y también de terrorífico.
Al volver a las tiendas nos encontramos con unos visitantes bastante voraces. Un par de enormes mangostas estaban saqueando los cubos de basura y zampándose todo lo que encontraban. Les daba igual nuestra presencia (apenas a metro y medio), tiraban los cubos y desparramaban el contenido, hincando sus enormes dientes en todo lo que pilllaban. Madre mía, no me gustaría encontrármelas por la noche.
Lo cierto es que corretearon por el campamento sin cesar, y de hecho tomamos precauciones para entrar y salir de la tienda de campaña y que no se colaran en un descuido, porque estaba claro que les daba igual nuestra presencia, je, je, je.
Y al día siguiente… subiendo el listón
Al día siguiente nos íbamos de Etosha para cambiar de escenario por completo. El desierto, la sabana y sus grandes planicies quedarían atrás. A cambio, ganaríamos en agua y verdor.
Pero la salida de Etosha nos deparaba nuevas sorpresas a la luz de la mañana: un rinoceronte espléndido (por fin a la luz del día), un grupo de antílopes, un par de guepardos preciosos, y los maravillosos Órix.
La mañana parecía ser un momento más activo para todos ellos, pero quizá estoy equivocada y sencillamente es que la tarde anterior no habíamos tenido buena suerte.
Lo dicho, espero que este post te sirva para trasladarte a Etosha, o para preparar tu experiencia allí.
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Ali, me ha encantado el relato y por supuesto las fotos. Enhorabuena.
Un abrazo.
Muchas gracias Víctor! Un placer compartirlo :)
Abrazo
Alicia