El Valle Salado de las Salinas de Añana es uno de esos sitios injustamente poco conocido. Se trata de una mina de sal a cielo abierto que ocupa casi todo un valle. Sólo su visión te deja con la boca abierta. A sólo media hora de Vitoria, no me cabe duda de que este es uno de los lugares de gran importancia histórica del País Vasco y de España ¡Además de ser un regalo estético y para el paladar! Te cuento cómo es la visita, qué me traje y todo lo que necesitas para organizarla.
Lo visité en una visita guiada, que es como se tiene que hacer, y fue entonces cuando todo cobró sentido. Sin explicación, son unas piscinas de madera, piedra y arcilla escalonadas en la ladera. Con los guías, entiendes que llevan 7.000 años produciendo sal de forma ininterrumpida, y que esa sal brota de los manantiales de la propia montaña. He ido dos veces y el valle me sigue pareciendo tan sorprendente como la primera vez.
Antes de ir: lo esencial de las Salinas de Añana

Cómo es la visita guiada al Valle Salado
Cuando iniciamos la visita guiada estamos impacientes. Tanto, que cuesta concentrarse en las primeras explicaciones, porque el paisaje no deja de pedirte la cámara: eras en escalones, pasarelas de madera, agua que refleja las nubes y una luz que, cuando sale el sol, hace brillar todo el valle. Muchos de los detalles que vemos al principio son un enigma.
Andando por las Salinas de Añana me acordé de otras, siendo el ejemplo más similar el de las salinas de Maras en Perú.
A mí siempre me han gustado las salinas por su estética, geometría, linealidad y desafío ante la cámara de fotos.
Eras, rollos y sal que parece nieve
Los canales que llevan el agua con salmuera están por todo el recorrido. Se llaman rollos y en sus paredes interiores aparecen recubiertos de lo que parecen flores amarillentas, como oxidadas. Los soportes de dichos canales, por el lado exterior, están cubiertos de blanco como si fuera nieve o hielo. Pero no: todo es sal 🥰
El Taller de sal, el spa de pies y la realidad virtual
El Taller de sal: Este no lo hice, así que no te lo puedo contar desde dentro, pero sé en qué consiste y es una buena razón para volver. Es el “taller del salinero”: con los pies en el agua, te conviertes en salinero por un día y participas en las etapas de la producción de la Sal de Añana. Sólo se puede hacer durante la temporada de la sal, entre mayo y el 12 de octubre.
El spa de pies: Entre abril y noviembre se puede disfrutar de la zona de spa. Consiste en sentarte en un banco y mojarte los pies en el agua con salmuera de Añana, con el valle a tus pies y sin prisa. Después de recorrer las salinas y de tanta sal vista de cerca, es un buen final. ¿Sabías que los baños de sal tienen propiedades terapéuticas científicamente confirmadas?
La realidad virtual: En el edificio de las taquillas y la tienda hay un espacio para una visita con realidad virtual. Dura casi media hora y es una pasada de bonita, además de interesante. Te ayuda a fijar lo que te ha contado el o la guía, así que a mí me parece mejor verla después, aunque también es una buena forma de hacer tiempo antes de empezar el paseo con la guía si llegas pronto.
Fotografiar las salinas: luz, época y encuadres
Ya te he dicho que a mí las salinas me gustan por el desafío que suponen para la cámara. Por eso, te cuento aquí lo que creo que debes tener en cuenta.
Qué fotografiar
Cuándo hacerlas
Un consejo práctico. Al ser una visita guiada en grupo, no puedes quedarte tanto tiempo como quisieras en cada punto. Yo fotografiaba mientras escuchaba. Si te importa mucho la foto, valora una segunda vuelta o preguntar si hay otras opciones de visita.
La sal de Añana: lo que me traje en la maleta
Hay quien vuelve de un viaje con un imán y quien vuelve con sal. Yo soy de las segundas, y en Añana no me lo pensé dos veces. Después de ver de dónde sale, cómo se cosecha y quién la trabaja, la sal deja de ser ese ingrediente que damos por hecho y se convierte en algo que quieres llevarte a casa.
Chuzos de sal, sal líquida y flor de sal
La gama es más amplia de lo que imaginaba. Hay desde la sal fina para cocina hasta las escamas o flores de sal, ideales para realzar pescados y carnes a la plancha. Pero en la visita descubrí otras dos delicatessen de las que no tenía ni idea:
Lo bueno es que puedes comprar todas las variedades en la tienda física y en la tienda online de su web, y no todo es carísimo. Por eso, cuando volví, y repuse mis reservas de sal de Añana. En concreto, me llevé un molinillo de sal con ajo que es genial para condimentar un filete de ternera, por ejemplo, y también una caja de escamas de sal, que son maravillosas. En la primera visita compré un molinillo de sal con tomate seco, pero en mi segunda visita no lo tenían, snif.
Hay otra razón para comprarla allí. La Fundación que gestiona el Valle Salado no tiene ánimo de lucro, y todos los ingresos por sal y visitas se destinan a su recuperación y mantenimiento. Es una forma muy directa de apoyar a quienes luchan por preservar un patrimonio cultural tan importante.
Los cocineros que apadrinan las eras
Durante la visita nos enteramos de que un nutrido grupo de grandes cocineros, con muchas estrellas Michelin en sus fogones, han apadrinado algunas eras. Por supuesto, también compran aquí la sal para sus restaurantes. Entre ellos están Martín Berasategui, Dani García, Joan Roca, Pedro Subijana y el Basque Culinary Center, y muchos más.
Cuando te cuentan que la sal que ves secarse al sol acaba en esos platos, el paisaje cambia: deja de ser solo un lugar bonito para fotografiar y pasa a ser una despensa.
Siete mil años de sal en un valle, contados sin prisa
Del océano de hace 250 millones de años al diapiro
La sal es uno de los ingredientes más importantes de nuestra vida y esto es algo que sabe el ser humano desde tiempos inmemoriales. Tanto es así, que las Salinas de Añana fue la primera población del País Vasco en obtener el título de Villa, y esto fue en el siglo XII. Pero no arranca ahí la historia de estas minas de sal a cielo abierto, no. Si te cuento que…
Prehistoria, romanos y el reparto del agua por turnos
Las excavaciones arqueológicas de Añana han revelado que nuestros antepasados de la Prehistoria cocían allí mismo el agua con salmuera en ollas de barro. Tras la evaporación forzada, quedaba la sal pegada en núcleos que se extraían rompiendo dichas ollas.
En la época del Imperio Romano, siglo I d.C., el sistema de extracción de sal cambió al actual. Los romanos trajeron una sociedad más evolucionada, más compleja, y con mucha más necesidad de sal. Había que conseguir una producción mayor, así que construyeron las eras con suelo de arcilla y bordes alzados para asegurar la retención de agua, como si fueran piscinas.
De hecho, esta es la imagen que más vas a recordar: el valle dividido en cuadrículas armadas de madera, piedra y arcilla. Se llaman eras, como las de los campos de labor, y en el pasado todas tenían su propietario, el salinero.
La industria, el cemento y el rescate del valle
Las Salinas de Añana corrieron peligro cuando llegó la industria en el siglo XX. Las fábricas eran capaces de procesar kilos y kilos de sal durante todo el año, con el mar como fuente inagotable (una sal distinta), que además se transportaba en tren.
Ante la dura competencia, los salineros de Añana buscaron la manera de aumentar su producción. Utilizaron el cemento para no tener que recurrir a las reformas que exigen los materiales de la tierra, y ampliaron la cantidad de eras ocupando una superficie mucho mayor.
El resultado fue que llevaron al límite el equilibrio ecológico y el estado del valle fue empeorando. A punto de morir por abandono, a finales del siglo pasado se puso en marcha el proyecto de la Fundación Valle Salado de Añana.
Por qué un valle de sal es un paisaje cultural
Cuando decimos que ganamos un salario en nuestro trabajo, estamos evocando la importancia que tuvo la sal en el pasado, porque era con sal con lo que se pagaba a los trabajadores.
Antes de eso, la sal servía para mantener los alimentos en buen estado, cuando no existían las neveras ni nada parecido. Así sigue siendo en otros continentes.
Además la sal ha formado y forma parte de procesos industriales. Por la sal, como ocurrió con los tintes de colores, hubo guerras y disputas de todo tipo.
En las Salinas de Añana no pueden entrar vehículos y ni siquiera animales de carga, por lo que siempre fueron los hombres y mujeres los encargados de acarrear la sal en sacos sobre sus espaldas hasta los almacenes.
Y no soy la única que ve en el Valle Salado de Añana mucho más que una mina de sal. Este valle ha acabado acumulando reconocimientos.
La FAO lo declaró Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial, el primero de Europa, y en 2019 la Red Europea de Patrimonio Industrial le concedió la distinción de Punto de Anclaje, la más relevante en turismo de patrimonio industrial.
Además, las Salinas de Añana son Bien de Interés Cultural y están incluidas entre los humedales de importancia internacional del convenio Ramsar, y se ha incorporado a la red de Lugares Mágicos de España, un club muy selecto.
Son etiquetas distintas que dicen lo mismo que se intuye al caminar entre las eras: aquí no sólo hay sal, hay siglos de trabajo de personas y agua moldeando un paisaje.
Qué ver cerca de las Salinas de Añana
Las Salinas de Añana están a unos 30 km de Vitoria-Gasteiz, así que lo más natural es combinarlas con otras paradas de Álava. Estas son las que yo te propongo:
Espero haber abierto las ganas de visitar las Salinas de Añana, un lugar tan interesante como sorprendente del sur de Álava. Me encantará saberlo, así que no dudes en dejar un comentario, tienes la caja más abajo.
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