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Ruta por los acantilados de Gozo: una jornada de senderismo sin igual

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ruta por los acantilados de gozo

Dicen que Homero escribió sobre la isla de Gozo. Que aquí situaba el hogar de Ogigia y Odiseo antes de regresar a Troya. Y también situaba aquí a las sirenas que tentaban a los marineros. Puede que su geografía de gigantes inspirara a este escritor de la antigüedad. Y puede que aún estés dudando de si merece la pena visitar este puntito del Mediterráneo. Para aclarar tu cabeza, te diré que una gran razón puede ser esta ruta por los acantilados de Gozo 🙂 

Andando por las cumbres de la costa

Sin trazar una ruta concreta, con la intención de dejarme llevar según lo que el día me inspirara, esa mañana me levanté temprano y después de desayunar en un café de la Piazza de la Independenzia en Victoria, la capital de Gozo, me fui a la estación de autobuses.

ruta por los acantilados de gozo victoria

Vistas de Victoria, la capital de Gozo, desde los acantilados

Quería visitar sus acantilados porque buscando qué hacer en Gozo, las fotografías que encontraba no hacían sino confirmarme que esta era una buena opción. Tanto es así que decidí reservar dos noches de hotel en la isla. Quería afrontar el día sin ningún tipo de estrés, sin pensar en tener que coger un ferry de vuelta.

Tal como empecé, acabé. Sin tener clara la ruta por los acantilados de Gozo, me refiero. Dejándome llevar, aunque es fácil teniendo en cuenta que se trata únicamente de seguir la línea de la costa.

ruta por los acantilados de Gozo torre de Xlendi

Torre de Xlendi desde los acantilados

Fueron siete horas caminando más una pausa para comer y las que me dio la gana para hacer fotos o tomar un tentempié en el camino. Recorrí  20 kilómetros en total, la gran mayoría por las cumbres de la costa. Un día de sol y sin viento, espléndido, y el mejor recuerdo de Malta.

Esta ruta por los acantilados de Gozo no sé si es oficial, y seguramente está incompleta, pero puede ser tu punto de partida si quieres hacer algo parecido

Comenzamos en la Bahía de Dwejra

El bus 311 te lleva a la Bahía de Dwejra en un periquete, aunque la frecuencia es cada hora. Una buena medida es acercarte a la estación el día de antes y anotar los horarios de salida, y no olvides ir con unos diez minutos de margen, porque podría salir antes de la hora. Yo escogí el que salía a las 8.25 a.m. La parada está clara: es la última del recorrido, junto a la misma costa.

Hasta el mes de marzo de 2017, este era el destino de muchos para ver la Azure Window, un enorme arco de piedra que se alzaba en la costa rocosa. Uno de esos decorados de la afamada serie Juego de Tronos. En esa fecha un gran temporal lo derrumbó y hoy no queda ni rastro.

Bajo del autobús antes de que den las 9.00 horas y no hay prácticamente nadie. Solamente un viajero con su mochila que anda por allí. Con pinta de acabar de recoger su tienda de campaña.

Primero, un vistazo al Mar Interior

Desde el autobús, bajando la última cuesta, veo que separado del mar hay una pequeña laguna y una gruta que se abre en la pared de roca. Alrededor hay casitas bajas y un pequeño muelle. Todo está cerrado. Las casitas lucen puertas de madera pintadas de distintos colores. Tienen cierto aire a pueblo árabe. Hay alguna barca en el agua, vacía, parada.

Dwejra en 7 dias en Malta y Gozo

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Leo en mi guía que se trata de un lugar llamado Mar Interior. Que está conectado al mar por un túnel de 100 metros que atraviesa la punta Dwejra. Y que la laguna se utiliza como puerto pesquero desde hace siglos. Se ve que es un buen sitio para venir a comer y a pasar el día, cuando los chiringuitos estén abiertos. Tienen un no sé qué estos sitios vacacionales cuando los visitas fuera de temporada. Entre desangelados y en paz.

Sin más dilación, vuelvo sobre mis pasos y me dirijo a los restos de la Azure Window. Quiero intentar, al menos, imaginar lo que fue. ¡Y sobre todo quiero empezar a ver los acantilados!

Cuando me quiero dar cuenta estoy metiéndome entre las rocas. La marea está baja. Hay algunos escalones labrados en la roca, muy desgastados. Pienso que en verano la gente debe de chapotear por aquí.

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Ahí estaba la Azure Window de Gozo

Me asomo todo lo que puedo y… no veo nada. Quiero decir, ningún resto o signo de la Azure Window. Sólo un pequeño promontorio en la parte superior de la pared.

Podía haber subido a la parte más alta en esa dirección, y continuar andando hacia el norte de la isla. Esta es la variante de la ruta por los acantilados de Gozo que yo no hice, así que no te la puedo contar. ¿Será ese tramo de costa tan espectacular como la que se extiende en dirección contraria? Todo apunta a que sí.

Vuelvo de nuevo sobre mis pasos y me detengo en la ancha plataforma de piedra caliza coralina. Arrugas, surcos que quizá fueron hechos por algún ser viviente de otra era, el agua que quedó atrapada. El estrato está plagado de fósiles: conchas y erizos de mar también conocidos como “dólares de arena”.

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Es fácil entretenerse un buen rato con estos detalles, alternando con el horizonte, tan próximo y tan lejano.

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A la izquierda, la primera gran visión de los acantilados que quiero recorrer. Parecen tan altos, tan inaccesibles…

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La torre de Dwejra (Qawra)…

De espaldas al mar, subo un poquito por la carretera. Un pequeño repecho del camino te lleva enseguida a la torra de Dwejra, que significa “casa pequeña”. Y como casi todo en estas islas, tiene otro nombre: Qawra, que significa “puesta de sol”.

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Lo primero que tienes que saber es que si hay una bandera ondeando al viento en la torre de Dwejra es que está abierta y puedes entrar a visitarla. Así era ese día.

Dentro me encuentro con un señor al cargo de la torre. Muy amable, me indica que puedo coger una hoja informativa plastificada con información en español “borracho”, pero más o menos comprensible.

La torre de Dwejra data del siglo XVII y es el único punto defensivo que la Orden de Malta decidió construir para proteger este tramo de costa. Un “comandante de la torre” y su ayudante fueron designados para hacerse cargo de las tareas de vigía y mantenimiento de los cañones, dirigiendo a otros cinco hombres. Además se encargaban (y cobraban por ello) de las cercanas salinas.

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Enfrente de la torre está la roca Fungus o Roca del General, que debe su nombre a la planta que allí crece y que los caballeros de San Juan recolectaban: cynomorium coccineus.

Esta era la principal razón para construir la torre: proteger a la Roca Fungus. Un islote de pura roca situado enfrente. Ahí empiezan los acantilados “altos”. Y es donde está la Bahía de Dwejra, que era una gran cueva que colapsó.

Esa planta tan valorada estaba muy muy cotizada, así que la exclusividad de su explotación era un asunto de Estado. Se creía que tenía grandes y buenas propiedades farmacológicas. Tanto para tratar hemorragias como para curar heridas, úlceras, disentería, y cómo no, enfermedades venéreas. Los estudios actuales han demostrado que puede bajar la tensión, y ya.

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En realidad los caballeros la conocieron a través de los árabes, quienes la llamaban “el tesoro de las medicinas”. Como no tiene hojas verdes, se le dio el nombre de fungus (hongo).

Resulta que este es el único lugar de Europa donde se encuentra esta planta, que es africana.

Los gozitanos tenían prohibido recolectar y vender la planta de la Roca Fungus. De hacerlo, serían castigados con tres años remando en las galeras. El gran maestre de la Orden, incluso, ordenó quitar todos los salientes de roca que facilitaban la escalada.

Volviendo a la torre de Dwejra, con la llegada de los franceses cayó en desuso. En las guerras mundiales volvió a jugar su papel, siendo oficialmente el puesto de observación nº3 en la II Guerra Mundial, pero después volvió a caer en el olvido y poco a poco se fue cayendo literalmente.

Din L-art Helwa, una asociación sin ánimo de lucro dedicada a la restauración y conservación del Patrimonio Histórico de Malta, la volvió a poner en pie.

Con estas historias en la cabeza, ahora sí, acometemos los acantilados en dirección a Punta Wardija

Aprovechando que el guarda de la torre es tan amable, le pregunto por el camino a seguir. Me dice que claro, que todo el mundo quiere hacerlo. Acto seguido, se levanta de su mesa y sale conmigo a la puerta para indicarme por dónde va el sendero. Un sendero estrecho que a veces se pierde, aunque como he dicho antes, seguir la línea de costa ya es una buena orientación.

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Primero una bajada que te sitúa frente a la roca Fungus y ese entrante de mar que en su día fue cueva. Completamente sola, o eso creía yo, contemplo el paisaje. Magnífico, y aún más  cuando llego a la cima de los acantilados, pero me estoy adelantando…

El pequeño misterio de las casetas

Paro a hacer unas fotos y cuando me doy la vuelta para hacer la primera subida bastante empinada, veo una caseta minúscula a unas decenas de metros. Me parece que dentro hay alguien, aunque no termino de apreciar ningún movimiento. Pongo la mano a modo de visera sobre mis ojos y en ese momento un brazo se agita y me indica la dirección de subida.

Un poco divertida, pienso que es otro “guarda”. Quizá el encargado de evitar que alguien se caiga por el acantilado. O de llamar a los servicios de emergencias en caso de que ocurra algo así, porque a la distancia que está, no llega a auxiliarte ni de broma.

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Asciendo hasta la parte más alta, perdiendo y encontrando el camino cada poco rato. En la parte superior, me encuentro con más casetas como la de abajo. Cada muy pocos metros hay una. Son como chabolitas hechas con cuatro ladrillos y un tejadillo de chapa o uralita. Todas vacías. ¿Llegarían los guardas más tarde, o es que hoy libran?

Un deporte que no conocía

Un poco más adelante veo a un señor de la isla, un gozitano. Está ocupado con unas jaulas, cada una con un pajarillo. De ahí proviene el trino incensante que me acompaña todo el tiempo y hace el paseo más delicioso si cabe.

En el suelo hay extendida una red de pesca cubriendo una porción de terreno. Es de forma rectangular y está asegurada por pequeños postes de hierro y cuerdas. El hombre está trabajando en ello.

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Me saluda con un poco de timidez, y yo aprovecho para preguntarle qué es eso. No entiende nada de inglés, y me mira con cara de “lo siento, no sé qué me dices”. Hago el gesto de disparar una escopeta, por saber si se trata de una práctica de caza. Dice “no” con la cabeza. Me despido y busco el camino, pero no lo encuentro. Bueno, sí, pero tengo que saltar una valla de piedra y no me convence por la altura que tiene. Un poco más arriba encuentro otro paso facilón y continúo.

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Desde ahí hasta Xlendi, a unos ocho kilómetros de distancia, todas las cumbres de los acantilados están plagadas de parcelitas con casetas, jaulas con pajaritos y señores con gorra pasando el día

Unos días después, el taxista que me llevó al aeropuerto me contó que es una afición (deporte, he leído después) de las islas bastante arraigada. Se dedican a atrapar pajarillos. No para comerlos sino para venderlos a los que quieren tenerlos en su jardín o terraza. Su padre era un apasionado de esto, pero a él no le gustaba nada.

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Caseta de trampero

El placer de caminar por caminar

Continúo andando en este escenario. El camino se abre paso a unos metros de la caída vertical al mar, así que no me da vértigo. A ambos lados hay hierba fresca, verde, que contrasta con el azul brillante del cielo y algunas nubes algodonosas.

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Cada recodo da paso a una preciosa vista de esas paredes de caliza. En el centro del día lucen blancas, y en el atardecer anaranjadas.

No me siento sola, pero sí afortunada de estar en soledad. Sin voces discordantes, sin conversaciones que te alejan del lugar. Sólo la brisa, el mar del que difícilmente despegas la mirada, los trinos de los pájaros.

Dice Saramago en su “Viaje a Portugal” algo así como que cuando el viajero lleva un tiempo solo andando por el campo, le entra complejo de Lobo Solitario y no le apetece volver a la ciudad…

Puedo entender que esos gozitanos tramperos se enganchen a la actividad de estar allí, en silencio. Lo que no me gusta es lo de que los pajaritos caigan en las redes.

Voy acercándome a Wadjira poco a poco. Avanzo a buen ritmo y encantada, con la sonrisa puesta, es tan bonito!! Por ahí hay un templo púnico excavado en la roca, pero en ese momento no lo sé y no lo veo. ¿Ves por qué es importante leer antes de ir?

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De click en click

A ratos dejo mi mente totalmente despejada. Abandonada a los sentidos de la caminata. No me siento cansada sino llena de vida y energía. A ratos me sumo en mis pensamientos, sin perder de vista nunca el entorno.

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Un nuevo trozo de acantilado. Click. Una barquita en el océano, cerca de las altas paredes. Click. Casetas de tramperos. Click, click, click para mostrarte aquí a qué me refiero. Para que no se me olvide nunca.

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El sendero se acerca peligrosamente al borde. Me olvido de aquél ataque de vértigo que tuve hace muchos años y me asomo cuidadosamente. Click para las aguas de transparencia y colores increíbles, con el teleobjetivo a tope.

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Me fijo en el terreno que piso. Hay alguna grieta que disecciona las rocas más próximas al borde. Me digo a mi misma que ojito, que esto podría ceder en cualquier momento y caerme abajo. La paz reinante hace que deseche esos pensamientos, pero me obligo a estar atenta.

Llega la hora de perderse

De repente llego a un tramo de camino más ancho, más hecho. El terreno está más labrado, y a mi izquierda la ladera se divide en parcelas, cada una con su caseta. En algunas hay un trampero paciente, refugiado del sol.

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Empiezo a ver carteles de “propiedad privada, por favor no pasen por aquí”. Me inquieto un poco, no quisiera que alguno de esos hombres se enfade conmigo. Y no veo claro por dónde avanza el camino junto a los acantilados, siguiendo la línea de la costa hacia el pueblo de Xlendi, que ya asoma a lo lejos.

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Decido ir “tierra adentro”. Cuando me quiero dar cuenta, entre vallas de esa misma piedra caliza de los acantilados, llego a una carretera por donde pasa algún que otro camión. Echo a andar, siempre en dirección a Xlendi.

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Justo antes de llegar a un pueblo, veo a un policía en moto que para junto a la carretera. No sé qué hace allí, pero decido preguntarle por el camino de los acantilados. Hay una pista que parece ir en esa dirección, a mi derecha, tras cruzar un puente. Pero él me dice que no, que siga por la carretera hasta Xlendi. La ruta de los acantilados no es nada segura, y hay trozos cortados o a punto de derrumbarse.

Le doy las gracias y continúo por la carretera, mientras me pregunto qué pensaría del trayecto que he hecho antes de llegar a este punto. Sin embargo, como una buena chica, le hago caso. Lo malo es que esto me obliga a dar una tremenda vuelta hasta alcanzar Xlendi.

Con el mapa en el móvil consultándolo cada poco tiempo, paso por el pueblo de Kercem y tomo un atajo, unas calles a mi derecha que me llevarán a cruzar de manera más eficiente hacia el valle de Xlendi que se precipita al mar.

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Este desvío “seguro” significa algo más de una hora andando bajo el sol, que ya molesta.

Por fin enfilo la carretera que baja al objetivo que me había marcado con más o menos claridad para ese día.

Xlendi y su bahía, un lugar perfecto para comer y descansar

Pues sí, por fin llego a Xlendi. Un pequeño puerto con aguas transparentes, encajado en los acantilados. En el poco espacio disponible, y en primera línea de mar, hay cuatro o cinco restaurantes. Debajo, una playa minúscula donde algunos críos se divierten cogiendo piedrecitas para tirarlas al agua.

Los edificios no son nada bonitos. Construcciones que te recuerdan a la costa levantina española. Al menos no son demasiado altos, ni demasiados en número. Menos mal.

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Siento el cansancio después de una mañana larga andando… ¿cinco horas? algo así. El último tramo se me hizo cuesta arriba, al tener que dar esa vuelta que yo consideraba un poco tonta. Aún sigo preguntándome si habrá un camino practicable por esa parte de los acantilados.

Elijo el restaurante que tiene toda la terraza al sol, sin sombrillas. La temperatura es buena pero tampoco para huir de él. Las mesas y sillas son de madera y están pintadas de verde y amarillo, muy Mediterráneo todo. También me seduce la bienvenida tranquila y acogedora de la señora del restaurante, que me indica cuáles son los platos del día. Me quedo con los mejillones en salsa de ajo, y para esperar me traen unos cuencos con una especie de puré de berenjenas, salsa de tomate y otra ensalada de hortalizas, así como pan gozitano. Todo incluido en el precio, como me aclara la buena mujer. El sitio se llama Il-Kcina Chawdxija, por si vas por allí.

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Como tranquilamente y charlo con la pareja que se sienta en la mesa de al lado. Ella es de Malta, y él inglés afincado aquí. Hablamos de todo un poco, muy majos!! El resto de la comida lo dedico a escribir en mi diario mientras saboreo la rica comida y me planteo qué hacer a continuación.

Dicen que Xlendi era conocido como “el puerto de las mujeres” por ser esta una zona de baño reservada para ellas.

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Después de comer, decido continuar hasta donde llegue… y después ya veremos

Primero me acerco al agua. Es tan transparente que invita a verla de cerca. Mientras veo que está llena de peces, me doy cuenta de que vuelvo a encontrarme bien y como mínimo quiero acercarme a ver una salinas excavadas en la plataforma de roca que hay un poquito más adelante, junto a otra torre defensiva.

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Una vez allí, no quiero más que continuar!!

Porque no te cansas de admirar esas moles llamadas acantilados. Porque la promesa de una buena puesta de sol en el mar me da impulso. Que anochezca tan pronto, antes de las cinco de la tarde (Diciembre), también es otra motivación porque sabes que no te quedan muchas horas por delante 😉

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No puedo haber elegido mejor. A partir de ese momento, cada curva es un nuevo “ooohhh, qué bonito!!”. En algunos momentos me acuerdo mucho de los acantilados de Moher, en Irlanda.

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Avanzo por el tramo llamado acantilados de Sanap. Desde ahí las vistas se amplían a la isla de Comino y la costa norte de Malta. Ver alguna barca navegando es más frecuente. Otra cosa para hacer, si vuelvo, es hacer una excursión desde el mar, sí.

Sanap, del maltés “senapa”, es el nombre de la planta de la mostaza, uno de los cultivos que es posible hacer en esta zona.

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Vistas desde los acantilados de Sanap. Al fondo, los de Ta Cenc. A la derecha, Comino y Malta.

Siguiente y última etapa, los acantilados de Ta Cenc

Ahora ya tengo claro que quiero llegar a los acantilados de Ta Cenc, más adelante. En realidad no queda tanto, así que sigo y sigo.

En un momento dado me encuentro con un camino empedrado y cuidado. Es una zona habilitada como mirador a la que se puede llegar en coche. Las vistas de este panorama grandioso son muy buenas, pero no envidio al que llega por carretera. Mucho mejor andando.

Hay algunas personas, no llegan a media docena pero se me antojan una multitud. También alguna pareja de malteses de mediana edad que va andando delante de mi. ¿Será este su “camino del colesterol”? ¡¡Afortunados!!

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ruta por los acantilados de gozo sanap_

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La luz va cayendo. Click, click. No paro de hacer fotos. Me digo a mi misma “verás para seleccionar…”. Los acantilados van tornando a un color dorado.

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La puesta de sol se acerca y yo quiero fotografiar el “rayo verde”. Ese último rayo que es un efecto óptico y que sólo se puede ver si el horizonte está muy muy despejado. Lo había visto unos días antes en los acantilados de Dingli. En aquel momento no tenía la cámara a punto, y además me quedé extasiada contemplándolo. Son unos segundos. Esta vez no quería fallar, quería inmortalizarlo.

Sigo avanzando, de nuevo cansada. Sin razonar, continúo por el camino y al final casi me despeño. Es al llegar a un tramo demasiado pegado al cortado. Casi me doy de narices contra un muro de piedra, alto, que impide avanzar aunque el muro extrañamente sigue la curva inclinada hacia el precipicio. Una especie de “trampa visual”. Te juro que hasta que no toqué el muro no me di cuenta del obstáculo que representaba. Vuelvo atrás, pegada a la pared, y ahí sí tengo un conato de vértigo muy desagradable. ¿Te he dicho ya que estos acantilados tienen unos 130 metros de altura?

Mi idea era ir más al sur, junto a un hotel que está sobre los acantilados y en el pueblo de Sannat, punto de entrada a la meseta de Ta Cenc si vienes directamente de la capital.

Parece que por allí hay surcos de carros y un dolmen. Huellas de los antiguos habitantes de Gozo. Decido entrar al pueblo y rodear ese muro, que probablemente sea del hotel. Alguien me indica por dónde debo ir, una carretera secundaria por la que no se ve un alma.

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Vistas del interior de Gozo mientras doy la vuelta por Sannat

Las sombras se alargan y me acelero. Temo no llegar, o perder la perspectiva del sol. Afortunadamente encuentro enseguida un camino entre las hierbas que se dirige al mar. Llego al final y de nuevo me encuentro sola ante un magnífico panorama. ¡Ahora sí! Me acomodo y espero. Click. Click.

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Entonces, una gran nube traicionera tapa la línea del horizonte justo donde el sol se esconde, justo en los últimos segundos. Justo cuando se puede ver el rayo verde. Nada, no pudo ser. Hubiera sido demasiado bonito, demasiado perfecto.

Francamente me da igual, todo esto es un lujazo.

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La nota triste del día

Empieza a hacer frío y vuelvo sobre mis pasos hasta la parada del autobús que me llevará a Victoria. No sé por dónde andan el dolmen y los surcos de carros, así que lo dejo estar. La noche se echa encima rápidamente y no quiero que me pille en medio de ese campo solitario aunque me cruzo con algunas personas, parecen del pueblo, andando por allí.

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Tengo que esperar casi una hora en la parada. Mientras tanto, presencio una bronca tremenda entre vecinos. Es en una tienda que está un poco más arriba. Al principio los gritos vienen del interior, pero luego salen a la calle. Algún pequeño enganche, más gritos, unos separando a otros. Al final uno de los contendientes se va muy airado en su coche, a toda velocidad.

Me digo a mi misma que esos pueblos que recorres con mirada bucólica, pensando “qué paz! me vendría a vivir aquí una temporada!”, tienen su lado oscuro. Espacios un tanto oprimentes, en los que la convivencia no es fácil. Viejos dramas, rencillas, tensiones, están ahí. Invisibles para el forastero, pero están ahí. Del mismo pueblo o entre pueblos vecinos, lo mismo da.

¿Qué me faltó?

Como he dicho al principio, haber caminado hacia el norte desde Dewjra, porque desde allí se ve una buena porción de acantilados plegándose y desplegándose en sus curvas.

También haber continuado hacia el sur desde Ta Cenc, hasta el pueblo de Mgarr. Hubiera sido otra hora más de camino, unos 4 km si vas pegado a la costa y siguiendo sus curvas.

Para terminar, aquí tienes el mapa de la ruta por los acantilados de Gozo

Si lo consultas en detalle, verás que el tramo entre Xlendi y Ta Cenc no está bien “dibujado” en el mapa porque Google no me deja. No hay puntos de referencia intermedios para guiarle. Pero si lo amplías, verás que hay un nítido camino que va pegado a la costa. Esa es la mejor elección, desde mi punto de vista 🙂


 

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