Ruinas budistas de Pakistán: la ruta de Takht-i-Bahi, el valle de Swat y Taxila

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Por Alicia Ortego

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Cuando pienso en Pakistán, lo primero que me viene a la cabeza son las montañas. Ochomiles, glaciares, valles imposibles. De lo que casi nadie me había hablado antes de ir es de su pasado budista. Y sin embargo ahí está, tallado en piedra. En este artículo me meto de lleno en esa historia, siguiendo la misma ruta que hice yo: desde el valle de Swat hasta las puertas de Islamabad, pasando por dos de los yacimientos más importantes del país. Descubre conmigo las ruinas budistas de Pakistán más importantes.

El legado budista de Gandhara y el valle de Swat (antigua Uddiyana)

Ya conté de pasada, en mis curiosidades de Pakistán, que el norte del país fue durante siglos parte del reino de Gandhara, mucho antes de que el islam llegara a esta región. 

El valle de Swat es, hoy, sinónimo de montañas verdes y ríos de deshielo. Muchos lo llaman «la Suiza de Pakistán». Pero hace dos mil años esta misma tierra tenía otro nombre y otro papel: se llamaba Uddiyana, y era uno de los territorios más sagrados del budismo.

Los textos antiguos hablan de ella como una región de meditación y aprendizaje, y algunos estudiosos sitúan aquí el nacimiento de Padmasambhava, la gran figura que llevó el budismo Vajrayana al Tíbet, donde se le conoce como Guru Rimpoche.

El valle de Swat vivió su momento de máximo esplendor budista entre los siglos II y IV, coincidiendo con el auge del Imperio Kushán. Fue entonces cuando se levantaron la mayoría de estupas y monasterios que hoy están en ruinas por todo el valle.

El budismo Mahayana era la corriente dominante, y Swat funcionaba como una prolongación natural de Gandhara, cuyo centro estaba algo más al sur, entre Peshawar y Taxila.

Antes de todo esto, Gandhara había sido una provincia del Imperio aqueménida persa. Con la llegada de Alejandro Magno y, sobre todo, con la conversión al budismo del emperador maurya Ashoka, la región se transformó en uno de los grandes focos culturales y religiosos de Asia.

De ese cruce de civilizaciones —persas, griegos, indios— nació el llamado arte grecobudista, con esculturas de Buda que combinan gestos y proporciones clásicas griegas con la iconografía india.

rostro de buda tallado en piedra del museo de taxila
Rostro de Buda expuesto en el Museo de Taxila – Ruinas budistas de Pakistán

De los túneles de Lowari al valle de Swat: Dir y el encuentro con Shuleyma

Para llegar hasta aquí atravesamos los túneles de Lowari en medio de un paisaje alpino. Al salir de los mismos, viniendo de los Valles Kalash, nos encontramos con un control policial y militar serio, de esos que no dejan lugar a dudas sobre dónde estamos. Entramos en el distrito de Dir, en lo que fue la antigua provincia de la Frontera del Noroeste.

Esta zona, junto con el valle de Swat, estuvo bajo dominio talibán entre 2011 y 2015. La frontera con Afganistán sigue siendo muy permeable por aquí, y se dice que hay células yihadistas aún operativas. Por eso, la policía y el ejército pakistaníes están siempre alerta, especialmente con los turistas que se aventuran por la zona.

control de policía antes de entrar en los túneles lowari
Primer control antes de entrar en los túneles Lowari
camión muy cargado de sacos en la carretera
El camino hacia el valle de Swat está repleto de camiones muy cargados

El encuentro con Shuleyma

Mientras esperábamos a que el equipo local hiciera las gestiones y papeleos típicos de un control así, conocimos a Shuleyma, y fue un encuentro que nos impactó.

Shuleyma vende mazorcas de maíz junto a su padre y sus hermanos, al borde de la carretera. Es una niña inteligente, vivaz, alegre. Su padre le ha enseñado inglés y lo habla muy bien. Eso fue lo que nos llamó la atención y, después de hablar un rato con ella, nos llevó a conocer a su padre, que estaba asando las mazorcas un poco más adelante.

El padre de Shuleyma nos saludó con una educación exquisita, y nos contó que había sido piloto de caza en el ejército pakistaní. Participó en una de las guerras de Irak, además de otros conflictos (India, Afganistán). No sabría decir su edad. Quizá 50 años, quizá 60 años.

Nos contó que en toda la aviación militar sólo había habido dos pastunes, él y otro piloto que, según nos explicó, había llegado a subir a la estación espacial Mir y ahora vivía en Alemania. Él mismo, nos dijo, habla catorce idiomas, entre ellos ruso e inglés.

Fue en Irak donde se dio cuenta de que lo que bombardeaba no eran objetivos. Eran viviendas con gente dentro. Personas. Vidas. Y la cabeza le dio la vuelta.

Dejó el ejército. Escribió un libro que nadie quiere publicar, ya que habla sobre las miserias del ejército y de la guerra en general, y decidió llevar una vida lo más honrada posible.

Su sueño es construir un alojamiento en esas montañas, “Para que la gente que pase por aquí pueda tomarse el tiempo de quedarse uno o dos días y disfrutar de esta naturaleza”.

Nos despedimos con lágrimas en los ojos, porque fue una conversación increíble. Después, en el camino, no dejé de pensar en cuántas historias puede haber detrás de esos vendedores de fruta o cacharros. Las apariencias pueden engañar mucho.

Al año siguiente, envié unos regalos a Shuleyma a través del guía que volvía por allí, y me enviaron un vídeo con la entrega. De nuevo se me saltaron las lágrimas. Sé que ella sigue allí porque los guías pakistaníes me envían algún vídeo de vez en cuando. Y sé que sigue con su sonrisa y determinación, aunque en ese punto aciago de vendedora ambulante. Ojalá su suerte cambie.

retrato de shuleyma con su cesto en la cabeza
Shuleyma

A partir de este punto nos pusieron escolta: un vehículo con sirena y dos policías armados abriendo camino. Cada cierta distancia la escolta cambiaba y podía ser una pick up con un par de polis en la parte trasera, una moto pequeña, un cochecito… La verdad es que muchos medios no tienen.

escolta en moto en el valle de swat
«Anti Terrorist Squad» pone en la espalda de este policía, nuestra escolta por un rato en el Valle de Swat

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La carretera es todo un espectáculo. Los camiones son más impresionantes y van más cargados que en otras zonas en las que habíamos estado. Las montañas, muy verdes, van dando paso al ancho valle de Swat. Las ciudades son un hervidero de gente y mercancías.

Muchas de las mujeres que vemos por el camino llevan burka. No deja de impresionar esa cárcel en movimiento que despersonaliza totalmente a quien está dentro. Las fotos, por cierto, hay que hacerlas muy discretamente. Si te pillan, puedes tener un enorme problema porque has mancillado el honor de la familia.

Los hombres pastunes, en cambio, lucían largas barbas blancas y vestían de un blanco impecable, elegantes hasta en el polvo de la carretera.

Dormimos en Mingora, la ciudad principal del valle de Swat, y al día siguiente por la mañana pusimos rumbo a las ruinas.

paisaje de montañas verdes del valle de swat
Paisaje de montañas verdes y campos agrícolas que da paso al Valle de Swat
mujer con burka sentada en la parte de atrás de una moto
Carretera de camino al Valle de Swat
camión lleno de sacos amarillos y dos hombres descargando
Actividad sin parar en el Valle de Swat

Takht-i-Bahi: el monasterio budista mejor conservado de Pakistán

Bajamos por el paso de Malakand, el que separa administrativamente el distrito de Swat del de Peshawar, y llegamos a Takht-i-Bahi.

El nombre viene del persa y del urdu: takht significa «trono», y bahi, «agua» o «fuente». Se llama así porque el monasterio se construyó en lo alto de una colina, junto a un manantial.

Este complejo monástico se extiende por 39,28 hectáreas en lo alto de una colina, a 500 metros de altitud y 65 metros por encima del aparcamiento, algo pensado, ya en su día, para proteger tanto el paisaje como el propio yacimiento.

ruinas budistas de pakistan takh-i-bhati
Ruinas budistas de Pakistán: Takht-i-Bahi

Estuvo en funcionamiento desde el siglo I a.C. hasta el siglo VII d.C., repartido en cuatro fases constructivas. Es, con diferencia, uno de los monasterios budistas mejor conservados de todo Pakistán, y así lo reconoció la UNESCO al declararlo Patrimonio de la Humanidad en 1980, junto con las cercanas ruinas de la ciudad fortificada de Sahr-i-Bahlol.

Su buena conservación se debe, precisamente, a su ubicación: al estar en lo alto de una montaña, se libró de buena parte de las invasiones que arrasaron otros centros budistas de la región. La cordillera que rodea los restos ha sido declarada área arqueológica protegida.

Las ruinas de este complejo comprenden un patio principal de estupas, un patio de estupas votivas, capillas, un cuadrángulo monástico, celdas de meditación, pasillos cubiertos y otros muchos edificios seculares.

En el patio principal se conservan las bases de 35 estupas, aunque casi todo el arte budista original —estatuas, relieves, estucos— fue destruido en el siglo V por los hunos, que asolaron sistemáticamente los centros budistas de Gandhara.

Aun así, caminar entre los muros de piedra que quedan, con las celdas de los monjes, las salas de reunión y la plataforma de la estupa principal, da una idea muy clara de cómo funcionaba la vida monástica hace dos mil años.

patio central de las ruinas budistas de takht-i-bahi
Patio central con las bases de las estupas de Takht-i-Bahi – Ruinas budistas de Pakistán
cámara oscura con puerta iluminada por el sol al fondo
Acceso a las antiguas celdas de los monjes de Takht-i-Bahi – Ruinas budistas de Pakistán

Un nombre que sigue siendo un misterio

Hay un detalle de Takht-i-Bahi que me llamó especialmente la atención, y lo leí en el propio cartel informativo del yacimiento: ni siquiera se sabe cómo se llamaba originalmente este lugar.

Los famosos peregrinos budistas chinos Fa Xian, Song Yun y Xuanzang recorrieron Gandhara en los siglos V, VI y VII, y ninguno menciona este complejo en sus crónicas. Es posible que para entonces ya estuviera abandonado.

El primer registro escrito de su existencia en tiempos modernos data de 1836, de la mano de un oficial francés al servicio del gobernante sij Ranjit Singh. La primera excavación arqueológica en condiciones no llegaría hasta enero de 1907, de la mano del Dr. Spooner, y se prolongó hasta 1908-1909.

Tras un nuevo impulso entre 1910 y 1913, las excavaciones quedaron paradas durante 90 años, hasta que los arqueólogos pakistaníes las retomaron en 2003. Hoy sólo se ha excavado alrededor del 30% del yacimiento.

panorama desde arriba de las ruinas de takht-i-bahi
Visitantes en Takht-i-Bahi – Ruinas budistas de Pakistán

Gracias a estas campañas se han desenterrado numerosas esculturas de piedra y estuco que hoy se reparten entre varios museos de Khyber Pakhtunkhwa, sobre todo el Museo de Peshawar, que alberga la mayor colección de arte de Gandhara del mundo.

Muchas de esas piezas narran la vida de Buda, antes y después de su nacimiento, y permiten seguir la evolución del propio arte de Gandhara a lo largo de los siglos. El sitio fue declarado protegido en 1916, más de sesenta años antes de entrar en la lista de la UNESCO.

Cómo es la visita

Nosotros lo visitamos ya entrada la mañana, y el calor apretaba muy en serio. Apenas hay sombra en todo el yacimiento, así que el sol cae a plomo sobre las piedras y sobre quien camina entre ellas. Conviene ir con calzado cómodo, gorra y mucha agua, porque no hay dónde resguardarse hasta terminar la visita.

Los grupos son acompañados por policías armados que están allí para esto. Eso sí, los polis hacen de turistas con nosotros. Nos hacen fotos con sus móviles, quieren posar contigo…

escolta haciéndonos una foto en las ruinas budistas de pakistan
Uno de nuestros escoltas haciéndonos un «robado» y yo a él – Ruinas budistas de Pakistán

Takht-i-Bahi sigue siendo hoy un lugar de peregrinación para budistas de todo el mundo. No es raro cruzarse con grupos de monjes y peregrinos, sobre todo de países del sudeste asiático y de Corea del Sur, que llegan hasta aquí para rendir homenaje a uno de los últimos grandes testimonios en pie del budismo Mahayana en Gandhara.

Precio de la entrada: 500 rupias pakistaníes (PKR) por persona, más 500 PKR adicionales si llevas cámara de fotos. Los precios pueden cambiar, así que tendrás que confirmarlos.

muralla de takht-i-bahi
Ruinas budistas de Pakistán – Takht-i-Bahi

Camino a Islamabad: el Museo de Taxila y la antigua Takshashila

Desde Takht-i-Bahi continuamos viaje hacia Islamabad. A medio camino, ya bajando hacia el Punyab, hicimos parada en Taxila.

Aquí hay varios yacimientos arqueológicos, pero están repartidos en un radio de unos diez kilómetros y nosotros no teníamos mucho tiempo, así que nos limitamos al Museo de Taxila, que merece la pena por sí solo.

Taxila es, en realidad, la antigua Takshashila, uno de los centros urbanos y de enseñanza más importantes del subcontinente indio. El nombre deriva del sánscrito y suele traducirse como «la roca cortada a cincel», en referencia a la piedra tallada que caracteriza buena parte de sus construcciones.

Aquí funcionó, entre el siglo V a.C. y el siglo II d.C., lo que algunos historiadores consideran una de las primeras instituciones de enseñanza superior del mundo, mucho antes de que existieran las universidades como las conocemos hoy.

Por Taxila pasó Alejandro Magno en el año 326 a.C., de camino a su enfrentamiento con el rey Poro. Ese contacto con el mundo helenístico dejó una huella profunda.

Con el paso de los siglos, reinos grecobactrianos gobernaron la región y su influencia se fusionó con el budismo que había traído el Imperio maurya.

De ahí nace el característico arte grecobudista de Gandhara, con Budas de rasgos casi clásicos, togas con pliegues de inspiración griega y columnas jónicas en templos dedicados a divinidades muy distintas de las del Olimpo.

Fue precisamente el emperador Ashoka, nieto de Chandragupta Maurya, quien impulsó con fuerza la expansión del budismo por toda la región tras su conversión.

Bajo su patrocinio se construyeron numerosas estupas y monasterios, tanto en Taxila como en el valle de Swat, convirtiendo Gandhara en uno de los grandes centros religiosos de Asia durante varios siglos.

El Museo de Taxila

Fundado en 1928, el Museo de Taxila es pequeño pero está muy bien planteado, y no hace falta más de una hora para verlo con calma.

A pesar de su tamaño, aquí se exponen más de 7.000 objetos entre piedra, terracota, hierro, plata, oro y piedras semipreciosas, objetos que se remontan hasta el 600 a.C., 

Buena parte de lo expuesto procede de los yacimientos arqueológicos que salpican el valle de Taxila, también inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO: los restos de las tres ciudades antiguas —Bhir, Sirkap y Sirsukh—, que reflejan las sucesivas dominaciones persa, mauriya y griega de la región, además de las antigüedades neolíticas encontradas en Serai Khola y Hathial.

A eso se suman las piezas procedentes de estupas y monasterios budistas cercanos como Dharmarajika, Jaulian, Mohra Muradu, Bhamala, Kalawan o Giri, entre otros.

Con esculturas y relieves en piedra y estuco, el museo ilustra perfectamente ese mestizaje greco-búdico del que hablaba antes.

Si te interesa la historia, es una parada que compensa aunque sólo dispongas de un rato de camino a Islamabad, como fue mi caso.

Desde aquí, la carretera sigue hasta Islamabad, donde ya conté qué ver en mi guía de Islamabad y Rawalpindi.

sala principal del museo de taxila
Sala principal del Museo de Taxila – Ruinas Budistas de Pakistán
estatua sin cabeza con claros rasgos griegos
Estatua que recuerda muchísimo a las griegas en el Museo de Taxila – Ruinas Budistas de Taxila

Consejos prácticos para visitar las ruinas budistas de Pakistán

El calor, un factor a tener muy en cuenta. No hace falta esperar a agosto para pasarlo mal con el calor en esta zona de Pakistán. De junio a agosto las temperaturas pueden ser extremas, y en yacimientos como Takht-i-Bahi, sin apenas sombra ni infraestructura pensada para el turista, el calor se nota mucho más que en una ciudad.

Si puedes elegir, la primavera (marzo-mayo) o el otoño (septiembre-noviembre) son mucho más llevaderos. Si vas a viajar en pleno verano, como hice yo, lleva agua de sobra, protección solar y calzado cómodo, y evita las horas centrales del día si puedes organizar así la visita.

Seguridad en la ruta Malakand-Swat. Es una zona que estuvo bajo control talibán entre 2011 y 2015, y por eso la policía y el ejército mantienen controles constantes, sobre todo en el tramo entre Dir y Swat. Es probable que te asignen escolta si viajas por esta ruta, como nos pasó a nosotros. No es motivo de alarma, es una medida de precaución extra.

Seguro de viaje. Para un país como Pakistán, con tramos de carretera de montaña, controles de seguridad y zonas remotas, un buen seguro de viaje no es opcional. Yo recomiendo dos opciones: IATI Seguros (tienes un 5% de descuento en todos sus seguros con mi enlace) y Intermundial (con un 10% de descuento). Ambas tienen planes que cubren bien este tipo de viajes, así que compara coberturas y precios antes de decidir.

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De aquellos dos días de muchas horas de carretera me quedan varias imágenes difíciles de olvidar: la sonrisa de Shuleyma y su padre, las mujeres con burka, los camiones multicolores, el silencio de piedra de Takht-i-Bahi bajo un sol de justicia. Pakistán es así, un país donde dos mil años de historia y la vida cotidiana conviven a un par de curvas de distancia. Si algún día bajas al valle de Swat, no te quedes solo con las montañas. Las ruinas budistas de Pakistán merecen la parada.

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