Tiene edificios de más de mil años de antigüedad. La vida en sus calles sigue su curso con la misma placidez que hace unos cientos de años. Su centro urbano es un conjunto arquitectónico de madrasas, antiguos caravasares, teterías y bazares absolutamente espectacular. Te presento a Bukhara, la verdadera sorpresa de Uzbekistán, y aquí tienes una guía para explorarla.
Bukhara en la Ruta de la Seda: un poco de historia
Si Samarcanda es la grandeza imperial —la ciudad que construyó Tamerlán para que el mundo se rindiera a sus pies—, Bukhara es otra cosa. Más íntima, más vivida, más honesta. Una ciudad que no necesita impresionar porque simplemente es.
Sus calles empedradas, sus bazares cubiertos, sus madrasas y minaretes conviven con la vida cotidiana de sus habitantes de una manera que pocas ciudades históricas del mundo han logrado mantener. Mejor conservada que Samarcanda, más viva que la ciudad-museo de Khiva.
Yo llegué un mediodía de agosto, bajo un sol que aplastaba. Y aun así, tardé muy poco en enamorarme.
Bukhara lleva habitada más de dos mil años y fue, durante gran parte de ese tiempo, uno de los centros intelectuales y comerciales más importantes del mundo islámico.
Aquí nació Ibn Sina —Avicena para los occidentales—, el médico y filósofo cuyo Canon de Medicina se estudió en las universidades europeas durante siglos. Aquí florecieron escuelas coránicas que atraían estudiantes desde Bagdad hasta Samarcanda. Y aquí se cruzaban las caravanas que conectaban China con Persia, cargadas de seda, especias, lapislázuli y conocimiento.
A diferencia de Samarcanda, que fue arrasada varias veces y reconstruida a golpe de ambición imperial, Bukhara conserva capas de historia que se superponen de forma más orgánica. El casco histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es un paseo continuo entre siglos: del X al XX, del adobe al azulejo, de la madrasa al caravanserai reconvertido en tienda de artesanía.
Algunos pensarán que es una ciudad «de paso» entre Samarcanda y Khiva. Error. Bukhara merece al menos dos días, y quien le dedique tres no los habrá desperdiciado.
Cómo llegar a Bukhara y dónde alojarse
Cómo llegar
Bukhara tiene aeropuerto internacional con vuelos directos desde Moscú e Istambul, aunque lo más habitual si vienes desde España es llegar en tren desde Samarcanda o Tashkent.
El tren de alta velocidad Afrosiyob cubre el trayecto Tashkent–Samarcanda–Bukhara: desde Samarcanda, Bukhara está a poco más de una hora y media. Es, sin duda, la opción más recomendable: cómoda, económica y con el añadido de ver el paisaje uzbeko desde la ventanilla.
Desde Bukhara también hay trenes nocturnos hacia Khiva y Urgench, lo que permite encadenar el triángulo clásico uzbeko sin dramas logísticos.
Una opción alternativa, sobre todo si sois varias personas ya que es precio por grupo, es contratar un traslado privado desde Samarcanda (también disponible desde Tashkent y desde Khiva).
Dónde alojarse en Bukhara
La recomendación más habitual y también la mía es que te alojes en el casco histórico. No sólo por la comodidad de tenerlo todo a pie, sino porque la experiencia cambia radicalmente cuando puedes salir a pasear antes del amanecer o volver andando de noche por calles que llevan siglos siéndolo.
En gama alta y media-alta, Bukhara tiene algunos de los hoteles boutique más encantadores de Asia Central, instalados en antiguas casas de comerciantes con patios interiores, galerías de madera tallada y decoración de azulejos. Busca opciones en el entorno de Lyabi-Hauz o cerca del complejo Kalon.
En gama media, las guesthouses familiares son la opción estrella. Trato personal, desayuno incluido —con el pan non recién hecho y el té verde que te reconcilia con el mundo—, y dueños que conocen la ciudad como nadie.
En gama económica, la oferta de hosteles ha crecido y mejorado notablemente. Una buena alternativa si viajas solo o con presupuesto ajustado.
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Qué ver en Bukhara: los imprescindibles
La plaza Lyabi-Hauz: el corazón de Bukhara
El mejor comienzo —y el mejor final de día— en Bukhara es la plaza Lyabi-Hauz. Su nombre en tayiko significa «alrededor del estanque», y ese estanque construido en 1620 sigue siendo el centro de la vida social del casco histórico,
Jjugadores de ajedrez bajo los árboles centenarios, turistas y locales compartiendo mesa en las teterías de alrededor, pinchos de carne a la brasa al caer la noche…
La enmarcan madrasas y caravanserais con azulejos de estilo persa que convierten la plaza en un escenario casi irreal. Una de esas estampas que te cuesta creer que existan de verdad.
El complejo Kalon: el minarete que sobrevivió a Gengis Kan
El minarete Kalon se alza desde el siglo XII con sus 47 metros de altura y diez de cimientos —diseñados para resistir terremotos— y tiene la distinción poco habitual de haber sobrevivido intacto a la conquista mongola.
Cuenta la leyenda que incluso Gengis Kan, al ver su majestuosidad, ordenó que no fuera derribado. Dicen también que nunca ha necesitado restauración, lo que dado su estado de conservación resulta bastante plausible.
Lo flanquean la mezquita Kalon y la madrasa Mir-i-Arab, dos edificios imponentes que fueron utilizados para otros usos en época soviética y que hoy están abiertos al visitante.
El conjunto al completo —minarete, mezquita, madrasa— forma uno de los escenarios más fotogénicos de toda Bukhara. Visítalo a distintas horas: la luz de primera mañana y la del atardecer hacen cosas distintas con el ladrillo y los azulejos.
La leyenda del minarete tiene además un componente oscuro que merece contarse: el Khan Arslan, según la tradición, mandó matar a un imam. Esa misma noche soñó con él, y el imam le impuso como condena guardar su cabeza en un lugar inalcanzable. El Khan construyó la torre para cumplir el mandato.
Verdad o no, es el tipo de historia que hace que mirar un minarete sea algo más que mirar un minarete 😉
La ciudadela Ark: el palacio que no fue para siempre
En la plaza del Registán de Bukhara —sí, mismo nombre que la famosa de Samarcanda— se alza la entrada a la ciudadela Ark, la ciudad amurallada que fue durante siglos residencia de los emires.
Un recinto que concentra siglos de poder, ceremonia y, en sus últimas décadas, una decadencia progresiva que culminó con su bombardeo parcial en 1920, cuando el ejército soviético tomó la ciudad.
Dentro pueden visitarse la sala de recepciones y coronaciones —la última tuvo lugar en 1910, con el Khan Alim—, cuyo techo fue destruido en ese bombardeo; la sala de la música, donde se guardaban los instrumentos para las celebraciones de la corte; y la sala del trono, hoy reconvertida en espacio de venta de artesanía, lo que resulta un destino poético para un lugar que fue epicentro del poder regional durante cientos de años.
La mezquita de Bolo-Hauz: la fe en directo
Frente a la puerta de la ciudadela Ark está la mezquita de Bolo-Hauz, y si tienes la suerte de coincidir con el rezo del viernes, el espectáculo es difícil de olvidar.
Recuerdo que no cabía un alfiler: los fieles desbordaban el interior y el discurso del imam salía amplificado al exterior para que nadie se quedara sin escucharlo. Un momento de esos que te recuerda que estás en un lugar donde la fe sigue siendo parte del tejido cotidiano, no un teatrillo para turistas.
La mezquita tiene un porche extraordinario: techo de maderas pintadas sostenido por veinte columnas de nogal, con el minarete de ladrillo y azulejos presidiendo el conjunto desde las alturas. Merece detenerse aquí con calma (incluso si no coincides con el rezo).
Los bazares cubiertos y los caravanserais
Los bazares cubiertos de Bukhara son la continuación natural de Lyabi-Hauz: organizados históricamente por oficios —comerciantes de seda, de especias, de joyas—, hoy acogen a artesanos que trabajan y venden miniaturas, soportes de madera labrada para el Corán, pañuelos de seda, bordados, cajitas de azafrán y especias al peso.
Los caravanserais, algunos de ellos convertidos en madrasas durante el apogeo islámico y semiabandonados después, están abiertos al visitante. Hoy albergan a comerciantes dedicados al turismo. Si se mira sin prejuicios, la continuidad con la función original —comerciar, intercambiar— resulta más literal de lo que parece.
Aquí, entre los puestos, fue donde conocí al fabricante de cuchillos: dentadura de oro reluciente, sonrisa franca, muy dispuesto a que le fotografiaran.
Las dentaduras doradas son símbolo de prosperidad en Uzbekistán, y se llevan con un orgullo muy natural.
El Parque Samani y los mausoleos
Un poco al margen del circuito más transitado, el Parque Samani ofrece sombra, calma y dos mausoleos que valen la visita.
El más importante es el mausoleo de Ismail Samani, del siglo X, una joya de la arquitectura en ladrillo preislámica que se considera uno de los edificios más antiguos de Asia Central.
Su decoración geométrica en terracota, sin azulejos ni grandes ornamentos, tiene una elegancia austera que contrasta con la exuberancia visual del resto de la ciudad.
Junto a él, el mausoleo de Chashma-Ayub, del siglo XII, con su cúpula cónica de origen corasmio.
Quizá lo mejor del parque, sin embargo, sea justamente eso: la calma que se respira.
El hammam histórico: un lujo inesperado
Hay una experiencia en Bukhara que no aparece en todos los itinerarios pero que, si se da la oportunidad, no hay que dejar escapar: el hammam del centro histórico.
Yo entré al mediodía de agosto, después de llegar desde Samarcanda bajo un calor que aplastaba. Lo que encontré fue una gran sala excavada casi en la roca, oscura, primitiva, con una cúpula por la que entraba una luz tenue por ventanas minúsculas. Un salto en el tiempo en toda regla.
La separación de sexos en los hammams uzbekos es estricta —por horarios y días—, pero siendo extranjeros hicieron una excepción y nos dejaron entrar juntos. Los masajistas hicieron el resto.
Cuando terminamos y salimos, el hammam abrió sus puertas a los hombres de Bukhara como si nada. Como cada día desde hace siglos.
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Bukhara en 2 días: propuesta de itinerario
Si solo dispones de dos días en Bukhara, este es el orden que te recomiendo:
Día 1: Plaza Lyabi-Hauz → bazares cubiertos y caravanserais → complejo Kalon (mañana y tarde, con la luz de las distintas horas) → mezquita de Bolo-Hauz → atardecer desde las murallas del Ark.
Día 2: Ciudadela Ark → Parque Samani y mausoleo de Ismail Samani → hammam → paseo libre por el casco histórico sin objetivo concreto, que es cuando Bukhara da lo mejor de sí misma.
Si tienes un tercer día, dedícalo a explorar los barrios más alejados del centro turístico y a los alrededores.
Bukhara forma parte del triángulo clásico uzbeko junto con Samarcanda y Khiva, y las tres ciudades se complementan de manera casi perfecta.
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Qué buenos recuerdos y cómo cambia una ciudad con las estaciones :-) Nosotros estuvimos a finales de febrero y el frío era cortante, todas las calles con nieve en las aceras y las mezquitas cubiertas (lo que no deja de llamar la atención :-) )
Gracias por devolvernos allí :-)
Qué chulo, me gustaría conocerla también en esas lides, con nieve y demás, aunque me imagino que pasear en un poco menos placentero, desde luego tiene su punto… yo conocí así Praga :)
De nada, gracias por comentar!!
Qué bonito!!
La pandemia me ha quitado la oportunidad de conocer Uzbekistán en 2020 y yo creo que este 2021 va por el mismo camino…bueno esperamos que en un futuro pueda quitarme la espinita.
Estupendo relato!!1
Me alegro de que te haya gustado! Sí, con la pandemia 🥺🥺🥺🥺🥺