La región del Epiro es tan vasta en sitios que ver, que haría falta dedicarle al menos una semana dejándose llevar por el mapa. Nosotros decidimos pasar un día y medio, bajando de norte a sur por la costa jónica de Grecia, en nuestro camino hacia Delfos. Tuvimos que hacer muchas renuncias, pero al menos ya sé que no me importaría hacer otro viaje con más calma para explorarla en profundidad 😊
Por qué incluir la costa jónica de Grecia en tu viaje: una región llena de lugares simbólicos y espectaculares
Si estás diseñando una ruta por el país y dudas de si desviarte hacia el oeste, déjame decirte que esta zona es el contrapunto perfecto a las ruinas del Peloponeso o al misticismo de Meteora.
La costa jónica de Grecia es una explosión de azul turquesa, verde intenso e historias que parecen sacadas de una leyenda.
Para mí, estas son las razones de peso para no pasar de largo:
Está claro que la región del Epiro, la costa jónica de Grecia continental, tiene tantos sitios emblemáticos que la cabeza te da vueltas. Como he dicho al principio, nosotros tuvimos que tomar decisiones, elegir y renunciar, pero ¿Qué viaje no te obliga a ello en mayor o menor medida?
Mapa interactivo de la Costa Jónica
Para ayudar a situarte, antes de entrar en materia, aquí tienes un mapa interactivo con los sitios que cito en el post. Además, puedes buscar alojamientos directamente aquí 😊

Parga, el pueblo más fotogénico del Jónico
Cuando estábamos en Meteora organizamos un poco el itinerario que seguiríamos hacia la costa jónica. Cambiamos así la primera idea que teníamos de nuestra ruta, que era ir a Delfos directamente por el interior. Este desvío nos llevaría a restar una noche de lo que habíamos pensado para el Peloponeso, pero teníamos curiosidad.
Buscando en el mapa dónde pasar la noche, me llamó la atención Parga. No había oído hablar de este pueblo en mi vida, pero las fotos que encontré en internet prometían un sitio cuanto menos bonito.
Parga es una de las localidades de la costa jónica de Grecia más populares del verano. Es un pueblo blanco cuya arquitectura y calles laberínticas recuerdan a las islas Cícladas, cuenta con dos playas y está rodeada de preciosos acantilados. Adaptándose a la orografía, la mayor parte del pueblo tiene buenas cuestas, excepto las calles junto al paseo marítimo.



En el mes de noviembre Parga está dormida, que no abandonada. Como ya he visto en Menorca o en Naxos, muchos restaurantes y hoteles están cerrados y reina la calma. Las calles están casi vacías. Muy de vez en cuando te encuentras con gente haciendo reformas en los establecimientos que abrirán cuando vuelvan los turistas, alguna tienda pequeña y poco más.
Aunque en google aparecen muchos restaurantes y hoteles como “abiertos”, es falso. Están cerrados. Al anochecer descubrimos que somos una docena de turistas como mucho.

Paseo Marítimo de Parga
El paseo marítimo de Parga es uno de sus grandes atractivos. Desde allí se divisa un pequeño grupo de islotes cercanos a la costa, y en el más grande se ve una ermita blanca con su campanario. Es la Capilla de la Virgen de la Asunción. Además, en uno de los promontorios hay restos de un pequeño castillo.
Creo que en verano se puede ir en barco, pero ya desde la orilla el conjunto es precioso.

La playa que hay a continuación se llama Krioneri Beach y es relativamente pequeña, pero sus aguas transparentes son hipnóticas.
Un poco más allá, los acantilados de caliza blanca me recordaron a los de la isla de Gozo. Tan majestuosos como amenazantes, se enrojecen con la puesta de sol.
Cuando está a punto de anochecer la vida despierta en la zona del puerto, aunque en el mes de noviembre no es mucha (en verano seguro que se pone de bote en bote). Los hombres, mayores y jóvenes, se ponen a pescar con caña mientras miran al horizonte enrojecido. Sus siluetas se dibujan entre las sombras crecientes. Por la noche, las luces de Parga se reflejan perfectamente en el agua.

“Sals… Wals… Hals… parece estar diciendo siempre cada ola que rompe en la orilla. Aλς (hals) llamó la lengua griega al mar hace milenios, como tratando de repetir su voz. De ese nombre aprendieron después nuestras lenguas a llamar a la sal”
– Palabras del Egeo, Pedro Olalla –

El castillo de Parga
Además de las playas y las coquetas calles y plazas de Parga, no hay que perderse el Castillo Veneciano, que se ha quedado en mi memoria como lo mejor de Parga.
No es un sitio que parezca prometer mucho desde el exterior, pero llegamos a sentirnos como unos exploradores de los de antes. A esto ayudó, claro está, el hecho de que viajamos en temporada baja y no había prácticamente nadie.
Información práctica para tu visita
Para que no te lleves sorpresas al llegar a la cima de la colina, aquí tienes la información que necesitas. A nosotros nos costó un poco encontrarla:

Nada más pasar por la puerta, dejando a un lado un tramo de murallas almenadas que se asoman a la ciudad, vemos un camino de frente con pinos altísimos que parecen tapar la vista del mar.
Varios carteles advierten de que no te acerques al precipicio, y que haces la visita bajo tu propia responsabilidad.
Centrados en las vistas del mar, las islitas que hay frente a Parga y alguna barca que surca el agua, avanzamos hacia el final, pero resulta queel sendero continúa bordeando la montaña. Y por ahí nos metemos.

Historia del castillo de Parga
Estamos en una fortaleza veneciana de finales del siglo XVI construida sobre los restos de una fortaleza otomana. Probablemente, la fortaleza otomana se construyó sobre restos más antiguos, ya que es un buen punto de defensa de la costa.
Los otomanos volvieron más tarde con Alí Pachá y compraron la ciudad a los británicos en 1819. Muchos emigraron a Corfú, y Parga no volvió a manos griegas hasta el año 1913.

Explorando el castillo de Parga
No se puede rodear toda la montaña, pero explorando verás que hay unas antiguas y maltrechas escaleras de piedra que suben hacia el centro de la colina.
Al cabo de pocos metros se alzan unas murallas enormes. Franqueamos una puerta con forma de arco y entramos en una serie de calles antiguas con edificios que incluso conservan el techo.
A un lado está el castillo propiamente dicho. Al otro, más murallas defensivas y edificios. Sólo se oía el sonido de los pájaros y el sol bajaba en el horizonte, dotando de más sombras y relieves a este escenario de película abandonado.


Después de dar vueltas a placer, bajamos por una calzada antigua que no habíamos visto al entrar en el recinto, y que está a la derecha, en dirección a la colina. Dicha calzada es en realidad el camino oficial para subir al castillo.
En un par de minutos estábamos de nuevo en la primera parte, justo cuando empezaba la caída del sol. Acodados en las murallas exteriores, contemplamos cómo sus rayos encendían las casas blancas de Parga y los acantilados hasta llegar a un color naranja brillante.
Fue precioso y esta es mi principal recomendación: sube al castillo de Parga para ver la puesta de sol desde allí arriba. No te arrepentirás.


Dónde dormir y comer en Parga
Para dormir en Parga nos decidimos por el Palatino Hotel, uno de los mejor situados en relación al casco viejo, de entre los que había abiertos.
Esta fue la noche más cara de todo el viaje, reservando con un día o dos de antelación. El problema es que en esos meses estaba cerrado casi todo. En verano, en cambio, es posible que los precios suban porque hay mucha más demanda, así que ya sabes, madruga y reserva con tiempo.
Aquí puedes encontrar más alojamientos en Parga. Seguro que entre primavera y septiembre-octubre hay muchas más opciones de distintos precios.
Para comer y cenar, te puedo recomendar los siguientes lugares:

Aitolikós, la «pequeña Venecia» griega y cuna del caviar griego
Al día siguiente, después de desayunar, emprendemos el camino hacia el sur. Nuestro primer y principal objetivo es Aitolikós o Aitoliko, a dos horas y cuarto de Parga en coche.
Como he avanzado al principio, la ruta por la costa jónica de Grecia es preciosa, aunque la carretera no siempre va pegada a ese litoral tortuoso y lleno de accidentes geográficos.
Aitoliko es un pueblo que ocupa toda la superficie de una isla entre dos lagunas. Al norte, la laguna de Aitoliko, y al sur la laguna de Mesolongi. Dos puentes transitables en vehículo conectan la isla con el continente, uno en cada lado.
Las imágenes a vista de dron son espectaculares. Puedes verlas aquí. A vista de peatón no tanto. De hecho hay más edificios modernos que otra cosa, pero no deja de ser un sitio curioso. Sobre todo por su entorno natural.
Las lagunas y parajes que rodean a la ciudad de Aitoliko son Parque Nacional, siendo un ecosistema húmedo de gran valor ecológico. Más de 100 especies de peces y casi 300 de aves viven en sus aguas.
Aitoliko fue un bastión de la independencia griega. Sufrieron tres asedios de los turcos, que les superaban largamente en número, y cayó ante sus embates, claro está. Pero aún se recuerda a sus héroes en las calles.

Además, en Aitoliko son famosos por otra cosa. Aquí se pesca el mújol gris o petali, un pescado blanco del que también extraen las huevas o botargas.
Y esta es la gran especialidad de la ciudad: el caviar de mújol, que es uno de los pocos productos del mar con denominación de origen protegida (DOP) de Europa.

Decidimos comer en el restaurante Monómatos por sus buenas críticas. Es un restaurante muy local, situado en una calle estrecha del pueblo, y el dueño es amabilísimo. No sabe hablar inglés y resulta que no hay carta, sino que te «canta» los platos.
El hombre, muy resuelto y acostumbrado a esta situación, pidió ayuda a una mujer de la mesa de al lado que nos hizo de traductora. Optamos por la ensalada griega y el pescado típico a la brasa, la botarga. Nuestra vecina, además, nos dio a probar la anguila frita que estaba espectacular.

La mujer de la mesa de al lado entabló conversación con nosotros. En un momento dado, uno de sus acompañantes nos enseñó una foto del móvil en la que salía ella con ¡Ferrán Adriá! No nos llegamos a enterar muy bien, pero creo que eran productores del caviar de Aitoliko y ella debía de moverse por las altas esferas de la cocina.
Las salinas de Mesolongi
Un poco más al sur de Aitoliko comienza la zona de salinas de la laguna, si bien las más grandes están en Mesolongi, a poca distancia igualmente.
Primero nos dirigimos a la iglesia Panagias Finikas, que está en un islote conectada a tierra por una pista recta ganada al agua. Decidimos ir allí porque dicen que Lord Byron iba mucho a Panagias Finikas a contemplar la naturaleza.
Nos encontramos totalmente solos y vimos un grupo de flamencos preciosos que estaban a relativamente pocos metros de nuestra orilla. Las montañas se reflejaban a la perfección en el agua quieta, y es de esos lugares que estoy segura de que regalan grandes atardeceres. Pero teníamos que continuar.


Si yo soy poeta es gracias al aire de Grecia, dijo Lord Byron a su vuelta a Inglaterra, cuando se hizo famoso por los poemas escritos en el Epiro y el Ática.
Cuando Lord Byron volvió a Grecia en 1823, lo hizo proclamándose voluntario para luchar contra los turcos, por lo que fue aclamado por la población local. Sin embargo, el domingo de Pascua de 1824 Byron murió presa de unas fiebres en Mesolongi y no llegó a entrar en combate.
Su corazón fue enterrado en esta ciudad, bajo la estatua que le recuerda, y sigue siendo un poeta venerado en esta tierra adoptiva. Tanto las calles como algunos niños llevan su nombre.

Otra parada para contemplar las curiosidades de esta zona de la costa jónica de Grecia es la isla Tourlida, que está al sur de la ciudad de Mesolongi.
Allí están las salinas más importantes y otra curiosidad de la zona: casas palafito como las que he podido ver en otros lugares del mundo tan distantes como Benin, aunque cada una en su estilo local.


En Tourlida, las gaviotas, garzas y garcetas se buscan la vida entre la tranquilidad de algunos pescadores que emplean hilo, no caña.
Me hubiera quedado allí más tiempo, pero también queríamos ver el atardecer en Naupacto, y como no se puede tener todo, continuamos.



Naupacto o Nafpaktos, el lugar de la batalla de Lepanto
Desde los siglos IV y V a.C. el puerto de Naupacto fue una fuente de prosperidad para los habitantes de esta parte de la costa jónica de Grecia. Sin embargo, fue en la Edad Media cuando los venecianos erigieron las murallas que hoy podemos ver.
En los anales de la Historia, Naupacto es conocida por la Batalla de Lepanto, cuyo desarrollo fue ahí mismo, muy cerca de la entrada al golfo de Corinto.
Era un 7 de octubre de 1571 cuando la flota conformada por buques de Venecia, España y los Estados Pontificios (la Liga Santa) se enfrentaron a los otomanos. Trataban de poner fin a la amenaza que suponía la flota turca que asediaba sus costas una y otra vez.
La estrategia, el viento a favor y el doble o triple de combatientes listos para la batalla inclinaron la balanza a favor de la liga cristiana. Te recomiendo que leas este relato de National Geographic.

Entre los soldados estaba Miguel de Cervantes, quien resultó herido de una mano. Dicha mano le quedó inútil y por eso fue apodado “el manco de Lepanto”, aunque no se la tuvieron que cortar, como parece indicar tal apodo.
Hoy se le recuerda allí mismo con una estatua, un dato que desconocía por completo.

Más allá de lo simbólico del lugar Naupacto es una ciudad muy agradable, y el atardecer desde las murallas que parecen estar a punto de cerrar el puerto es digno de ver. Las calles de lo que fue la ciudadela están, eso sí, llenas de restaurantes y reclamos para el turismo, pero bien vale un paseo.
Otras posibles paradas para un recorrido por la costa jónica de Grecia
Si dispones de más tiempo, aunque sean un par de días más, te sugiero los siguientes lugares:

Nosotros finalizamos esta pequeña ruta por la costa jónica de Grecia llegando a Delfos tras una hora y media de conducción desde Naupacto. Ya era noche cerrada y este trayecto se hace un poco largo. La carretera está llena de curvas, tiene muy poca iluminación… pero la luna llena enrojecida, reflejándose en el agua, nos acompañó todo el rato. Al día siguiente pasaríamos la mañana visitando las ruinas del mayor oráculo de la Grecia Antigua y su museo, pero esta ya es otra historia 😉
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