La llegada a Madagascar es un puñetazo de sensaciones que te envuelve desde el primer minuto. Desde que aterricé en el ‘octavo continente’ y sentí el aire fresco, observando la tranquilidad de sus habitantes en la terminal de llegadas, tan diferente a otros aeropuertos africanos, supe que este viaje a Madagascar iba a ser distinto a cualquier otro.
No sé si un viaje a esta isla-país-continente puede cambiarte la vida, pero desde luego va a ampliar tu visión del mundo. Su naturaleza, cultura y situación económica sorprende, fascina y remueve a partes iguales.
Aviso a navegantes: estas son unas primeras impresiones en forma de imágenes y sensaciones del viaje que he hecho a Madagascar en el verano de 2025. No esperes una guía turística ni una lista de lugares, sino una reflexión personal sobre el impacto que este país dejó en mí. Si buscas información más práctica, prueba con mi post de Qué ver en Madagascar.
Dicho de otra forma, simplemente quiero hacer un primer volcado de mis pensamientos y sensaciones sobre este país, ahora que lo he visitado. Sin sentar cátedra.
Es mi primer viaje y no he rascado más que la superficie, como nos pasa a la gran mayoría de personas que viajamos por tiempo limitado a otro lugar. En este caso, tres semanas.
Pero sí quiero ofrecer mi mirada, crear un registro de lo que siento ahora, y quién sabe, ayudar a decidirte por este destino. Te aconsejo que, además, te leas mi post sobre Curiosidades de Madagascar.

Un viaje a Madagascar, la gran isla
Fui a Madagascar con muy pocas cosas e imágenes en la cabeza. Lo cierto es que no hay mucho libro publicado, ni recuerdo haber visto mucho documental sobre este destino.
Mis ideas previas eran, más concretamente: la Avenida de los Baobabs al atardecer, la existencia de los lémures, el gran problema de la deforestación, la pobreza, y las largas jornadas de tránsito para llegar a los sitios. Poco más.
Lo que me he encontrado ha sido un país fascinante del que me he quedado con ganas de más. Puede que me esté haciendo mayor, pero cada vez me molesta más parar poco o nada en sitios que me parece que podrían ser interesantes. Y Madagascar está llena de potenciales paradas interesantes, ay.
Sea como sea, fui, lo viví y disfruté. Un lugar remoto que va a quedar en mi memoria para siempre, seguro.
Paso a contarte qué me he encontrado…

La naturaleza malgache
En Madagascar, la naturaleza no es un simple telón de fondo. Es un personaje principal, entrelazado con la vida cotidiana y las creencias de la gente, los fady o tabúes.
Es una relación de respeto ancestral, a veces frágil por las necesidades de hoy. Para ellos, cuidar la naturaleza no es una opción, sino una necesidad (¿para quién no lo es, por otra parte?).
Un cuidado que, según dónde, puede ser muy desafortunado, como los incendios para conseguir más tierra que cultivar y poder vivir más dignamente. Algo de lo que también sabemos “un poco” en España.
Por otro lado, estamos en un lugar que, en términos evolutivos, es único, totalmente original. Los porcentajes de reptiles, aves, mamíferos y muchas otras especies animales y vegetales que sólo se encuentran allí, son abrumadores.
Una naturaleza que se ha conformado desde la separación del continente africano hace unos 160 millones de años, y el consiguiente aislamiento. Además, fue un territorio no habitado por el hombre hasta hace poco, en términos de la historia de la Humanidad.
Esta riqueza natural, no obstante, está seriamente en peligro. Madagascar es uno de los sitios más afectados por el Cambio Climático, aunque me temo que esta afirmación la he escuchado en muchos otros sitios, desde Pakistán hasta Chile.
Y no deja de ser una ironía que tanta riqueza biológica y agrícola no sirva para enriquecer a sus habitantes. Más bien lo contrario. Un gran problema de África que aquí se ve, se palpa y se siente todos los días.

La fauna de Madagascar
¿Puede haber algo más curioso que los camaleones? ¿Y los lémures?
Estos dos animalitos, en sus distintas especies, me han enamorado. No son los únicos, pero sí los que he visto más. O los que más me han impactado y tengo en primera línea de memoria.
Los lémures son raros, graciosos, espectaculares. No son simios, tampoco felinos. Son ellos. Lémures. Únicos. Su comportamiento, muchas veces, te hace reír. Y sólo puedes verlos en Madagascar (y en algunos zoos, sitios a los que no me gusta ir).

Los lémures son prosimios, es decir, antecesores de los simios y por tanto del ser humano. No obstante, su origen sigue siendo un misterio. Se sabe que no existían cuando Madagascar se separó de África, y no se sabe cómo llegaron a la isla.

Los camaleones son extraordinarios. Dos tercios de la población mundial de este reptil se encuentran en Madagascar. No es que sea fácil encontrarlos por tu cuenta, pero con un guía de la zona, sin problema.
Desde los camaleones gigantes hasta los minúsculos, con colores brillantes o integrados en los troncos, hipnotizan con su ojo que gira en 360º y sus colas enroscadas.

En cambio, me ha sorprendido la poca densidad de aves que hemos visto. No sé si es porque era invierno, o porque es así todo el año.
Lo que más he visto ha sido una especie de cuervo grande, blanco y negro, casi omnipresente, y en la costa oeste algunas rapaces. También otros pájaros raros como la paloma azul o el cua-cua, pero ejemplares aislados.

Otros animalicos bien curiosos son los gecko de cola plana, las tortugas radiadas o estrelladas, y la mariposa cometa. Si es que hay tanto…

La flora
En el capítulo de la flora, los baobabs son los reyes y el símbolo de Madagascar.
Son árboles majestuosos, milenarios, que se me antojan dinosaurios arborescentes. Cuando me dijeron que vería miles de baobabs en la ruta que íbamos a hacer, pensé que era una exageración. Una vez más, estaba equivocada.
Avanzar por las pistas de tierra roja y ver cómo desfilan los baobabs junto a ellas, o se alzan en el horizonte formando bosquecillos, kilómetro tras kilómetro, es una verdadera pasada.
Todos son diferentes entre sí, incluso dentro de la misma subespecie. Con ramas pequeñas y retorcidas, generalmente sólo en la copa, desproporcionadas para los enormes troncos que las sostienen.

No me extraña que sean sagrados para los malgaches. Lo que no entiendo es que haya tantos con el tronco vandalizado, es decir, con nombres grabados por la navaja de algún desaprensivo.
Los baobabs, igual que muchas especies vegetales y animales, están en peligro de extinción. En las últimas décadas se ha observado que están muriendo muy rápido, pero se desconoce la causa. Hay quienes apuntan al cambio climático, en especial las prolongadas sequías y falta de lluvias.
Otra especie que me llamó mucho la atención fueron los “árboles pulpo”, que no es que sean bonitos, pero sí sorprendentes cuando ves bosques que ocupan kilómetros y kilómetros de terreno. Parecen cactus enormes y sus “tentáculos” apuntan, en su mayoría, hacia el sur.
Y también está la Ravenala, una palmera conocida como “la palmera del viajero” porque guarda una gran cantidad de agua y, con un simple corte, sale como si fuera un manantial.
Estas son algunas de las maravillas que guarda Madagascar, pero lo que cuento es sólo una pequeña pincelada. Sigue leyendo, que hay más…

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Paisajes tremendos
Toda esta riqueza biológica se despliega en una variedad de paisajes insospechados.
¿Sabías que en Madagascar hay selvas, altiplanos con montañas rocosas, grandes ríos y playas increíbles? ¿Y que hay formaciones raras y fantásticas como los Tsingy, antiguos fondos marinos que emergieron a la superficie hace 160 millones de años?

No voy a negar que entristece ver cómo la deforestación ha dejado muchas montañas peladas. Eso duele sólo con mirarlo. Más si piensas en las consecuencias para el medio ambiente mundial y, de manera más directa, para las buenas gentes que viven allí.
Pero hay muchos paisajes en Madagascar y muchos son magníficos, cuando no extraños. A veces parece que estás dentro de una película fantástica, otras viviendo una aventura sin igual (que es lo que estás haciendo).

La costa Este está bañada por el Índico más bravo, de enormes olas y corrientes. Peligroso para nadar, precioso para mirar. Realzado por las palmeras cocoteras y la vegetación selvática más tupida. Es donde más llueve, y también donde más se cultiva.

Para contrarrestar la furia del océano, está el Canal de Pangalanes. Con cerca de 700 kilómetros de longitud, discurre en paralelo a la costa y aporta una vía de comunicación, pesca y agua dulce más segura que el mar. Es una obra de la época colonial, pero parece natural, y en ella hay rarezas como las «palmeras que caminan sobre el agua». Increíble.

La costa Oeste es la del Canal de Mozambique. Es el mismo Índico, pero aquí no parece tan peligroso. Las mareas bajas hacen que el agua se retire hasta un kilómetro o más de la orilla, dejando al descubierto bancos de arena blanca, charcas con erizos de mar y parientes de las estrellas de mar.
Los atardeceres te dejan sin habla, con el cielo encendido de rojo y los barcos de vela cuadrada recortándose en el horizonte.

En el interior tenemos el altiplano, y hacia el sur las tierras más desérticas de la isla. Todo tiene su propia belleza, con colinas que parecen ondular el horizonte y arrozales que ofrecen un verde rabioso y una geometría infinita.

Sin duda, los paisajes de Madagascar son inolvidables, aunque para alcanzarlos haya que emplear muchas horas por pistas muy incómodas.
Las gentes de Madagascar
La verdadera alma de estos paisajes no reside en su geografía, sino en sus habitantes: las gentes de Madagascar.
Jolín, qué sorpresa más bonita. Una vez más, no tenía idea de cómo es la gente de Madagascar.
En este país hay 18 etnias diferenciadas. Desde los descendientes de los primeros habitantes llegados de Malasia, con rasgos más asiáticos, hasta los más negroafricanos. Pero, a pesar de sus diferencias, parece que están más o menos unidos bajo la identidad malgache o malgasy.

Entre sus peculiaridades, me sorprendió que son gente muy trabajadora, cuidadosa y hospitalaria. De verdad que llama la atención con qué cariño hacen todo lo que emprenden. Y no les faltan las ideas, las ganas de innovar.
Trabajos de artesanía, cuidado de los alojamientos, cocina… aunque no tengan apenas recursos.

Una cosa que me contaron allí y que pudimos comprobar es que los malgaches huyen del conflicto o la discusión. Más si es con un “basa” (creo que se escribe “bahaza” pero se pronuncia basa), que es como nos llaman a los que somos blancos.
Ellos sienten que deben responder siempre. Si alguien necesita ayuda, o quiere algo, tratan de cumplir sus deseos o peticiones. Complacer. Mucho más si les vas a pagar por ello.
“Qué bien” pensarás, pero esto no siempre es positivo. De hecho, es fácil que haya situaciones confusas y pequeños fracasos.
Por ejemplo, puedes preguntar por una dirección y, aunque no la sepan, darte una respuesta totalmente errónea. O que te digan que sí te solucionan algo y no lo hagan, pero te has quedado esperando lo que para ti es una eternidad…
¡¡Y cómo te vas a quejar o enfadar, si lo hacen con su mejor intención!!

La honestidad es otro de sus grandes valores, y aprecian mucho que tú también lo seas. Si se te olvida algo en un hotel o restaurante, harán lo posible por devolvértelo. Aun así, ojo con perder el móvil, je, je.
Por otro lado, a pesar de su “hacendosidad” y afán de llevar una vida mejor con el esfuerzo de su trabajo, muchos malgaches viven en una situación de pobreza extrema y con muy escasas oportunidades de mejorar.
Tanto en las ciudades, con Antananarivo a la cabeza como “meca” para conseguir prosperar, como en el mundo rural.
La región con peor situación es el sur del país, al que sólo nos acercamos un poco, pero suficiente como para advertir el cambio de condiciones de vida y precariedad. De todas formas, en la capital no es nada difícil ver la situación precaria o mala de mucha gente.
El turismo es, en este contexto, una fuente de ingresos muy apreciada. Se vino abajo con la pandemia, como en todo el mundo, pero parece que en 2025 ha empezado a despuntar. Por fin.
Ten por seguro que todos los empleos e ingresos que reporta el turismo son más que bienvenidos y agradecidos. En especial, los que recaen en la población local. Y con esto incluyo los restaurantes de los pueblos, los artesanos que hacen verdaderas maravillas en madera, latón, rafia y un largo etcétera, así como los guías de los parques nacionales o los maleteros de los hoteles.

Sin embargo, el turismo también tiene su lado malo, y no quiero dejar de comentarlo aquí.
Desde los desperdicios que encuentras en el campo, sobre todo los papelitos de la gente que ha ido a hacer un pis en los matorrales (¿tanto cuesta llevar una bolsita y guardarlo para tirar en la basura más adelante?), hasta una de las situaciones más tristes, la de los niños pidiendo.
Muchos niños piden regalos, caramelos, dinero o incluso agua, a todos los blancos que ven pasar. Se vuelven locos junto a la carretera, corren tras los coches, y se desgañitan gritando “cadeau, cadeau basa!!!”
No se lo reprocho ni les echo la culpa. Les han educado así. No sus padres en muchas ocasiones, si no los turistas.
Yo misma he visto a turistas repartiendo caramelos, piruletas, o cualquier otra tontería. O repartiendo ropa vieja y botellas de agua a discreción.
No puede ser. No puede ser que esos niños, en vez de estar jugando o yendo a la escuela, estén apostados junto a la carretera para ver si consiguen algo. No puede ser que corran junto a los coches en marcha, con el riesgo que supone que les atropellen, para conseguir un caramelo o un globo de colores..
Y no puede ser que la relación que tengan con los blancos sea la de un señor o señora que puede que les dé algo, y por tanto hay que pedirlo, incluso exigirlo.
Por favor, si vas, no lo hagas. Ni en Madagascar, ni en ningún otro sitio del planeta. Erradiquemos esta conducta entre todos.
No les des cosas que no necesitan. Cántales una canción, distráeles, dales un poco de cariño. Tus gestos son bienvenidos, aunque vuelvan a la carga con su mantra “cadeau, basa”, pero no caigas en la generosidad mal entendida. No les haces ningún bien.
Y, por favor, deja de ir regalando tu ropa vieja y sucia. Ya les llega la ropa de nuestros contenedores de desecho, que es con la que la mayoría visten.
Lo que les hace falta es inversión, ayuda en condiciones (y sin condiciones), y siempre CON ellos, sobre sus necesidades de verdad. ¿Quieres emprender un proyecto porque prefieres invertir tu dinero, o eres capaz de conseguir donaciones para ello? ¡Adelante! Ve allí, conoce a la gente, las comunidades, investiga, elige.
Y si lo que quieres es llevar una modesta ayuda, aprovechando que vas allí de vacaciones, busca proyectos o pregunta a tus guías locales, que sabrán dónde entregarla.
La gastronomía malgache
Al hilo del cuidado con el que hacen las cosas, tengo que escribir este apartado especial para la cocina malgache.
Yo no llevaba ninguna expectativa hacia lo que iba a comer. Sabiendo que iba a un país africano con un alto grado de pobreza, esperaba poco o nada. Iba cargadita de prejuicios, está claro.
Me he encontrado con justo lo contrario. Una cocina elaborada con gusto, con buena materia prima y buenísima. He vuelto con dos kilos de más, ay madre (y, de nuevo, irónico teniendo en cuenta que allí hay muchísima gente pasando hambre).
Volviendo a la cocina. La herencia francesa se nota, pero también el cariño que le ponen.
Los pescados y mariscos del día en la costa, los foie-gras caseros, la carne de cebú (fuerte, sabrosa, aunque es difícil que no la pasen demasiado por el fuego), o la de pato, son algunas de las delicias que puedes comer a diario.

Y los aderezos, en forma de salsa, suelen ser riquísimos. Platos en los que encontrarás la pimienta de Madagascar, el jengibre, la canela y la vainilla. ¿Sabías que Madagascar es el mayor productor mundial de vainilla?
La experiencia comiendo en Madagascar puede ser distinta según cómo viajes, porque no es lo mismo ir a un restaurante medio de la capital, que a un restaurante local de carretera, que comer directamente en los puestos de la calle. Pero todas las experiencias pueden ser buenas o muy buenas. Y nada caras o muy muy baratas, según dónde.
En mi memoria quedarán las “caca pidgeon” (cacas de paloma), que es una masa frita en forma de palitos, casi adictivas, para comer entre horas. Como nuestras patatas fritas o pipas.
Las ciudades
Las ciudades malgaches son muy variopintas. Las hay grandes y caóticas, más provincianas y tranquilas, sin olvidar los pacíficos pueblos con una arquitectura de adobe propia como la de los betsileo.
Antananarivo o, para abreviar, Tana, es la capital. Una ciudad interesante a la que la mayoría de los turistas dedican poco o nada de tiempo. Quizá por una razón muy concreta: la inseguridad.
Nosotros sí estuvimos casi dos días y, con todas las precauciones, la disfrutamos. A ello contribuyó el “descubrimiento” de lo que encontramos sin buscarlo. Alguna galería de arte y, sobre todo, conciertos a casi todas horas en algunos bares. Trash Metal, Jazz, Rock y Blues, con voces realmente buenas. Toma ya.

Una ciudad muy similar a la capital es Fianarantsoa, con un casco antiguo colonial que es Patrimonio de la Humanidad y se mantiene gracias a una iniciativa popular.
Tan imperdible como Morondava, la ciudad más importante de la costa oeste, de ambiente vacacional. Me dio pena no conocerla más y disfrutarla, ya que sólo estuvimos unas horas para comer frente a la enorme playa, y dormir.
Muchas veces pensamos en las ciudades africanas como sitios caóticos, sucios y muy inseguros. Y sí, pero muchas tienen otra cara. El problema es que no sale fácilmente a la superficie. Recuerdo Lagos (Nigeria), sé que en Kinshasa también hay movimientos culturales modernos muy interesantes, y podría seguir haciendo un listado que seguro que termina siendo extenso.

Otras ciudades de Madagascar están llenas de edificios coloniales, o son lugares agradables en los que pasear por la noche y comerse unos pinchitos de carne por unos céntimos, además de visitar sus mercados.
Ah, y de día pueden ser todo un espectáculo con sus mercados, los rickshaws que allí llaman push push (“empuja, empuja”), y la cantidad de estímulos que se juntan en poco espacio.
Vamos, que las ciudades de Madagascar no tendrían que ser sólo sitios de paso y no hay que descartarlas, aunque la naturaleza y las costas sean muy potentes.
Conclusión
Viajar a Madagascar no es cómodo. Hay que mentalizarse. Los trayectos son largos y pesados, es difícil evitar dudar si no estás malgastando el tiempo con tanto coche mientras miras por la ventanilla, con pena, los mil sitios en los que pararías, y puede suponer un choque al ver ciertas situaciones sociales.
Pero un viaje a Madagascar es una sorpresa detrás de otra. Su naturaleza y paisajes tan singulares impactan. Aunque su gente, cultura y gastronomía es lo que posiblemente te conquiste.

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Hola Ali
Gracias por tus reflexiones sobre Madagascar. Yo también he viajado allí este verano y es un país que me ha enamorado por sus gentes, su naturaleza y los paisajes tan diferentes en la costa este y la oeste. Aún mantiene la autenticidad, sin turismo masivo seguramente por sus deficientes carreteras. Yo disfrutaba hasta de los larguísimos trayectos. Y como bien dices, uno se queda con ganas de seguir explorando y ahondar más en su cultura. Es un país que te toca el corazón (por lo que comentas de los niños y la pobreza) y porque ves lo trabajadores que son con los pocos recursos que tienen (por ejemplo, en Belo sur Mer supongo que viste que construyen los barcos a mano en la playa).
Hola Eli,
Mil gracias por tu comentario, veo que nos ha impactado de forma parecida 🥰. Sí, vi cómo fabricaban los dhows en Belo Sur Mer, entre muchos otros lugares donde trabajan bien, con cuidado y cariño, aunque no tengan apenas recursos, como bien dices.
¡Habrá que volver!
Un abrazo