gente andando entre vapores de geysers del tatio chile

Suena el despertador a las 4 de la mañana. Me levanto y me visto medio dormida, pero consciente de que en un rato voy a ver un lugar muy especial. He visto algunas fotos, no sé más. Pero sé que el amanecer en los Geysers del Tatio es una de esas cosas que justifican un viaje de miles de kilómetros.

Iba diciendo que ese día  madrugo como (casi) nunca. Me abrigo a conciencia con cuatro o cinco capas de ropa, a saber: camiseta normal y térmica, forro polar, chaqueta de plumas y abrigo de plumas, mallas térmicas y pantalones de invierno encima, dos pares de calcetines, gorro de lana, dos pares de guantes (sí).

Vamos a subir a 4.300 metros de altura antes de que salga el sol y me contaron que es fácil que la temperatura sea de -10ºC.   

En el bus del tour con Denomades y la agencia Turismo Layana nos ponen en antecedentes. Consejos para sobrellevar la altitud, el frío, normas del lugar. Y yo que pensaba ir durmiendo… Fuera sigue oscuro, aunque las estrellas se ven más débiles a cada minuto que pasa, dejando paso a una tonalidad azul oscuro, casi negro.

La temperatura prevista allá arriba termina siendo de, en efecto, -10ºC. Pero Jorge (nuestro guía) añade otro dato más “interesante”: la sensación térmica fue de -17ºC. Esto nos lo dice cuando nos vamos de allí. Mejor, así no te distraes con esas cifras locas, pero… ¡con razón me moría de frío!!

Llegamos a los Geysers del Tatio

El panorama es increíble, y eso que aún hay poca luz. Estoy ante un campo congelado y lleno de fumarolas de geysers que destacan con su blancura en los tonos azules dominantes a esa hora.

horizonte lleno de fumarolas con luz de amanecer en geysers del tatio

Son decenas de fumarolas. Por lo visto han contabilizado 64 geysers aunque la cifra varía según dónde la consultes. Resulta que hay varios tipos de geysers, y no todos entran siempre en la cuenta. Están los activos o «verdaderos», y los manantiales de erupción constante.

Alrededor hay volcanes de figura inconfundible, con restos de nieve en sus laderas.

Nada más llegar los de la agencia disponen el desayuno junto a la furgoneta. Uf, me siento frustrada. Yo lo que quiero es salir corriendo a hacer fotos y tratar de captar esa luz mágica. Impaciente que es una, porque la mejor luz vendría después. Además, sin trípode no hubiera retratado esos primeros momentos como yo imaginaba en mi cabeza inquieta. Como lo veía.

fumarolas de geyseres el tatio con luz rosada de amanecer viajar al desierto de atacama

Me uní al grupo y desayuné. Mejor empezar con energía y tratar de combatir tanto el frío como la altura. Con un mate de coca, seguido de unas hojas para mascar.

Además, correr, lo que se dice correr, no es nada aconsejable. La altitud no te deja. O puede que sí, pero después te pasará factura.

Los caminos por los que puedes (y debes) andar están congelados, así que el riesgo de resbalón es alto. Y tampoco está mal que no te estreses en un lugar tan bonito, porque en realidad tendría que ser lo contrario ¿no? Ya, esta es una cosa que no siempre se me da bien. Las emociones, a veces, me ganan.

Por fin nos ponemos en marcha

Andamos tranquilamente por los caminos trazados y limitados con piedrecitas. A veces son cruzados por canalillos de agua hirviendo. El agua que sale directamente de las entrañas de la Tierra.

“Los geysers se originan por el contacto de aguas frías subterráneas con rocas calientes. Los manantiales calientes dan origen al río salado que, 80 km después, se une al río Loa”, reza un cartel del lugar.

Me entero de que cada cierto tiempo hay desgraciados accidentes. Gente que sufre graves quemaduras por acercarse demasiado a las fumarolas, a los cráteres que expulsan agua hirviendo.

A mi paso escucho los borboteos y siseos de los geysers. Sshhhhhsss, brrrrmmmm, ssshhhsss. Puede que las descripciones del Infierno vengan de lugares como este. La Tierra está viva, no hay duda.  

Algunos son pequeños cráteres elevándose por la acumulación de los minerales que salen del subsuelo. Otros son, aún, simples agujeros en el suelo. De hecho tienes que mirar por dónde pisas. Podrías meter un pie sin querer y… mejor no pensarlo! Aunque los caminos están para evitarlo, a veces no da tiempo a cambiar el trazado si aparece un nuevo agujero.

El Tatio significa algo así como: El abuelo que no dejaba de llorar.

Junto con el sonido está muy presente el olor a huevos podridos. Los vapores de azufre y arsénico hacen que la garganta y la nariz te piquen. No es mala idea cubrirte con un pañuelo o braga de cuello, y tratar de no ponerte en el camino de las fumarolas. O no respirar cuando estas te alcancen. Así evitarás la agresión para tus mucosas. Mi nariz acabó sangrando al sonarme con el pañuelo, y así se quedó durante unos días.

Cuando la gente se acerca y tú estás un poco más lejos, les ves como sombras en un incendio extraño.

siluetas de gente entre el vapor de los geysers del tatio

Estando allí me viene a la mente Geysir, en Islandia, otro gran lugar. Pero El Tatio se me antoja más espectacular, además de ser el campo de geysers más alto del mundo. Es un sitio grandioso, con esos volcanes que parecen formar una muralla a su alrededor, y con la luz de esas horas, que va evolucionando de azules a violetas y luego dorados.

gran fumarola con gente alrededor y montaña iluminada por el sol al fondo geysers del tatio

En los geysers más grandes hay más que ver. El agua bulle, burbujea, sale a 85 o 90 grados de temperatura, y con ella suben minerales que tiñen el suelo de los colores del arco iris.

Hay formaciones de fantasía, son como redes, membranas, placas de bordes redondeados. Dan ganas de tocarlos, parecen muy suaves, pero ya lo he dicho, ni se te ocurra si no quieres abrasarte la mano!

gran columna de vapor en el campo de geysers del tatio con cielo muy azul

Un poco más allá están las grandes fumarolas. La más alta alcanza los cinco metros de altura y escupe su chorro de agua y vapor de manera rítmica, cada pocos minutos.

Entonces el sol supera la montaña y todo cambia

De repente parece que todo cobra vida, se anima más. Hay una explosión de colores y contraluces. No sé cómo explicarlo pero sí sé que en ese momento me paré unos segundos, fascinada.

sol saliendo por encima de la montaña y vapores de geysers del tatio
columna de vapor que se extiende por el arroyo del agua en geysers del tatio
campo de geysers del tatio iluminado por el sol
dos gaviotas andinas con cabeza negra cuello blanco y cuerpo gris en el agua de un arroyo en geysers del tatio

A esa hora algunos valientes ya se bañaban en una piscina de aguas sulfurosas, otro de los atractivos del lugar. Yo no. Seguía teniendo mucho frío y quería seguir haciendo fotos.

Camino una y otra vez, arriba y abajo, buscando nuevos ángulos y tratando de retratar esa maravilla para que nunca se me olvide. Hasta que llega la hora acordada y el sueño termina.

piscina de aguas termacles en geyseres de El Tatio Organizar tu viaje a Chile

Si quieres leer más sobre este lugar, consulta la entrada de Wikipedia que te enlazo aquí, es de lo más completa.

De vuelta a San Pedro visitamos la Laguna Machuca

El tour se completa con un par de paradas. El sol ha subido y calienta. El paisaje de la región del Tatio es precioso, salpicado por cactus altos y vicuñas que arrancan al trote cuando un vehículo pasa por la carretera.

vicuña corriendo por campo desértico de atacama

Nos acercamos al pueblo de Machuca, y junto a este hay un gran humedal habitado por patos de distinto tipo.

En Machuca, constituido por unas 20 casas de adobe y una pequeña iglesia pintada de blanco con la puerta azul, me entero de que los habitantes pastorean llamas, pero poco a poco se dedican cada vez más a vender artesanías y empanadas de carne de llama. Siguen viviendo como siempre, pidiendo a la virgen que no falte el agua, pero también con un ojo en el siglo XXI.

iglesia de machuca con campanario de adobe pintado de blanco y techo de paja
cruz de madera revestida de hilos de colores en el tejado de la iglesia de machuca
autobús y coche americanos de los años 60 abandonados junto a la carretera en machuca

Saludo a varios ancianos y ancianas por el camino a la iglesia. Sin embargo, el tiempo se me acaba y yo quiero probar las empanadas.

Cuando llego a la cantina me encuentro con que se han agotado. Me compro unas rosquillas caseras y agua para beber, todo por 2.500 CLP. Me sientan de maravilla.

Seguimos a 4.000 metros de altura y tengo un ligero dolor de cabeza pero esto me ayuda a recuperarme. La siesta que me espera después, también.

Me hubiera gustado explorar con más tranquilidad el humedal, el pueblo, hacer paradas por el camino… pero las columnas de vapor de los geysers seguía presentes en mis retinas 🙂

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