Rishikesh

Los Beatles estuvieron en un ashram cercano a Rishikesh. El río Ganges pasa por Rishikesh igual que pasa por la cercana Haridwar. En Rishikesh hay templos con cuevas para meditar, playas discretas donde bañarse en las aguas sagradas aun no siendo hinduista, puentes colgantes que te recuerdan al cercano Himalaya que tantas ganas tenía de encontrar… 

Pero Rishikesh no me impresionó tanto como Haridwar. Las cosas como son. Me gustó, pero fue como una continuidad de la primera que tanto me había sorprendido. En Haridwar encontré y sentí algo mucho más intenso.

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Así que o yo soy rara, o bien es porque mucha gente visita sólo Rishikesh, que es la más famosa de las dos. Parece que, por eso, esta es la que te tiene que gustar más. Reconozco que me generó cierto conflicto (ya superado, ji, ji).

Rishikesh

Después de vivir la experiencia de una ofrenda de fuego en el Ganges en Haridwar, nos fuimos a pasar los siguientes días a Rishikesh.

Era noche cerrada cuando llegamos al Divine Resort. Este lugar, bonito y muy cuidado, es regentado por un tipo realmente curioso. Todo un personaje que parece un patriarca gitano con su look ecléctico, su melena rizada y sus gestos.

Nos recibe con una kata, un pañuelo de seda de color blanco que utilizan los budistas tibetanos para dar la bienvenida a alguien, o llevar como ofrenda al templo. A mi eso ya me conquistó, significaba que estaba mucho más cerca del Himalaya de mis sueños 🙂

Pero además el hotel se encarama en la ladera de la montaña y tiene unas vistas espectaculares del río Ganges y los puentes de la ciudad, enormes.

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Me asomé. Contemplé la noche en el Ganges e hice algunas fotos. Poco más podía hacer y tenía que descansar.

Meditando en una cueva sagrada

Me despierto con el sonido del Ganges. Bravo, corriendo junto al hotel. He salido a la terraza y he visto a unos monos en los tejados de al lado. Parece que está saliendo el sol, lo que es casi increíble!

[primera anotación de mi diario de viaje, en Rishikesh]

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Pues sí, así empezamos el día. Cogimos el coche y nos fuimos a un ashram pequeño junto al Ganges, muy cerca de Rishikesh, el Vashista Guha. Aparte de algunos sadhus que viven allí, no hay nadie más. El verde de las laderas himaláyicas me sorprendió, bajo la luz del sol que por fin se dejaba ver.

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A un lado un puente colgante por el que transitan los burritos cargados de arena de la orilla del Ganges. De nuevo encontraba una imagen himaláyica.

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Al final del camino de piedra, entre enormes árboles, una cueva sagrada. Dentro, un lingam de Shiva en un pequeño altar con velas. El resto todo oscuro.

Nos sentamos en el suelo tratando de encontrar comodidad suficiente, piernas cruzadas, y nos sumimos en el silencio y la oscuridad.

La meditación consiste en dejar la mente en blanco, no pensar en absolutamente nada. Para ello, hay que concentrarse en la respiración, rítmica y reposada, de dentro hacia afuera. Suena fácil pero no lo es. Eso sí, cuanto más lo consigas, y más rato, más cerca estarás de la iluminación, la paz contigo mismo y por tanto con el mundo.

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La explicación que acabo de destacar es un poco burda, pero más o menos es lo que viene a ser eso de meditar e iluminarse. Al menos, encontrarte con tu interior. O por lo menos, relajarte realmente.

Después probamos la aguas del Ganges en la playa contigua. Junto a los burros que iban y venían cargados y descargados con su arena.

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Consejo para un baño en el Ganges: olvidaos del bikini, no es decoroso y eso en India es importante, tanto como en muchos países musulmanes.

Listos para recorrer Rishikesh!!

Primero unas calles estrechas, algo oscuras y llenas de tiendas. Un bazar asiático, no cabe duda, por el que circulan tanto personas como vacas.

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Templo de Sri Trauanbakshwar

Después, llegamos a uno de los puentes que habíamos visto en la distancia. Lo cruzamos tranquilamente, haciendo fotos, igual que otros visitantes.

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Nos plantamos en Tapovan, el distrito más popular de Rishikesh, “la parte vieja”.

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El protagonista es un gran templo que se alza en varias terrazas. De él emerge el sonido de las campanillas, constante, casi rítmico. Los peregrinos han de subir todos los pisos, y hacer sonar dichas campanillas a su paso.

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A la derecha una calle abre el camino. Tranquila, casi vacía, es una hora de calor y los que saben, saben que no hay que andar por la calle si no es necesario.

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Comercios de todo tipo, incluidos masajes ayurvédicos o lectura de los chakras, se suceden. Hacia el final, un edificio que bien pudo ser un palacio, o acaso un templo, con delicadas pinturas que aún se adivinan.

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Decidí continuar por esa calle que ya no lo parecía tanto, y me encontré en un camino que ascendía entre zonas de bosque, con algún puesto de chai y gentes que miraban sonriendo y pidiendo una foto.

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Street Art (arte callejero) en Rishikesh

Ahí empecé a verlo. Pequeñas intervenciones en paredes, a veces en alguna tabla de un cobertizo junto a un paisano echándose la siesta… o en los muros de los edificios ajados por la humedad.

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Murales de “street art” o arte callejero salpican Rishikesh. Y una no se espera nada así en una ciudad india, ni mucho menos en una que es tan sagrada.

Una pincelada de modernidad, de sensibilidad distinta, traída de Occidente, se integra en todo lo demás, en esa realidad de sadhus, saris, vacas y monos. Y le sienta bien.

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Busco información en Internet y me encuentro con que se ha celebrado el Rishikesh Street Art Festival,  así que no estaba equivocada. Parece que se celebró en el mes de Marzo y como siempre en estas iniciativas, la idea tiene que ver con sacar el arte a la calle, a la vista de todos. Una forma de enriquecer la vida.

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Por un camino de cuento hasta el Ganges

Y seguimos andando, y cada vez hay más sadhus sentados en los bancos de piedra, entre los peregrinos.

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Cada vez me siento más en un cuento, sobre todo cuando no pasan coches pitando y se hace el silencio. Miro los caminos verdes y los árboles sagrados señalados con telas de color rojo que se sitúan a mi derecha. También estoy pendiente de los monos que cuelgan de los árboles, bajan a la carretera, y parecen tranquilos aunque todo el mundo sabe que no lo son.

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Nos tomamos un chai, mi primer chai. El tipo es de lo más simpático, y la bebida es deliciosa. Me convierto en una fan declarada de este té con leche y especias que van del cardamomo a la pimienta negra (no pica).

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En ese rato, unas mujeres me piden que les haga una foto con una de las vacas que hay frente al templo de Shiva. Realmente se las ve ilusionadas así que no quiero decepcionarlas!

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Bajamos por una calle mucho más transitada y el sueño relajante queda atrás. Nos vamos hacia el Ganges, el barrio de los Ashrams (centros de retiro, yoga y meditación). El ambiente se va cargando de color, aromas y actividad.

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Hacemos tiempo entre ghats, vacas, sadhus y hippies. Rickshaws y coches, montones de basuras, vendedores de polvos de colores…

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Ganga Aarti o ceremonia del fuego en el Ganges

Una nueva oportunidad para ver una ceremonia del fuego en el Ganges. Nos vamos al ghat Triverti. Hay que descalzarse al entrar, y en la medida de lo posible situarte en un buen lugar para escuchar los cantos y ver la ceremonia.

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Nos encontramos con un Ganges muy muy crecido, que tapa buena parte de los escalones o ghats. Buscamos un lugar con los pies casi en el agua, y nos disponemos a esperar. El sol va cayendo, semi oculto por las nubes. La gente va llegando.

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Reconozco que Haridwar puso muy alto el listón, pero aun así yo esperaba una experiencia similar a la de la noche anterior.

Unos jóvenes vestidos de naranja empiezan a cantar de manera hipnótica y con buena voz. Sus cantos se oyen muy lejos gracias al equipo de sonido que utilizan.

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La gente, sobre todo mujeres con sus coloridos saris, presentan caras risueñas, sonrisas.

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Llega el momento de la ofrenda y quien más y quien menos prepara su hoja, cesta o pequeño recipiente con una vela, flores y azúcar, para echarla al río. Los de la primera fila ayudan a acercar las ofrendas de los que están atrás. Las expresiones son de alegría, de comunidad también. Hay menos solemnidad que en Haridwar, pero muy buen ambiente.

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Y casi súbitamente todo termina y cada cual se va a lo suyo.

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Nosotros, a dar una última vuelta nocturna por las calles de Rishikesh. Calles oscuras, apenas sin luz eléctrica en muchos puntos. Avanzamos a tientas entre vacas tumbadas, bultos negros que apenas se distinguen.

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Planazo nocturno en Rishikesh: cenar en el Vanprast Ashram por unos 2 € cada uno. Se puede visitar, pero está prohibido hacer fotos.

Un Ashram como este consiste en una serie de edificios bajos donde se alinean las habitaciones de los que pasan allí una temporada. Recuerdo habernos parado ante un templo en el patio principal. La música nos atrajo y allí nos quedamos. Un lugar muy tranquilo, Rishikesh, según en qué rincón te muevas.

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