Una de las grandes obras de ingeniería de la época colonial está en el Este de Madagascar, y si te planteas viajar a este país, yo que tú no me lo perdería. Aquí te cuento qué ver y hacer en el Canal de Pangalanes y la Reserva Palmarium.
Historia y curiosidades del Canal de Pangalanes
Dicen que en la costa Este de Madagascar sólo hay dos estaciones, la estación de las lluvias, y la estación en la que llueve. Los meses más secos son abril y mayo, en principio.
Como resultado de ello, la vegetación de la región es soberbia, los bosques llenan el paisaje montañoso que se dirige hacia la costa y el verde, en muchos tonos, es el dominante.
En esta costa, el Océano Índico se estrella contra la arena de las playas de manera literal. Las corrientes son fortísimas y las olas enormes. Es la razón por la que a los franceses se les ocurrió hacer una de las obras de ingeniería más ambiciosas de principios del siglo XX (se inició en 1896): el Canal de Pangalanes.

La idea fue construir un canal artificial paralelo a la costa. Navegable, para poder transportar mercancías como café y especias, salvando una distancia de más de 650 kilómetros. Pero no sólo había una razón económica, si no que también servía para ejercer el control militar en la zona.
Consejo: Si llegas por avión a Madagascar de día y tienes una ventanilla a mano, echa un vistazo porque el Canal de Pangalanes se distingue perfectamente desde el aire.
En realidad, esta idea no salió de la nada. Ya había un intrincado laberinto de ríos, lagos, marismas y estanques. El agua proviene de la meseta central, descendiendo hacia el Índico gracias a los desniveles del terreno y creando una orografía que hace muy difícil construir carreteras. Pero sí se podía unir toda esa red acuática para crear una ruta fluvial.
Su nombre viene de Ampangalanes, que significa “lo que conecta dos puntos de agua”, aunque también he leído que significa “punto de carga”.
La construcción del Canal de Pangalanes no fue gratis. Se llevó por delante la vida de miles de trabajadores indígenas y chinos que eran reclutados para este trabajo forzoso. Sus condiciones eran pésimas y muchos acabaron devorados por los miles de cocodrilos que habitaban el lugar.
Hoy ya no es lo que fue, porque la deforestación provocada por el ser humano ha mermado mucho la vegetación frondosa y salvaje. No obstante, para ojos poco expertos (como los míos), no se nota. Tampoco el hecho de que sea un canal “artificial”.

Es cierto que los cocodrilos que vivían aquí se han replegado a zonas más recónditas. También los lémures y muchas otras especies, pero si tienes suerte, puedes ver muchas aves de distinto tipo (y quién sabe si también algún cocodrilo en las orillas).
El canal de Pangalanes fue abandonado durante muchas décadas, pero en la década de 1980 se reconstruyó un tramo bastante importante que, sin embargo, volvió a caer en el abandono. En 2019 se pusieron en marcha nuevos proyectos de rehabilitación.

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Cómo llegar al Canal de Pangalanes y la Reserva Palmarium
El trayecto desde Brickaville y Manambato
Para ver el Canal de Pangalanes hay que subirse a una barca, generalmente a motor. Un buen punto de salida es Manambato, sobre todo si quieres llegar a la Reserva Palmarium.
Para llegar a Manambato, al menos hasta el verano de 2025, se necesitaba salir de Brickaville en un vehículo 4×4, ya que sólo había una pista en bastante mal estado. Precisamente en agosto de 2025 estaban en plenas obras de pavimentación y te aseguro que en dos días habían avanzado un buen trecho, así que es posible que el camino haya cambiado y ahora sea más fácil llegar.
De todas formas, estas cosas son inciertas. Si lees esto dentro de un tiempo y no he podido actualizarlo, trata de informarte bien.

En el restaurante que hay en la playita paradisíaca de Manambato seguro que puedes contratar la barca que lleva hasta el Hotel Palmarium, que es el único alojamiento que hay en la reserva del mismo nombre.
Ojo, si tu tiempo de viaje es limitado, es mejor que lo lleves organizado desde Antananarivo, no sea que tengas que esperar hasta el día siguiente, ya que no es una línea regular.

Qué ver y hacer en la navegación por el canal
La navegación por el Canal de Pangalanes es lenta, y mucho más cuando nos cruzamos con alguna piragua de los habitantes de la zona, ya que no se deben levantar olas que les hagan volcar.
Esta lentitud es placentera, aunque a veces te adormece y otras resulta un poco aburrida. No lo voy a negar, el paisaje es precioso pero después de un par de horas cansa un poco… Nada de lo que quejarse, porque el objetivo de la Reserva Palmarium lo merece, como vas a ver después.

A ambos lados del canal, que parece un río de aguas calmadas, hay muchos arbustos y palmeras que “andan sobre el agua”. Se las llama así porque tienen raíces aéreas, hundidas en el agua, y se desplazan de lugar. Estas palmeras y un paisaje similar lo pude disfrutar en la costa sur de Sri Lanka, en el Santuario de Aves de Kalametiya.
Aunque las nubes vienen y van, y no es extraño que caiga un chaparrón, cuando sale el sol todo resplandece.
El canal se estrecha en algunos tramos y en otros se abre formando lagos. De vez en cuando también hay que “frenar” un poco para pasar junto a las redes que colocan los pescadores y que dejan sólo un pequeño paso para las barcas.
También hay zonas con muchos jacintos de agua, que es una planta invasora. Muy estética, pero voraz con el medio acuático. Además, impide la navegación porque “atasca” el curso del agua.


Encuentro con las aldeas Betsimisaraka
De vez en cuando, surge un pueblo entre los árboles. Son de la etnia Betsimisaraka, que está presente en toda la costa oriental y creo que representa un 15% de la población malgache.
Los Betsimisaraka tienen rasgos más africanos que los de otras zonas del país, pero también hay personas mulatas, con ojos verdes o claros. Dicen que son descendientes de los piratas ingleses que venían a refugiarse a estas costas y se acababan casando con las mujeres locales, incluso princesas. Puedes leer más de su historia en la Wikipedia.

Al volver de la Reserva Palmarium, nuestro guía decidió parar en uno de estos pueblos para salir a la playa y poder ver la costa, porque hasta ese momento no la habíamos visto.
Las casas eran de madera y todas tenían un patio amplio que incluye un pequeño huerto. La gente, instalada en sus quehaceres diarios, nos saludaban con amabilidad y tranquilidad, curiosos por ver a una pandilla de blancos caminar hacia la playa.

Cruzamos las vías del tren, otra sorpresa, y es que después del canal se llegó a construir una vía en paralelo al mar. Junto a ella, el esqueleto del edificio abandonado de la estación ¿Seguirá habiendo servicio de tren por aquí?

Cuando llegamos a la playa, el panorama cambia completamente. La costa del Índico parece infinita, las palmeras se inclinan hacia la arena, hay barcas de tipo canoa, un barco grande y viejo varado entre las palmeras, y las olas golpean con furia la orilla. Tanto, que levantan una especie de bruma.
¿Sabías que esta es la “Costa de los Ciclones”?
En el horizonte se anunciaba una gran tormenta, así que sólo estuvimos un ratito, pero suficiente para sentir el viento y la humedad. Para comprender que en el canal se está mucho mejor, más resguardado.

Reserva Palmarium, Anakin’ny Nofy o el “nido de los sueños”
Como he dicho antes, nuestro objetivo era llegar y pasar una noche en la Reserva Palmarium, un sitio realmente especial, entre otras cosas porque es uno de los lugares donde poder ver el lémur aye aye, entre otras especies.
El lugar es idílico. Desembarcas en un pequeño muelle de madera y subes unas empinadas escaleras hasta el Hotel Palmarium. Hay una serie de bungalows, no muchos, situados al borde del pequeño acantilado pero bien integrados en la selva, con vistas a la vegetación y el agua.


Los lémures Indri indri, Macaco, Fulvus marrón, Bari blanco y negro, y otras especies de las que te he hablado en el post de Lémures de Madagascar, campan a sus anchas por los tejados de las habitaciones, el restaurante, y los caminos selváticos que están ahí mismo. Porque sí, no andas ni dos pasos y ya estás en la jungla. Sencillamente, precioso.
Además, hay un restaurante junto a la recepción donde se come francamente bien (una constante en casi todo Madagascar) aunque es más caro porque tienen que traerlo todo por el canal.
La Reserva Palmarium tiene una extensión de unas 50 hectáreas y cuenta con una gran variedad de plantas, orquídeas y especies animales.
Para recorrerla, lo mejor es contratar en el mismo hotel una o varias visitas guiadas con guías de la zona, ya que te llevarán a descubrir camaleones, tortugas irradiadas y por supuesto los lémures, a los que llaman imitando sus sonidos. También te enseñarán cómo es el árbol de la canela y algunas otras especies vegetales.
Los paseos son muy cómodos porque no hay grandes desniveles y los caminos están despejados de vegetación. Huele muy bien, por cierto. Además hay una playa pequeña, salvaje y preciosa, con árboles muy curiosos, y muy cerca una zona con plantas carnívoras.




El encuentro con el esquivo lémur Aye-aye
Entre las especies de lémures, hay una muy especial y en peligro crítico de extinción: el lémur Aye-aye.
Aunque este no es el único hábitat donde se les puede encontrar, en la Reserva Palmarium hay una islita donde viven protegidos, y los cuidadores intentan que se reproduzcan para preservarlos.
Con el hotel Palmarium puedes contratar un tour para ver los Aye-aye. Como son nocturnos, hay que ir por la noche, haciendo un corto trayecto en barca y siguiendo en todo momento las indicaciones de los guías.
Los lémures aye aye son extrañísimos. Parecen científicos locos, con los pelos disparados a ambos lados de la cara, los ojos saltones que miran fijamente, y sus dedos, con cinco falanges y uno de ellos más largo que los demás.
La gente local dice que si te señalan con el dedo, tendrás una muerte lenta y dolorosa. Por eso los han cazado durante mucho tiempo, y aun hoy en día no todo el mundo está convencido de que haya que conservar a esta especie.
A mí me parecieron muy graciosos, incluso me dieron ternura. Aunque es una visita preparada y los ves con unos focos que los guías aseguran que no les son dañinos (limitando el tiempo a 10 o 15 minutos de observación), la experiencia de verles tan cerca y escucharles es mágica.
Te recomiendo muchísimo que leas el libro de Gerald Durrell “Rescate en Madagascar”, porque habla de los aye-aye, y su descripción de un encuentro con ellos (nada más empezar el libro) es magistral, además de muy graciosa.

Lo que seguro te estás preguntando sobre el Canal de Pangalanes y la Reserva Palmarium
Visitar el Canal de Pangalanes no es solo tachar un punto en el mapa de Madagascar; es sumergirse en un ritmo de vida diferente, donde el tiempo lo marcan el deslizamiento de las piraguas y el susurro de las palmeras «que andan».
Ya sea por la emoción de ver de cerca al misterioso Aye-aye, por la amabilidad de la etnia Betsimisaraka o por esa paz hipnótica que transmite el agua dulce a pocos metros de la furia del Índico, este rincón del este malgache se queda grabado en la memoria.
Si buscas un lugar donde la naturaleza salvaje y el misticismo se funden en un verdadero «nido de sueños», la Reserva Palmarium te está esperando. Prepara la cámara, pero sobre todo, prepárate para dejarte atrapar por la magia de lo inesperado.
Espero que esta guía de qué ver en el Canal de Pangalanes y la Reserva Palmarium te sean de ayuda, y sobre todo que lo disfrutes mucho si te decides a ir.
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Paradisíaco el viaje a Madagascar, nada fácil enfrentarse al trópico, hay que estar bien preparado físicamente y espiritualmente. Mis felicitaciones.
Muchas gracias Yras!! Un abrazo!