tombuctu mali

Tombuctú, la Atenas africana, la Meca del Sáhara, La Roma de Sudán… estos son apelativos dedicados a esta ciudad, testigos de su memoria de leyenda.

Por fin, temprano, nos levantamos para recorrer Tombuctú. A la luz del día van apareciendo los testimonios de ese gran centro caravanero, el más importante, de las rutas del comercio transahariano entre el Golfo de Guinea y el Mediterráneo.

Las casas lucen puertas y ventanas ricamente labradas al estilo marroquí, y hay mezquitas de arquitectura sudanesa. Esta ciudad es Patrimonio de la Humanidad, y no es para menos.

Tombuctú y sus lazos con España

Nos dirigimos a la mezquita de Djingareiber, erigida por un granadino de Al-Andalus que acabó aquí después de muchos viajes y vicisitudes, al ser exiliado de la Península: Es-Saheli. Hablamos del año 1325, el de la construcción de la mezquita.

cartel de la calle djingarey-ber en tombuctú
hombres vestidos de azul entrando en la mezquita tombuctú
puerta ornamentada de tombuctú

Como siempre, me quedo «enganchada» contemplando el adobe. Su superficie irregular, su color cálido, su relieve, su factura claramente humana y al mismo tiempo natural.

Ibn Battuta llegó a Tombuctú, y quizá contribuyó con su relato de viaje al mito de esta remota ciudad

De ahí, nos adentramos en las calles. La gran mayoría están sin pavimentar, porque esta no es una ciudad rica. Vamos encontrándonos con los recuerdos y vestigios de ese pasado de viajeros y conquistadores que suspiraban por llegar aquí. Algunos lo lograron, como Gordon Laig y René Caillié, aunque sólo este último volvió a su país y lo pudo contar en primera persona.

puerta de la casa donde estuvo ibn battuta en tombuctú

Y alguno más remoto y para mi quizá más interesante: Ibn Battuta, quien llegó a Tombuctú  unos años después de la construcción de Djingareiber.

Ibn Battuta fue un gran viajero, contemporáneo de Marco Polo, nacido en Tánger. Durante 20 años recorrió buena parte del mundo conocido, incluyendo el sur y el este de Europa, Oriente Medio, India, Asia Central, sureste asiático y China, además del norte y centro de África.

Una placa nos avisa de que se alojó en esa casa. ¿Será cierto? ¿puede la memoria llegar tan lejos, mantenerse desde el siglo XIV? Quién sabe, pero desde luego emociona pensar que sí.

niños caminando por las calles de tombuctú

Conociendo la Tombuctú de hoy

Al doblar una esquina, aparece una escuela tradicional. Los chicos y algunas chicas están aprendiendo el Corán. Para ello copian las suras en tablillas de madera, con cañas de pluma y tinta china que luego borrarán para volver a utilizarlas. Este es el modo tradicional de aprendizaje, practicado en las madrasas desde hace siglos y aquí sigue siendo así.

El maestro nos señala no sin cierto orgullo a uno de los alumnos, ya adolescente, que está a punto de llegar al gran objetivo de saberse de memoria el Corán. Entonces será, según la tradición islámica, considerado como alguien de respeto.

niños de la madrasa de tombuctú

Me fascina encontrar esas escenas del pasado perfectamente incorporadas a la vida del siglo XXI,. Pero no me gusta pensar que siga el empeño por mantener un método de «aprendizaje» tan rígido en calidad de principal herramienta de conocimiento. Y precisamente aquí, en Tombuctú.

niño copiando aleyas del corán en tombuctú
estudiantes con sus tablillas en tombuctú

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El gran legado de Tombuctú, que hoy corre peligro una vez más

En Tombuctú se guardan miles de manuscritos antiguos, algunos del siglo trece, que versan sobre asuntos religiosos, comerciales, científicos. Están escritos en árabe, hebreo y castellano aljamiado (textos escritos en español pero en caracteres árabes, producidos por los últimos musulmanes que vivieron en territorio cristiano entre los siglos XV y XVII).

¿Qué  hacen aquí esos manuscritos?

hombre de tombuctú vestido de blanco fumando pipa

A un centro caravanero como éste no sólo llegaban materias de comercio y riquezas, sino también cultura y libros.

En Al-Andalus, El Cairo, Fez, Arabia, se generaba cultura. Se enseñaba y se formaba a intelectuales, y algunos de ellos acababan viajando en esas caravanas, acompañados de sus libros.

Se establecían en nuevos países y ciudades. Daban clases, generalmente para extender y afianzar el Islam, pero muchas veces para transmitir también otras ciencias. A partir de ahí se formaba una nueva demanda de libros, traídos de esos lejanos centros de saber -en forma de copias manuscritas-.

Además de Tombuctú, Chinguetti y Walata en Mauritania, fueron ciudades donde esos intelectuales se asentaron. Su legado se transmitió de generación en generación. Las familias guardaron esos libros, ese saber sin el cual la memoria se perdería. Conscientes de su valor, puede que incluso protegiéndolos con su vida en las guerras y conflictos que vivió la región a través de los siglos.

Ismael Diadié es uno de sus descendientes y él ha sido quien ha impulsado la biblioteca Andalusí de Tombuctú, que reúne unos 3.000 volúmenes. Fuimos a verle, pero no estaba en la ciudad y apenas pudimos vislumbrar alguna de las salas de la biblioteca. Lo que más pena me dio fue no poder hablar con él.

biblioteca andalusí de tombuctú

Hay otras bibliotecas y allá que nos fuimos para poder contemplar algunos de esos manuscritos. Son realmente fascinantes.

manuscritos antiguos de tombuctú
manuscritos antiguos de tombuctú
mezquita de arquitectura saheliana en tombuctú

Otra mezquita preciosa, posterior a Djingareyber, es la de Sankoré. Cuenta la tradición que fue construida por una devota bereber que quería tener en Tombuctú una réplica del recinto sagrado de la Meca. Se sabe que data del siglo XV y fue una importante madrasa.

bidón de la wehrmacht de 1942 en tombuctú

En nuestros paseos por la ciudad, antes de que el calor apriete tanto que tengamos que ir en busca de un refresco y sombra, a ser posible con ventilador, aparecen sorpresas y curiosidades casi inimaginables. Por ejemplo, un bidón de los alemanes, de la II Guerra Mundial! :-O

Pero quizá, lo que más recuerdo son las calles y la vida que pasa por ellas. Los tuareg y otros africanos a los que ya he acostumbrado mi mirada. El té verde fuerte, amargo y dulce a la vez, el más rico de todos los que he probado nunca. El bullicio del mercado.

hombre haciendo té en tombuctú
carnicería y gente pasando delante en tombuctú
hombre andando con hacha neolítica al hombro en tombuctú

Tombuctú ha quedado al fin en mi memoria, cargada de magia.

Seguramente algo idealizada como todos esos lugares que de alguna manera te han marcado.

Recuerdo perfectamente cómo, al poco de llegar allí, pensé «estoy muy lejos, estoy en medio de la «nada», estoy en la ciudad mítica de Tombuctú».

hombre pasando con burritos cargados delante de otro sentado a la sombra en tombuctú
artesano tuareg en tombuctú

Yo no sé a vosotros, pero no siempre logro pararme a cobrar conciencia in situ de dónde estoy. Al menos no de esta forma, como si mirara desde arriba, como si no fuera yo quien lo pensara.

Muchas veces llegas a los sitios y lo sientes como algo normal. Es parte del camino que has recorrido y bien, has llegado y lo disfrutas, pero no te paras a pensarlo realmente, a cobrar total conciencia del camino que has hecho y sobre todo de dónde estás. Seguramente lo hagas después, con tiempo y reposo, a la vuelta del viaje o cuando ya estás en una nueva etapa del mismo. Aquí sí me ocurrió, quizá porque era uno de mis destinos realmente soñados, anhelados.

atardecer con la mezquita y el desierto al fondo en tombuctú

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