lalibela etiopia

Lalibela puede ser una de las estrellas del viaje a Etiopía, y yo desde luego no la descartaría en absoluto. Allí se ubican las increíbles iglesias talladas en la roca que comenzaron a construirse en el s. XIII y que son el centro de peregrinaje de los cristianos ortodoxos etíopes. 

Cuando llegamos, después de un camino por tortuosas carreteras de montaña, ascendiendo sin parar entre valles y montañas de color verde intenso por ser época de lluvias (Agosto), me sorprendió ver lo que vi…

paisaje muy verde y montañoso desde el pueblo de lalibela

El pueblo de Lalibela, un punto y aparte en Etiopía

Un pueblo desparramado, de casas muy humildes, y poco más. Las iglesias no se ven y no parecía haber mucho más que las espléndidas vistas a los valles de uno y otro lado, ya que el pueblo parece que se encarama en una especie de cornisa estrecha.

un chico montando en bicicleta y dos mujeres más atrás con paraguas azul en lalibela

Luego de acomodarnos en uno de los hoteles que quedaba a unos 300 m. de la calle central, salimos a dar una vuelta. Hacía frío y había mucha humedad, barro en las calles… un ambiente aparentemente poco acogedor.

retrato de niña preciosa con moquillos colgando lalibela

Sin embargo, una vez echamos a andar y a “reconocer el terreno”, nos encontramos con un ambiente muy cálido. Los críos nos saludaban y sonreían, dispuestos a jugar con nosotros o a seguirnos un tramo del camino buscando algo de nuestra atención, observándonos.

pandilla de niños en lalibela

retrato de dos niñas de lalibela que miran con sus ojos negros a la cámaraPor cierto, aquí no piden dinero por las fotos como en el sur del país, y en general no piden, excepto que es bastante común que algún chico joven se una al paseo entablando conversación en inglés.

Seguramente después de un ratito hablando del clima de Lalibela, de nuestro país y de las comparaciones con Etiopía… os contará que su familia son campesinos y que él está estudiando en la escuela secundaria a punto de entrar en la universidad. No lo hará de manera lastimera, si no que sólo lo contará. Un poco después, os pedirá una dirección de email para que sigáis en contacto. Y quizá poco antes de despedirse querrá saber si estáis dispuestos a ayudarle en los estudios. Aunque la respuesta sea negativa, educada pero negativa, probablemente os regale la cruz que lleva al cuello. Si le habéis dado una dirección falsa de email, en vez de decir que no, probablemente al día siguiente venga y os diga que “it doesn’t works” (no funciona), y os pedirá que comprobéis de nuevo la dirección. Si no queréis participar en este tipo de cuestiones, lo mejor es decir que no tenéis email. En ningún caso son agresivos, ni bordes, ni nada por el estilo.

tres hombres sentados y apoyados en rama de árbol seco en lalibela

Como iba diciendo, la gente iba envuelta en sus telas tradicionales, aparecían curas o monjes por aquí y por allí, y de repente me di cuenta que se estaba bien en Lalibela.

tres hombres caminando por lalibela con turbante y mantos blancos

No sé si era la tranquilidad del lugar o qué, pero enseguida me sentí relajada y me concentré en lo que estaba viendo, más que en el principal “objetivo” de ir hasta allí: las famosas iglesias, de las que os hablaré en el siguiente post.

Me dediqué a observar los puestos del mercado que ya estaba terminando, las tiendecillas abarrotadas de mil y un artículos diarios (jabón, tabaco, caramelos, etc., etc.), los hombres sentados en cuclillas o arracimados bajo un tejadillo con pinta de parada de autobús, que no era ni más ni menos que el lugar donde trabajan los limpiabotas. 

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Una de mis compañeras de viaje comentó se parece un poco a la India, y enseguida me di cuenta de que sí, efectivamente, tenía un aire a los pueblos de la India. Quizá los colores, la manera de sentarse de la gente, las telas envueltas alrededor del cuerpo…

varios hombres sentados en el suelo en lalibela

Y un poquito a Marruecos también recuerda 😉

hombres subidos a antena altísima construyéndola en lalibela

Andando por la calle, encontramos una fila de hombres que la cruza totalmente. Están a punto de tirar de una gruesa soga. Levantamos la mirada y contemplamos casi con estupor cómo unos operarios están montando una antena enorme. Sin protección de ningún tipo… Los hombres de abajo son los encargados de subir las piezas con la cuerda!

Ya por la noche, y lamento no haberme llevado la cámara de fotos, decidimos ir a cenar a un restaurante que anuncia pizzas en su menú.

Cuando llegamos en medio de una lluvia torrencial, por las oscuras calles embarradas, nos encontramos con un local muy humilde. Enseguida nos preparan una mesa y efectivamente pedimos pizza… La hacen en ése momento, mientras degustamos unas St. George (la cerveza etíope más extendida, suave y rica).

Se va la luz y nos piden nuestros frontales para seguir trabajando en la cocina, una cocina renegrida por el hollín toda ella, con medios muy muy rudimentarios. Por fin sale la pizza… sin queso, pero muy rica!

Felicitamos a las cocineras a través del camarero y salen a agradecernos el detalle. La cocinera principal, dueña del restaurante, es una mujer de mediana edad guapísima y muy simpática, que ríe sin parar tímidamente ante nuestras alabanzas aunque no nos entiende ni en inglés.

Decide hacernos un café a la manera tradicional, es decir, representa para nosotros la ceremonia del café… y fue fantástico!!

Una ceremonia que dura entre 30 y 45 minutos, donde tuestan los granos de café enteros sobre una plancha de metal y brasas candentes, luego muelen el café a mano en un recipiente especial, lo hierven en una cafetera de barro, y finalmente le echan una hierba aromática. El café se bebe solo, dejando los posos al final. ¡Riquísimo!! No nos lo quería cobrar pero al final le pagamos más que el precio que habíamos acordado por la comida y la mujer se emocionó.

Fueron un par de horas geniales, donde conocimos la hospitalidad y buen humor de las gentes de Lalibela. Por supuesto, volvimos al día siguiente a comer injera, el plato tradicional ;-).


 

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