viaje a iran

En estos días en que nos llegan imágenes de un grupo de exaltados destrozando la embajada de UK en Teherán, difíciles de diferenciar de aquellas que dieron la vuelta al mundo a finales de los años 70, cuando el ayatollah Jomeini llegó al poder gracias al hábil manejo de la Revolución popular contra el Sha de Persia (que también fue un gobernante sanguinario y represor).

En estos días en que los medios de comunicación especulan con la posibilidad de una nueva guerra, ahora que se da carpetazo a otras (Irak, Libia, Afganistán), de Occidente contra Oriente, en este caso contra Irán, ya que la industria armamentística y el puro sentido de los ejércitos tienen que renovarse, para no morir…

En estos días, las tripas y el corazón me piden a gritos que os hable de mi viaje a Irán.
Un viaje fantástico, porque encontré un país que no tenía nada que ver con esas imágenes que nos llegan a través de los medios.
Sobre todo, y por encima de todo, por sus gentes. Las gentes del pueblo, las que encontré en las calles y con las que tuve la oportunidad de hablar todo lo que el idioma y el tiempo nos dieron de sí… porque en Irán la gente quiere hablar contigo, y no del tiempo, precisamente.
Aquellos que, como yo, ya habéis tenido la suerte de viajar allí, sabéis de qué os hablo. No conozco a nadie que le haya defraudado (lo que no significa que no exista, lógicamente).
Vaya todo esto por delante…
Una cosa más. No sé si es un viaje que resumiré en 1, 2, 3 o cuántos posts. Sé que no podré ilustrarlo como me gustaría, porque por aquel entonces llevaba una cámara de carrete, no digital, y las fotos que he pedido rescatar con mi humilde escáner de negativos y diapositivas no presentan la calidad y colorido que las fotos digitales.

Viaje a Irán en el verano de 2001

En compañía del que entonces era mi pareja y tres amigos más. En total, cuatro hombres y una mujer (no es información gratuita, como entenderéis después). Fuimos por nuestra cuenta, por si alguien se pregunta si es posible.
Para conseguir el visado, y aunque suene contradictorio, tuvimos que gestionarlo con una agencia de viajes iraní que contactamos en Fitur (Feria de Turismo de Madrid), ya que necesitábamos este requisito para entrar en el país. No sé cómo están las cosas ahora, pero antes era así…

A cambio de dicha gestión, teníamos que contratar algunos servicios con ellos, así que les encargamos los vuelos, un hotel en Teherán para las dos primeras noches del viaje, el hotel de Shiraz y la visita a Persépolis, y la visita también a otras ruinas persas de los alrededores de esta última Shiraz. Y, a partir de ahí, ya íbamos por nuestra cuenta.
Además, dado que yo iba a compartir habitación con mi pareja, para conseguir el visado debíamos decir que estábamos casados (sin presentar ningún papel probatorio, dicho sea de paso). Así, cuando en los hoteles nos preguntaran, diríamos eso, y en el visado constaría como tal.
Con todo, el visado que nos dieron era para 15 días. Lo tendríamos que renovar dentro del país, o… ya se vería. No había otra opción, así que, adelante!!. La renovación la hicimos en Isfahán empleando un par de mañana porque cuando llegamos el comisario que firmaba se había ido, y se quedaron con nuestros pasaportes hasta el día siguiente. Recuerdo que no me hizo ninguna gracia y que suspiré más que aliviada al día siguiente cuando nos los dieron, con un nuevo visado para tres semanas.
Lo bueno es que por aquel entonces, la Iranian Air regalaba 2 vuelos internos con los vuelos internacionales. Realmente genial, porque Irán es un país muy grande!! 🙂
Ya en las reuniones que tuve que hacer con el agente de viajes, en un pisito de Madrid donde tenía su oficina (mis amigos residían en Vitoria así que yo me encargué de todos los trámites y conversaciones al respecto), vislumbré lo agradable y exquisitamente educada que es esta gente.

Y esto es algo cultural, y de lo que sienten muy orgullosos porque para ellos es una prueba de que son “más civilizados” que los pueblos de alrededor, especialmente sus vecinos afganos y paquistaníes… una prueba viviente de que vienen de una de las grandes potencias de la antigüedad, Persia.
No alzan la voz, son muy educados en sus maneras, el invitado es lo primero y le reciben con una sonrisa y con toda la hospitalidad posible… Allí, se acercan por la calle a darte la bienvenida a su país, a preguntarte si necesitas algo, e incluso en una ocasión nos invitaron a comer a su casa -en Quom, una ciudad próxima a Teherán, con uno de los lugares más sagrados del país y una de las “colonias” de religiosos más numerosas-.
Qué contraste con las imágenes que hay en el telediario, eh?!!! Injustas porque con ellas generalizan y apuntan a todo un pueblo.

En el avión, después de la escala en Frankfurt y poco antes de aterrizar, tuve que ponerme lo que yo llamo “el uniforme islámico”: prenda holgada que cubre hasta media pierna (para que no se adviertan las formas femeninas), y pañuelo en la cabeza, tapando el pelo. 

Iran

Aparte de las risas iniciales, francamente… Entiendo y supongo que este es un punto muy polémico. He oído muchas veces eso de “yo ahí no voy, si tengo que vestir así!!”, “desde luego que no me voy a someter a esas reglas”. Y considero que es muy lícito y lo respeto muchísimo.

Yo no estoy a favor del velo islámico, del chador, del uniforme islámico, o de cualquier fórmula que obliga a la mujer a taparse. Pero es cierto que no me frenó para decidir ir allí.

Me podían más las ganas de conocer ese país, al que por cierto, habían viajado mis padres uno o dos años antes y del que contaban maravillas.
Desde luego, lo que no se puede hacer es viajar allí y rebelarte. Está prescrito por Ley y no cumplirla es delinquir, ser detenida, ir a la cárcel, etc.
Los hombres tampoco pueden vestir de manera indecorosa, aunque por supuesto gozan de más libertad… pero nada de tirantes o camisetas sin mangas y pantalones cortos.

¿Cómo superé el rechazo natural que me provoca tener que someterme a esas leyes?

Me lo tomé como una experiencia más del viaje, que no podía soslayar porque era una obligación, y de alguna manera una oportunidad de comprender cómo se sienten las mujeres de allí. Y efectivamente lo fue.
Tuve momentos de agobio, por el calor y por la molestia de tener que llevar siempre eso encima. Sentía un gran alivio cuando iba a la habitación del hotel, por la noche o en un descanso, y me lo quitaba (ni en el pasillo puedes ir sin él, sólo en los ámbitos privados… es decir, la habitación del hotel en el caso de los viajeros; en su casa, en el caso de las nacionales). Pero también tuve la experiencia de que las mujeres iraníes se acercaban a mi e intentaban entablar conversación conmigo, como no me ha ocurrido en ningún otro país.

Tocaban mi “túnica” y me preguntaban aunque fuera por señas dónde la había comprado, admirando su tela y caída… (era de color gris, nada del otro mundo, pero resulta que les gustaba!). Me preguntaban cómo llevaba eso de ir tapada, y en los baños públicos me invitaban a quitármelo para refrescarme y para ver qué llevaba puesto debajo, ávidas de conocer la moda de las guiris (qué lástima, yo llevaba las peores camisetas y pantalones que tenía ;)).
Miradas de comprensión, de complicidad, más que en ningún otro viaje, insisto.
Y sin agobios, porque no es gente que te agobia. Primero, se aseguran de que no te molesta hablar con ellos/as.

Los iraníes no son árabes. Son persas. Este es un gran axioma que hay que saber antes de ir. Les molesta mucho encontrarse con esa gran confusión. Su religión es el Islam (chií en su gran mayoría), sí, pero esto es lo único que comparten con los árabes. Sus costumbres, escritura, lengua, gastronomía, manera de pensar… no son árabes.

¿Y qué se puede ver en este país, os preguntaréis?

Pues aparte de sus gentes, que quizá no sean “objetivo turístico” pero que os acabarán atrapando y será lo que más recordéis…

Tiene mezquitas increíblemente bellas, revestidas de azulejos de mil tonalidades azules.

Iran
Las ruinas de Persépolis, un conjunto arqueológico realmente fascinante.

Iran

Tumbas de poetas venerados por el pueblo, por ejemplo en la ciudad de Shiraz, donde las parejas y familias van a recitar los poemas y a dejar rosas en las lápidas, que a su vez están rodeadas de jardines donde se juega al ajedrez plácidamente, con el frescor de los canales de agua y las fuentes corriendo alrededor.

Una ciudad, Isfahán, maravillosa por su arquitectura, jardines, bazares y gentes. Su gran plaza del Iman, con las mezquitas más importantes de la ciudad y su bazar, es Patrimonio de la Humanidad.

Yazd, en el desierto, construida en adobe y donde las torres del viento refrigeran las casas o las torres del silencio de los zoroastristas nos recuerdan que allí se adoraba al fuego y los muertos se los comían los buitres.

Bam, que un gran terremoto asoló su arquitectura de adobe y la ciudad moderna con sus habitantes, está ya reconstruida. Yo pude verla, aunque no estaba de acuerdo con ir hasta allí, porque suponía varios días de viaje por una carretera que lleva directamente a Afganistán y famosa por ser ruta de traficantes y sus escarceos con el ejército iraní que trata de impedir la entrada de drogas. La opinión del grupo se impuso y fuimos en autobús, sin mayor problema que un montón de horas de ruta. Y hoy me siento afortunada por haber conocido aquel lugar mítico, otra parada de la Ruta de la Seda.

Tiene una gastronomía que disfruté constantemente (arroz basmati con pasas y tomate asado, carnes a la brasa, sopas, berenjenas guisadas de varias maneras, el pan recién hecho, el rico hairan -leche con sal y menta-, yogur, helados, dulces de hojaldre, miel y pistachos…), y agua potable en todas partes!!! 

Tiene una red de atobuses eficaz y cómoda para los viajeros, aunque lenta y por supuesto sujeta a imprevistos (paradas de varias horas para cambiar una rueda pinchada…).

Precios muy bajos, debido a la gran inflación que (al menos hace 10 años) sufría, seguramente por el embargo internacional que sigue vigente.

Un destino que lo tiene todo para fascinar, desde mi humilde opinión… os contaré más en siguientes posts :-).

Algunas recomendaciones para leer sobre Irán:

Negro sobre Negro. Ana María Briongos

Leer Lolita en Teherán. Azar Nafisi

El reflejo de las palabras. Kader Abdolah

Persépolis. Marjane Satrapi

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