Península de Dingle

Un punto en el que empezamos a disfrutar de verdad de los paisajes y ésa sensación única de estar muy lejos fue la Península de Dingle.

Ya habíamos recorrido el afamado “Ring of Kerry”, del que os hablaré otro día, y no diré que no nos gustó, sería mentir, pero… Dingle nos sorprendió más y nos encandiló por el menor número de turistas y gentes de paso.
Aquí era más fácil quedarse solo en un acantilado, transitar con poco tráfico, y disfrutar del sonido de la brisa sin otros “ruidos” alrededor.
También es cierto que el clima mejoró mucho a lo largo del día y que el cielo azul se abrió de manera más decidida en los siguientes, todo un lujazo en estas latitudes ;). 

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Dingle me lo habían aconsejado vivamente, pero cuando estábamos en Dublín trazando un poco la ruta pensamos que no nos daría tiempo si queríamos dedicar días a otros lugares. Finalmente volvimos a cambiar de opinión y sí, nos vinimos un par de días. ¡Qué bien hicimos!!. 

El recorrido más espectacular de esta península es justo en su parte más septentrional, la más occidental de Europa. 

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Península de Dingle, qué ver y cómo recorrerla

Una vez resuelto el tema del alojamiento en el mismo Dingle, nos dirigimos hacia la punta de la Península para hacer un circuito circular.
En primer lugar, “nos topamos” con el fuerte Dunberg, un bonito ejemplo de vivienda de la Edad del Hierro al borde de un acantilado.

Los acantilados de esta península no son tan altos ni tan espectaculares como los Cliffs de Moher, pero se me antojan más salvajes, incluso más enérgicos. Quizá por la imperfección de sus paredes, la gallardía de las rocas terminadas en punta, el predominante color negro…

Dejaré el tema del fuerte para un post monográfico, y me centraré en las cabañas que justo al otro lado de la carretera se podían visitar por el módico precio de 3 € por barba. Je, je… toda una sorpresa, muy divertida! 

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Para empezar, un tipo que estaba sentado en el asiento de su furgoneta nos saludó y se desplazó a una caseta de obra a cobrarnos las entradas, además de preguntarnos de dónde éramos y soltar alguna bromilla de las que gustan por aquí ;D.
A partir de ahí, hay que subir un caminito empinado. El pony que nos encontramos a su vera era precioso y también muy amigable, como si la amabilidad fuera no sólo cosa de humanos en esta isla :). Un poco más arriba están las cabañas.
Estas son una representación de cómo era la vida en el s.XIX, en los tiempos de la Gran Hambruna, esa gran tragedia que se saldó con millones de vidas y el desplazamiento de muchísimos otros a EEUU (los terratenientes les regalaban billetes para este destino como “compensación”, una vez reconocieron que no quisieron bajar los precios de los escasos alimentos a pesar de que morían como chinches… hay que jo…).

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Nos dirigimos a la primera cabaña que había a nuestra izquierda y al asomar la cabeza (yo iba la primera, estábamos solas): aaahhhhh… un señor y una señora muy feos estaban mirándome!!!. Eran muñecos!!! de tamaño natural y muy realistas!. Aquí la foto:

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Esto me recordó a un museo que visité en Canterbury (UK) hace un montón de años, cuando pasé un mes  allí aprendiendo inglés. El museo representaba la ciudad en la Edad Media, con su mercado. Recuerdo que los muñecos eran también de lo más realistas, y que en cada puesto del mercado se olía nítidamente la mercancía: pescado, fruta, etc. Los anglosajones son muy de este tipo de museos o representaciones. Otro ejemplo: la ceremonia de las Olimpiadas de Londres 2012, aunque en éste caso era con gente de verdad 😛

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Continuamos entrando en las otras cabañas. Yo pensaba que no habría más muñecos, pero estaba equivocada, así que seguí pegándome sustos. Ja, ja, como si estuviera en un videojuego o en un rodaje!! Y es que los muñecos eran de lo más truculentos…

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Eso sí, la puesta en escena realmente lograba transportarte a aquella época, viendo allí mismo todos los objetos y muebles que constituían un hogar y que tanto me recordaban a las pelis del Salvaje Oeste. Pero claro, es que los habitantes del Salvaje Oeste, en buena parte, eran de origen irlandés y venían de lugares como éste!!

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Después de tantas “emociones”, seguimos adelante decididas a encontrarnos con los acantilados. A la altura del Cabo Clogher la carretera serpentea entre la ladera de roca y hierba y el cortado que cae al mar. Como había buena visibilidad y la gente conducía con calma, como nosotras, decidimos parar un momento y hacer un par de fotos porque el paisaje era maravilloso. Justamente allí había una gaviota enorme, no sé de qué especie concreta…

No se inmutó por nuestra presencia y cuando me acerqué para hacerle una fotillo de cerca (y no tuve que dar más de dos pasos desde el coche), se removió y finalmente se encaró y me gritó para que me largara. Y llegaba otra amiguita suya, así que inicié la retirada, ja, ja, sólo por el pico y esos ojos amarillos, mejor no provocarlas!!.

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Seguimos un poco más por la carretera hasta una playa que habíamos visto desde más arriba y a la que se accede por una desviación a la izquierda y que después identifiqué como la playa de Clogher, donde abundan los surfistas… 

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La playa es una pequeña ensenada en medio de los acantilados de roca prácticamente negra, cortados de forma caprichosa y que hacen pensar en trampas mortales.

Por encima de ella, un camino sube hacia… ¿el cielo? 😉
Por allí arriba nos asomamos aún más a los cortados y sobre todo observamos a las aves, de varios tipos, que suben y bajan en incesante actividad y pasan muchísimo de los cuatro gatos que andábamos por allí.

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Seguimos avanzando hasta un punto de la costa cercano a Ballyferriter o Baile an Fheirtearaigh y aprovecho para comentar que Dingle es uno de los lugares donde más se habla irlandés y de hecho a partir de este tramo tuvimos algunas dificultades buscando los sitios, porque la mayor parte de los carteles están en irlandés y los nombres de los sitios no se parecen mucho a la versión inglesa, así que es mejor que llevéis un mapa que los incluya y de todas formas armaos de paciencia porque la mayoría de nombres irlandeses son muy largos y están llenos de vocales y entre que uno lo lee, lo integra y… te has pasado el cruce, ja, ja 😛

Como decía, volvimos a parar en un punto cercano a este pueblo, desde el que divisamos un nuevo tramo de costa, igual que espectacular que el anterior!

Fascinante cómo el verde de los prados se funde con el azul del cielo y el verde-azul del mar, y esto sólo lo rompen los tramos de roca y las casitas, blancas o de colores, ya tierra adentro… Una constante de la Irlanda costera.

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Fascinante también la transparencia de las aguas en las playas resguardadas, de arena casi blanca. Parece un corta-pega de otras latitudes pero no, es así!

Decidimos parar a comer en Ballyferriter sobre todo porque no hay muchas más posibilidades de encontrar pueblos con pubs y comida.
Ballyferriter es un pueblo pequeñito que a esa hora se dejaba calentar por el sol, mientras sus habitantes hacían la comida o estaban pasando un buen rato en la playa, porque había poquísima gente!

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La iglesia, orgullosa con su bandera irlandesa ondeando al viento y una cruz estilo celta junto a su puerta, se sitúa enfrente de un pequeño museo que a esas horas estaba cerrado…

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Justo al lado, en uno de esos pubs auténticos y tranquilos, degustamos el famoso salmón ahumado de la zona y un pez a la brasa, mientras mirábamos cómo una pareja joven, sus hijos y otra mujer comían patatas fritas a tutiplén y sopa. Ellas con una conversación animadísima sobre “vaya ud. a saber qué”, muy compenetradas y expresivas, nos llamaron mucho la atención.

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Eran gemelas, y esto me recuerda la gran cantidad de gemelos y mellizos que hemos visto en este viaje. Wow!! ¿alguien sabe si en Irlanda hay una tasa de gemelos mayor de la habitual y por qué? ¡no me creo que sea por un mayor uso de técnicas de fertilidad!.

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A partir de aquí, emprendimos el camino de regreso a Dingle, ya que no le habíamos dedicado ni medio minuto a este bonito pueblo y al día siguiente poníamos pies en polvorosa porque había carreras de caballos, la fiesta más popular de la zona, y no nos apetecía tener que sumergirnos en el atasco de coches que entran y salen por la pequeña carretera de acceso (aunque hubiera estado muy bien vivir el momento, supongo). Algo que ya habíamos “probado” en otro pueblo un par de días antes, cerca de Killarney… Julio y Agosto son los meses donde se concentran buena parte de estas fiestas, y no está de más tenerlo en cuenta porque los alojamientos suben de precio, es fácil quedarse sin sitio para dormir y os toparéis con estos atascos.

En fin, el extremo oeste de Dingle quedará en mi memoria como uno de los lugares que merece la pena recorrer y disfrutar, y si tenéis que elegir por el número de días… no os lo dejéis en el tintero 🙂

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